Capítulo 16

1844 Words
Katherine. Desde que llegamos a la posada me sentía extraña. Un embarazo, cada vez me cuesta asimilarlo. Acaricio mi vientre por inercia, procuro que Joseph no me vea. Nadie debe saber sobre mi embarazo. Si se enteran empezaran a cuestionarme, me dirán que me esconda y deje ir mis ganas de obtener el poder absoluto. Si me retiro no significa que Evin hará lo mismo. Tampoco deseo que me interroguen y quieran saber quién es el padre. Sigo maquinando un plan de cómo y cuándo decirle al padre de mi bebé acerca del asunto. Mejor mantengo el silencio por ahora. Joseph duerme plácidamente en la cama. Babeo cuando veo su torso desnudo, este vampiro puede provocar a cualquier mujer. Aburrida, busco qué hacer. Es de mediodía, sueño no tengo. Salgo de la habitación pensando en la única persona capaz de sacarme sonrisas. Ezra. Voy a su habitación y me encuentro únicamente a Divet. Duerme como un tronco. Bajo las escaleras preguntando a quien se me cruza si lo ha visto. Odio preocuparme de esta manera, es la segunda vez que me hace lo mismo. ¿Y a mí qué me importa dónde esté? Cierto, se mete en líos cuando desaparece. Nadie parece haberlo visto, busco entre los bares cercanos procurando no llamar la atención. Ya he preguntado en dos, voy entrando al tercero. Apenas pongo un pie dentro, se me acercan para seducirme tanto hombres como mujeres. Ignoro a cada uno y busco a Ezra. Por cada rincón se manosean o tienen sexo. Da asco el lugar. Vislumbro una luz tenúe debajo de una puerta, voy para el lugar y pego mi oído en la madera. Si escucho su voz sabré que está ahí, y si son gemidos de otra persona me voy. Un gemido ronco me es familiar, lo conozco a la perfección. Abro la puerta de un golpe logrando que varios ojos se posen en mi dirección. Los evito todos, solo observo al maldito rubio con una pelinegra en su regazo. Sostengo mi cuerpo en la manija de la puerta, no me gusta para nada ver a otra tocándolo. Estaba acostumbrada, ambos salíamos a divertirnos. Pero ahora me enoja, quiero asesinarlos y a Ezra también. Avanzo hasta ellos apartando el cuerpo de la mujer. —¡Oye!— bufa, intenta ponerse de pie y la abofeteo. Palidece cuando lo hago. —Agradece que sigues respirando— comento devolviendo mi vista al vampiro ebrio. —¡Siempre haces lo mismo!— estiro su brazo para levantarlo y no cede—. No soy tu maldita niñera, estoy harta de tolerar estas cosas— me doy por vencida, echo a todos los demás y me quedo con él a solas. Trata de darle un sorbe a su bebida, se la arrebato y la lanzo a la pared, viendo como se rompe el vidrio de la botella esparciendo el líquido. —Borracho de mierda. —¿Disculpa?— se incorpora con su semblante serio. Ya no sonríe como antes—. Repitelo de nuevo, no te oí— aprieta mis muñecas causando dolor con su agarre. Borracho y todo sigue fuerte. —Sabes lo mucho que odio a los borrachos— ablanda su agarre—, no solo te emborrachas, también te acuestas con cada mujer que se te cruza. ¿Estoy celosa? No, no, no. —Ja, ¿tú si puedes?— suelta una risa irónica, su mano ya no aprieta mis muñecas. ¿Acaso me escuchó con Joseph? Si es así, ¿qué le importa? No es su problema. —No, digo si, no viene al caso— vacilé perpleja, se da la media vuelta dejándome parada como una estúpida. Lo sigo entre la multitud, logro salir y ya no está. Seguramente fue a la posada. Voy por el mismo camino, subo las escaleras en dirección a la habitación de Ezra. Golpeo su puerta uno me responde. Sé que está dentro, siento su respiración detrás de la puerta. Rendida, voy nuevamente con Joseph. Debo controlarme, ni Joseph ni Ezra me pertenecen. Y tampoco puedo tenerlos a ambos, sería egoísta. La noche llega, insisto tres veces en ir por Ezra, no me responde y me retiro. Así termina mi día. *** —Despierta, ya amaneció— sacude delicadamente mi cuerpo, me niego en abrir mis ojos. Prefiero dormir y no ver al imbécil que ha estado evitandome el día de ayer. De tanto insistir salí de la cama, me arreglo y bajo buscando a los demás para irnos. Apenas y se pone el sol. Bajan todos excepto Ezra. Decido ir a buscarlo, sin embargo baja de forma perezosa. Me sorprende verlo despierto. Siempre peleamos para que despierte. Una punzada me incapacita por un momento, espero que desaparezca pero cuando Ez se me cruza, se vuelve a repetir. El corazón se me aflige por culpa de nuestra tonta pelea. Entrelazan unos dedos con los míos, volteo encontrando a Joseph. Estuve a nada de ir a hablar con Ezra. Salimos del pueblo, tardamos toda la mañana para llegar al reino Keten. Los olores a pescado me provoca nauseas, reprimo lo que quiere salir de mi boca. Hay gran multitud comprando en pequeños puestos. Algunos venden comida, otros joyas. De inmediato recuerdo la perla negra. Una vez la tenga, voy a ir directamente a Evin, le arrancare el corazón y todo terminará. Podré tener una buena vida junto a mi bebé y su padre, quiero creer. —Comamos, luego buscamos la perla— Ezra se aleja, mi corazón se oprime. Nuestra distancia me lastima. No sé si estoy muy sensible o qué. Nos instalamos en un puesto de comida donde nos ofrecen pescado asado. Aceptan, nos sentamos en una mesa y comienzan a devorarse el pescado. Demian me ofrece un pedazo, niego y frunce sus cejas. —Madre, debes comer— insiste poniendo de nuevo el pescado en mi lugar. —La verdad es que no me gusta el pescado. —Siempre lo comes— nos interrumpe quien menos pensé, Ezra. —¿Ahora me hablas? Silencio. Arrojo el pescado en su rostro, aprieta su mandíbula conteniendo su enojo. —¡Loca!— se levanta. —¡Borracho!— hago la mismo. Se va, me doy la vuelta y volvemos a lo mismo. Terminan de comer y no puedo dejar de pensar en Ezra. Pasan los minutos, me arrepiento de mi actitud. —He vuelto— anuncia con una sonrisa, a nada de hacer lo mismo me arrepiento cuando detrás de su cuerpo aparece una mujer con cabello marrón igual que sus ojos. —¿Y ella quién es?— escondo la furia de mi voz, ambos me miran y vuelve a ignorarme para centrarse en nuestros compañeros—, su nombre es Daena, es un hada. Se ofreció en ayudarnos a encontrar la perla negra. —No necesitamos su ayuda, puedo encontrar la perla sola— ataco. —Que bueno que nadie te preguntó. Perro maldito. —Es un placer conocerlos. Entiendo que desconfíen pero soy una vieja amiga de Ezi, pueden calmarse, y... ¿Ezi? Por favor, que ridículo apodo. —Se llama Ezra— la interrumpo, me observa enarcando sus cejas. —Lo sé, es un apodo. —Suena ridículo, llamalo por su nombre. —Creo que lo voy a llamar como me plazca. ¿Te molesta?— se defiende. Apoya su mano en la mesa sin quitarme los ojos de encima. Ezra toca sus brazos para calmarla, mi ojos arden, el corazón se me va a salir. Tengo ganas de matarlo y a esa estúpida hada. Se alejan de nosotros, respiro evitando imaginar lo que harían. ¡Es suficiente! Salgo a buscarlos arrepentida, me es difícil saber su paradero por culpa de la multitud que se mezcla en los puestos. Distingo a lo lejos, detrás de un árbol, el cabello dorado que añoro, no puedo verlo bien entonces voy hasta allí. Tal como me imaginaba, está besando a su "amiga", se toquetean cuan viejos amantes. ¿Me voy? Pues no. Separo sus cuerpos jalando el de ella, se sorprenden por su abrupta ruptura de besos y manoseos. La tiro sin cuidado, me pongo frente a él arrugando mi nariz. —Te volviste completamente loca— pasa por mí para ayudar a su amiga, le extiende su mano— ¿Estas bien?— ¿piensa que dejare que la ayude? Golpeo la mano de ellos cuando la ayuda a levantarse, la amiga vuelve a caerse por el arrebato. —¡No tocas a otra, no besas a otra, no haces nada con otra!— empiezo a gritarle, si, ya estoy perdida. —¡Tú no eres nadie para impedírmelo!— arrincona mi cuerpo contra el árbol, sus manos sujetan mis muñecas por encima de mi cabeza. Nuestros pechos se mueven de una manera frenética, las respiraciones no se distinguen. Estamos frustrados, rabiosos y quizás, celosos... La amiga sigue sentada, ¿acaso no sabe cuando retirarse? —Besame— demando acortando el espacio que nos separa. No dice nada, tampoco lo hace. —Si te beso es por que quiero, no por orden tuya— estampo un beso  rabioso, no me corresponde de inmediato, tarda unos segundos. Sigo presionando para que lo haga, necesito que su lengua sienta la mía, que sus labios se muevan devorando los míos. Finalmente da tregua, corresponde el beso sin soltar mis muñecas. Nuestras lenguas se debaten en una pelea, surgen arrebatos, jadeos. La chica se levanta para irse. Se le nota la envidia que siente. Es mío y de nadie más. Nos separamos a a falta de aire, pega su frente con la mía y cierra sus ojos. Ya no siento su fuerza en mis muñecas, tiene sus manos en mis caderas. —Odio tu comportamiento. —Entonces, puedes castigarme— mordisqueo su oreja y siento como se le tensan los músculos. Me sorprendí hasta yo cuando dije aquello. Volvemos a fundirnos en un beso rebelde, aprieta mi trasero impulsándome en él, enrollo mis piernas en su torso y nos movemos a otro lugar despejado de multitudes. Otra vez el cosquilleo en mi vientre se hace notar, deseaba tenerlo conmigo. Llevamos un día peleados, un verdadero calvario. Se sienta en el césped, no sin antes quitarme el vestido y recorrer mi espalda con besos húmedos y placenteros. Una vez que termina, se cruza de piernas. —Quiero que te acuestes boca abajo, arriba de mis piernas. Necesito tu bello trasero en mi vista. Vaya, si se tomo enserio lo del castigo. Hago lo que pide, respiro hondo en mi posición cuando siento como traza círculos invisibles, se detiene y lanza la primer nalgueada. —Auch— chillo arrepentida por mi decisión. Ni con eso se detiene, sigue azotando descargando su ira. Lo peor es que me va gustando. Disfruto cada roce de su mano contra mi piel, paso saliva a mis labios deseando que se detenga y bese mis labios, detiene el tiempo por unos momentos cuando disfrutamos la fricción de segundos rozando nuestras lenguas. —Quiero castigarte de otra manera. —Hazlo, tienes permitido hacerme lo que quieras.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD