Cuando Mia levantó la mirada de su teléfono y me dijo que me sentara al lado de Jack, sentí como si me hubieran tirado un balde de agua fría. ¿Sentarme al lado de él? ¿Del señor sonrisa burlona? —Nikita, ven. Siéntate junto a Jack —Mia sonrió, pero su tono era firme, como si no estuviera pidiendo, sino dando una orden. No tuve tiempo de responder porque ella continuó, sin darme un respiro. —Quiero que, de ahora en adelante, hagas lo que yo haga. Comerás conmigo, irás donde yo vaya, y no te preocupes por las tareas que tenías antes. No te preocupes, dijo, como si esas palabras mágicas fueran a calmarme mientras todo mi mundo se tambaleaba. —¿Entendido? —agregó, y aunque su tono era suave, había un filo en él que dejaba claro que no había lugar para objeciones. —Sí, señorita —murmuré,

