Más verdades a medias
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El jetlag era una perra. Más que eso, era como una novia de conveniencia colgada del brazo, tratando de salirse con la suya. Llegó a Estados Unidos al otro día por la tarde nueve horas y quince minutos de vuelo cansaban hasta al más fuerte, así estuviese acostumbrado a viajar. Sentía un poco de fatiga, no había dormido casi nada dejando todo listo en la oficina, antes de poder viajar porque estaba preocupado por la salud de su padre.
Su cuerpo no fue indiferente al cambio de clima. Sentía mucha humedad era cierto que Miami era hermosa un paraíso; pero el clima lo había golpeado sentía un calor infernal, tenía un poco más de ocho años sin ir a esa ciudad. En Dublín antes de embarcarse en el avión, cambió sus trajes oscuros de tres piezas, por jeans desgastados, camiseta negra y chaqueta de cuero negra, con botas de combate del mismo color.
―Ethan… ―Roger su compañero en las misiones como militar activo ahora chófer y jefe de su cordón de seguridad le sacó de sus pensamientos― ¿Quieres ir al hotel o ir directo a ver a tus padres?
―Mis padres están en Westchester General Hospital, creo que lo mejor es que vayamos primero a verlos ―contestó.
En menos de quince minutos estaban en el hospital, lo cierto que el trayecto se le hizo eterno. Bajó del auto prácticamente sin esperar a que Roger se estacionara mejor. Eran pasadas las nueve y treinta de la noche cuando atravesó las puertas del hospital, con su aire de poder y arrogancia. Se dirigió de manera inmediata a la recepción para pedir información del ingreso de su padre.
―Buenas noches la habitación de Malcolm Brennan, por favor —pidió amablemente a la enfermera que estaba detrás del mostrador.
―El señor Brennan se encuentra en el piso número seis, en el área de cuidados intensivos, y por el momento tiene prohibida las visitas, además que de que es un poco tarde.
―Tiene usted toda la razón, pero voy a subir de todas maneras.
―Por políticas del hospital, no puede hacerlo. ¿Es usted familiar directo? ―preguntó la enfermera comiéndoselo con los ojos.
―Sí, soy su hijo ―contestó tamboreando los dedos encima del material del mostrador, estaba comenzando a desesperarse.
―Entonces no tengo objeción, puede subir. El ascensor está al final del pasillo a su izquierda.
Ethan le dio las gracias cortésmente, y asintió con la cabeza diciéndole con eso que había entendido su indicación.
Pocos minutos después; llegó al piso de cuidados intensivos su madre se encontraba en la pequeña sala de espera. La pobre estaba con los ojos hinchados de tanto llorar, y un poco despeinada.
―Ethan… ¡Oh Dios! ¡Mi niño! ―dijo abrazándolo y llorando― ¡Viniste!
―Por su puesto, mamá. ¿Qué te hizo pensar que no lo haría? ―inquirió mirándola a la cara y volviéndola a abrazar. ―Ya estoy aquí —repetía las mismas palabras que ella le decía cuando estaba pequeño.
―Ya ha despertado, lo primero que ha hecho fue preguntar por ti, pero hace rato lo sedaron. El médico dice que debe descansar lo más que pueda ―sonrió tristemente.
―Esta noche ya no hay más nada que se pueda hacer, mamá ―le besó en la frente― ¿Ya has comido? Porque yo me muero de hambre.
—No lo he hecho, lo cierto es que no tengo apetito, pero vamos te acompañaré.
Estaban por salir cuando se dirigía hacia ellos el doctor Palmer; el médico encargado del caso de su padre. Su madre le apretó el fuertemente el brazo.
―¿Cómo esta señora Brennan? ―preguntó a Carol con una sonrisa.
A veces a Ethan se le olvidaba, que su madre seguía siendo hermosa para su edad, y más aún que no aparentaba los años que tenía.
―Para serle sincera con los nervios de punta, esto es algo que no me lo esperaba —respondió Carol frotándose los brazos como si tuviese mucho frío.
Los tres se miraron por un momento y fue entonces cuando ella reaccionó.
—Doctor Palmer; este es mi hijo Ethan ha venido desde Irlanda a ver a su padre.
El médico le tendió la mano, y Ethan aprovechó para saber un poco más del estado de salud de Malcolm.
―Un gusto en conocerle doctor; pero dígame de verdad cuál la situación de mi padre —fue directo al grano, necesitaba saber que su padre se encontraba bien.
Palmer era un hombre, que se notaba que estaba comenzando los cincuenta años bien constituido, ejercitado, y sobre todo se veía saludable.
―Gracias a Dios, su padre es un hombre fuerte y esto que pasó fue solo un susto. Él ya está fuera de peligro ―dijo palmeándome el brazo―, solo necesita en este momento un poco de descanso, y una dieta estricta. Miró de reojo a su madre.
—Encontramos los niveles de colesterol y triglicéridos muy elevados al parecer… sus padres están disfrutando a lo grande la diversidad gastronómica de Miami.
—¿Por qué continua entonces en cuidados intensivos? —Ethan estaba curioso.
—Eso es simplemente el procedimiento de rutina. Está en observación, por ahora se encuentra con todos los niveles estables, pero debemos cerciorarnos de que dichos valores continúen de esa forma. Si el señor Brennan sigue evolucionando como hasta ahora, muy pronto estará fuera del hospital.
Estuvo conforme con la pequeña explicación del médico, ya que se veía muy seguro de la información que les estaba dando. Sin más nada que decir le dio la mano al doctor Palmer de nuevo, no sin darle las gracias. Se sentía un poco más aliviado sus pulmones comenzaron a funcionar; no se había dado cuenta que estaba conteniendo la respiración.
―Muchas gracias doctor por atender a mi esposo —expresó Carol.
―Es un placer, señora Brennan ―agregó mirando a Ethan―. Creo que debería usted de ir a descansar también, por los momentos el paciente está sedado y no despertará en toda la noche; ya mañana lo pasaremos a un cuarto privado y así usted podrá estar con él.
―No se preocupe doctor me encargare de ella, lo primero que haré es lograr que coma algo.
―¡Hombres! No hablen como si no estuviera presente ―se quejó molesta. ―Haré lo que usted indique nos iremos directamente al hotel a descansar.
―Que estén ustedes bien, buenas noches —se despidió el médico con una sonrisa.
Bajaron al estacionamiento, y ahí estaba Roger esperándolos como siempre.
―Buenas noches señora Brennan.
―Hola Roger ―le sonrió el chico siempre había sido muy formal y discreto, tal vez por eso se la llevaba bien con su hijo.
―Roger llévanos al ho… ―Ethan no terminó la frase.
―Estamos hospedados en el Mandarin Oriental Hotel ―indicó su madre.
Ethan estaba sorprendido y a la vez extrañado, porque no era el hotel en el que generalmente se hospedaban. Algo no cuadraba según él, y sabía de ante mano cuando su madre ocultaba algo que según ella aún no estaba listo para saber. Los dos eran tal para cual unos misteriosos, con verdades a medias y eso le molestaba de manera enorme.
―¿Por qué están hospedados en ese lado de la ciudad? ―no aguantó la curiosidad e hizo la pregunta.
Su madre le miró con los ojos abiertos.
—Tú padre… ―suspiró― hizo la reservación en ese hotel, quiso quedarse ahí.
La tomó sutilmente del brazo.
―Mamá, mírame ―le pidió suavemente― ¿Qué es lo que papá y tú me están ocultando esta vez?
Ella seguía sin contestar, mientras el automóvil recorría la ciudad, pero él sabía que estaba nerviosa.
―¿Tiene algo que ver con que papá este en el hospital?
El rostro de su madre cambió de color.
—No te preocupes, Carol lo averiguaré de todas formas —le dijo molesto, sabía que le molestaba que él la llamara por su nombre―, en el hotel me explicarás todo, me quedaré ahí también.
El silencio de su madre era simplemente extraño, `por otro lado; no podía creer que su papá y su mamá siguiesen con sus secretos, después de tantos años y de haberle prometido que jamás le ocultarían nada. En el camino Ethan pensó en la insistencia de su padre en visitar Estados Unidos, fue como si tuviese algo que de manera obligada debía supervisar. Malcolm Brennan no hacía nada sin un por qué. Lo sabía porque era su hijo, y actuaba de la misma forma.
Minutos después, llegaron a la habitación de sus padres. Tenía un hall principal con los pisos de mármol, y sofá blancos una televisión de cuarenta y dos pulgadas en el centro de la pared también de color blanco, al final del hall estaba el balcón que daba vistas a las piscinas y al mar. El dormitorio estaba separada de la estancia por una pared de vidrio decorado, en el medio la cama tamaño king size con las colchas también blancas al lado derecho tenía un gran ventanal con cortinas metalizadas color vino tinto, para ocultar un poco la claridad.
―¿Mamá? ―suspiró cansado— Sabes que voy a insistir con el tema, pero realmente tengo hambre y estoy cansado. Te daré esta noche para que decidas decirme lo que me están ocultando ―la miró muy serio―. Quedamos en que no habrían más secretos en nuestra familia ―le recordó.
―Tienes razón y estás en todo tu derecho de estar molesto, pero debes entender mi posición —suspiró agobiada―. No es mi historia para contar, es un tema delicado que debe explicártelo Malcolm. Aunque las cosas no son como piensas. No veo el día en que dejes entrar el gris en tu vida, y que entiendas que no todo es blanco o n***o.
―Estoy tratando de entenderte, mamá. Pero no quiero que mi corazonada sea cierta, y termine enterándome de que el hecho de que mi papá este en ese hospital, es por culpa de tantos secretos que guarda.
―Estoy de acuerdo contigo, cariño ―acarició con la palma de la mano su mejilla.
―Ya hablaremos en su momento los tres sobre esto, mamá. Sabes bien que no lo dejaré pasar ―besó su frente y salió de la habitación.
Fue hasta la recepción del hotel, puesto que no se había registrado aún, ya que su asistente en Dublín reservó una habitación, en la cadena de hoteles que siempre padres siempre utilizaban. Todo era tan jodidamente extraño y confuso; odiaba sentirse de esa forma. Ya tendría tiempo de enterarse de todo y lo que era peor aún no entendía; porque presentía que iba a ser otra responsabilidad sobre sus hombros, de la cual no quería tener nada que ver. Sí todo marchaba bien hasta ese momento, ¿por qué iba a complicarse?
Respiró profundamente, al menos estaba en su país de nuevo y eso era algo que agradecía a la circunstancia, miró su reloj NIBOSI, y se dio cuenta que ya eran pasada la una de la madrugada; aunque sabía que su amigo estaría despierto, le pareció un abuso de su parte hacerlo. Era mejor llamarlo temprano al día siguiente.
Sintió el toque suave pero firme en la puerta, estaba seguro de que era Roger fue rápidamente a abrirle la puerta, y la dejó abierta para que pasara.
—Me imaginé que no estarías durmiendo aún —dijo el recién llegado—, vine a decirte que si no me necesitas me voy a dormir.
—¿Ya cenaste? Con todo lo ocurrido se me olvidó hacerlo.
—No, aún no y la verdad es que tengo hambre.
—Llama entonces y que nos traigan algo
Su jefe de seguridad así lo hizo, y le informaron que lamentablemente a esa hora la cocina estaba cerrada, pero le dieron el nombre de un lugar que aunque era pub, servía comida y hasta tenían delivery, lo mejor era que el lugar cerraba a las tres y treinta de la mañana. Conforme con la información Roger pidió el número, llamó y ordenó unas hamburguesas que ambos hombres estaban antojados en ese momento, le sumaron a eso un par de cervezas.
Roger era más que su jefe de seguridad, era su amigo que aceptó sin mirar atrás la propuesta de trabajar con él, después que un operativo en Afganistán su equipo sufriera una emboscada dejando como resultado la muerte de ocho de los quince compañeros que estaban con él, y un tiro en la pantorrilla que gracias al cielo no fue destrozada, pero tampoco tendría la misma condición física de antes.
Era un hombre muy controlado, silencioso, reservado y exageradamente discreto, lo que lo hacía letal, por esa razón cuando le daba un consejo él prestaba atención. Cenaron y bebieron en silencio, únicamente al salir Roger le dijo estas palabras:
—Mantén los ojos al menos, cinco minutos fuera de la mira. Porque si no te desviarás del objetivo —le hizo un gesto militar y se retiró. A lo mejor todo sería diferente al día siguiente.