Desde la mesa del comedor, Layla no quitaba los ojos llenos de suspicacia de Jacob, a unos cuantos metros de distancia ocupándose de los trastes. Él se había ocupado de servirle un desayuno abundante y nutritivo a Layla, pero por el mismo recelo no se atrevía a desviar su atención de él, llevaba las grandes porciones de comida a su boca con un apetito voraz, identificándolas solo por el sabor. No podía negar que estaba delicioso. En ese momento, el talante de aquel hombre le parecía un tanto confuso. La imagen que él aparentaba con normalidad siempre le pareció que era la de un sujeto arrogante, probablemente con un grupo selecto de personas sirviéndole, incapaz tan siquiera de servirse un vaso de agua; sin embargo, ahí estaba en su cocina, con un delantal puesto, lavando diligentemente la

