Lydia no se había separado de los brazos del Marqués y escondió el rostro entre su pecho. Con infinito cuidado, el Marqués le quitó la cofia y la arrojó al suelo y el cabello de Lydia, libre de la atadura del blanco lino, cayó sobre sus hombros. El Marqués, al advertir que lloraba, la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo. —¿A qué se deben esas lágrimas? Creí que se alegraría de verme. —Creí… que me había… olvidado. —¡Olvidarme! Si me tardé tanto en venir a verla, fue porque olvidó dejarme su dirección. Ella emitió una risita en la que vibraba un sollozo. —Pensé… que jamás me encontraría. Y supuse que, como estaba… cansado de mí… no se tomaría el trabajo de buscarme. —¿Quién dijo que estaba cansado de usted? Con un tono dulce, que ella nunca había escuchado de sus labios, añad

