Escuchar su voz, incluso a través del teléfono, es una inyección de adrenalina. Mi corazón se descontrola y la boca se me seca, me quedo por un instante en silencio, pensando en lo jodidamente caliente que se sintió esa pregunta, para luego buscar una respuesta que lo descontrole a él. Que en esto tenemos que ir parejos. Una lenta sonrisa se me forma en los labios, es pura satisfacción. Termino de entrar al baño y con el móvil pegado entre la oreja y el hombro, abro el grifo y lavo mis manos. ¿Por qué?, no lo sé. Supongo que quiero que escuche algo que eleve su imaginación. —¿Siempre eres así de obsesivo o solo conmigo te pasa? —le devuelvo y maldito el momento en que se ríe de mi respuesta, porque esa risa baja y ronca hace que todo mi cuerpo se caliente por él. «Maldito, es

