Leopold repasaba los nombres que aparecían en “la lista negra” de Jacob. No representaba la gran cosa para él, mucho menos teniendo hilos que frecuentaban el país. Él sonrió con ironía al recordar la razón por la que su hijo se lo pide y no lo hace él. —Dices que no quieres ensuciarte las manos, pero con este sujeto… —releyó el nombre subrayado y en mayúsculas— Michael, ¿si lo vas a ejecutar tú? Jacob se encogió de hombro. —Honestamente, me encantaría hacerlo con mis propias manos, pero no, me vas a prestar a uno de tus mejores verdugos. Leopold asintió. Para él la única diferencia básica entre hacerlo con sus propias manos y dar la orden directa a alguien era, literalmente, ensuciarse las manos de sangre, pero entendía que de Jacob era mucho más que solo eso. —De acuerdo, solo haré

