++++ Después de la comida, dejé escapar un suspiro silencioso, agradeciendo a los dioses, al universo, y a cualquier fuerza superior que me estuviera cuidando. Contra todo pronóstico, no había derramado el jugo, ni tumbado un plato, ni hecho un desastre monumental como suelo hacer. Había sobrevivido. Mientras recogían los platos principales, tomé un pequeño sorbo de agua para calmarme, pero mi paz interior no duró mucho. Entraron las chicas de la cocina con bandejas para servir el postre, y entre ellas, la más imponente de todas: Romana. Tan pronto como la vi, sentí un escalofrío en la espalda. Romana siempre me había intimidado. Esa mujer tenía una mirada capaz de atravesar el acero, y verla en el comedor, en medio de los miembros de la familia, fue suficiente para que mi corazón comen

