Tanta belleza no podía ser ignorada por hombres (y algunas mujeres), que miraban el andar de su cadera, acompañado del vaivén de sus nalgas y sus pechos. Es verdad, la pretendían muchos, hombres mayores, maduros y jóvenes, con apenas un poco de experiencia y de imaginación; quizás incapaces de saber que más podrían hacerle a una mujer como ella entre las piernas. Ella notaba esa falta de pasión, a pesar de que tenia en su mente pocos recuerdos de roces y caricias que no fueran las suyas, pero percibía su fatal de calor en la piel; Calipso no podía ver en ellos la misma pasión por la vida que ella tenia. Sin embargo, si un hombre tan honorable como Odiseo podía hacer de lado sus sentimientos, por esa fuerza, por ese magnetismo de dos cuerpos enlazados, uno penetrando al otro incansablemente, hasta llegar al éxtasis total, solo dejándose llevar por el exquisito final; ¿por qué ella, no podría experimentar lo mismo?
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En una mañana común de cielo azul y clima templado, mientras llevaba la vasija con agua acostumbrada a su hogar por el sendero verde que solía utilizar día a día; se topó con un viajero, aparentaba una edad no mucho mayor que ella; pensó para si misma que quizá tendría 22 años, a pesar de que este hombre mostraba una apariencia varonil dominante, le sonrió.