03. El poder de sus palabras

3530 Words
La vi dudar, Caritshma sabía que algo andaba mal con Ithiel y conmigo y, aunque era mi mejor amiga, en ese momento no me apetecía hablar sobre lo que ocurría entre nosotros. Solo necesitaba respirar y aclarar mi mente. —¿Entrarás al entrenamiento?— Quiso saber, nunca había faltado a uno y eso era lo que le preocupaba a ella. —¿Fue demasiado grave? ¡Vamos, Cory! Dime qué te pasa. Deje caer mis hombros, tensos, luego me di media vuelta y quedé de frente a ella. Sus ojos verdes aqua me miraban preocupados, consternados y entonces me recordó a mí hace tres años. Nunca imaginé que estaría en el lugar de ella, no me veía sufriendo por amor no por un hombre que no me quería, pero sucedió y ahora ella se encontraba preocupada por mí. —No pasa nada, estaré con las chicas en un momento, solo necesito un momento a solas— Pedí, sin embargo, ella no se veía convencida. —Estaré bien. Anda, ve con ellas, por favor. —¿Realmente estás segura? ¿Quieres que te deje sola?— Asentí, sincera. Entonces ella comprendió y me regaló una sonrisa, para después abrazarme fuerte. Segura de que ya se había ido, volví a verme en el espejo. ¿Qué me hacía falta para ser perfecta para Ithiel? ¿No era lo suficientemente bonita para ser amada por él? ¿Me faltaba adelgazar más? ¿Qué tenía para que no amara como yo a él? Mis ojos se aguaron, intenté ahorrarme las lágrimas, pero sentirme una mujer insuficiente y sin valor, me hacía arder el pecho. Toda mi niñez y hasta la adolescencia soñé con mi príncipe, con un amor tan hermoso y recíproco. No quería enamorarme yo sola, no quería ser la ilusa de un hombre, quería ser su princesa, su todo, quería que entregará hasta lo que no tenía, pero nada fue así. Me dolía Dolía saber que solía amarme y el día que lo elegí a él para amarlo y serle fiel, mi amor propio desapareció, se esfumó como el humo tras un fuerte aire. Tomé unas toallitas desmaquillantes y quite todo rastro de mascarilla y delineador. Después me arreglé el uniforme de animadora, las ganas de supervisar y ensayar con el equipo no estaban, pero era mi deber como capitana estar ahí y no por un desamor iba a dejar todo tirado. ¿Así de fácil dejó que esto acabara? ¿De verdad no me quería ni un poquito? Mi mente solo me llevaba a los recuerdos que viví con él, a los días en que me visitaba o en los que yo iba a su casa y pasábamos un rato cómodo e íntimo entre los dos. Quería recordar los momentos buenos a su lado, no pensar en las noches en las que se iba y me ignoraba por horas, incluso hasta por días, pero era imposible no pensar en ello cuando iban pegados a los buenos recuerdos que tenía a su lado. En ese momento deseaba los abrazos de mi madre, reír con las ocurrencias de mis hermanitas y que mi padre me llenara de besos en la cara mientras me hacía cosquillas... eso sería reconfortante ante tan insoportable dolor. Me gustaría haber podido dejar todo ahí mismo, olvidarme de él con el chasquido de mis dedos o simplemente con pestañear dos veces. Necesitaba superarlo, porque él solo me hacía daño, pero mi corazón dependía de las sobras que él me daba y solo cuando quería dármelas. Pensaba que había entendido todo y que él jamás cambiaría por mí, que no se trataba de una historia de amor literario, en el que el chico malo conoce a la inocente, cautivante y hermosa chica y al final del libro cambia completamente lo que era por ella. Yo entendí que nuestra historia no era un libro de romance y que, si él no quería, no cambiaría. Así que prefería seguir con la venda en mis ojos y seguir pensando en que un día todo cambiaría, que yo no le mendigaría amor... ¿A quién quería engañar? Tenía una sensación en mi estómago que no me permitía pensar claramente, me sentía rodeada de agua, sin salvavidas, a punto de ahogarme en medio de aquel océano oscuro y profundo. Despabilé un poco, tomando una bocanada de aire y soltándolo para liberar tensiones. Una vez cerrado mi casillero, me dije mentalmente que podía soportar el día entero, mientras no volteara a verlo, aún así me lo topara en el entrenamiento. Salí a la cancha de fútbol, las chicas se encontraban calentando, antes de empezar la rutina. Podía sentir las dudas en sus rostros, las interrogantes ¿Qué pasó con ella? ¿Y su entusiasmo de todo los días? Esbocé una sonrisa de labios cerrados para aparentar que todo se encontraba de maravilla, pese a que aún tenía los ojos hinchados y rojos, pero aún así lo hice. —Bien— Comencé dejando de estirar y poniéndome delante de todos, acaparando la mirada de ellas y ellos. Coloqué una de mis manos en mi cintura recuperando el aliento que perdí haciendo los calentamientos y recorrí mi mirada sobre las porristas y animadores que se encontraban en filas e hileras. —Hoy practicaremos la nueva rutina; ya saben, entramos desde cada extremo, primero las mujeres con pompones preparados y después los hombres con acrobacias y marometas acorde a nuestros pasos. Enseguida de eso haremos las dos pirámides: uno con Caritshma... Fui explicando cómo haríamos todo, esperando que me entendieran a la hora de hacerlo, pero entre aquellas explicaciones que daba, mi mirada dio con la suya; sus ojos azules habían estado distantes, eran cuchillas crueles que me prometían algo, sin embargo, no sabía de qué se trataba. Llevaba ya puesto el uniforme del equipo, mismo que consistía en un pantalón corto, camisa manga corta con su apellido por detrás conjunto al número diecinueve; también llevaba rodilleras, calcetas largas y esos tacos de fútbol en color n***o que nunca podían faltar. Todo en color azul rey combinado con n***o y amarillo. Cuando veías a Ithiel enfundado en su traje de jugador de fútbol, era inevitable apartar tu mirada de su fisonomía. Se ejercitaba todos los días, iba a correr por las mañanas antes de comenzar las clases, y por las tardes se metía a su gimnasio personal durando máximo dos horas, solo parando para tomar agua. Era heredero de un empresario, multimillonario con sede en todo la mayor parte del mundo, su madre era una abogada de gran prestigio, con casos de grandes entes, ganados y también solía ser actriz antes de conocer a James Hale. Eso era todo lo que sabía de su familia, no decía demasiado de ella y por una parte me molestaba que no hubiera confiado en mí después de estos dos años juntos. Era triste verme así, afectada por un hombre que lo único que hacía era hacerme sentir poco, pero en el amor todo se quema, incluso tu propia dignidad. Ithiel apartó su mirada en cuanto uno de sus mejores amigos se acercó a decirle algo, entonces se fue dejándome reaccionar al fin. —¿No subirás a la pirámide?— Escuché que me preguntaron, dirigí mi atención hacia la chica que me hablaba, era Nella... Solíamos ser mejores amigas, pero desde que empecé a salir con Ithiel, ella y Daelía «otra amiga» se alejaron de mí como si hubiera hecho algo malo o terrible. Luego Daelía quería mi lugar como capitana e intentó quitarmelo a cuesta de todo lo que fuera posible, pero al final fue ella la que terminó perdiendo. Nella miró hacía donde estaba mirando antes y sonrió con sátira. En sus ojos había un brillo de triunfo, algo que me parecía pedante también. —Te lo dije, Cory, Ithiel tarde o temprano te haría a un lado– Intenté ignorarla y continuar con lo mío, pero cuando hablaban de él, no podía dejar de escuchar aunque quisiera hacerlo de verdad. Todos deshicieron las pequeñas pirámides y mientras otros se quedaban viéndonos, otros se dispersaban para ir a tomar un poco de agua. —...está podrido, no ama a nadie, no se preocupa por el corazón que rompe. Solo fuiste su jueguito y nada más. Estaba de acuerdo con ella y me molestaba estarlo, pero tenía razón, solo fui su jueguito y nada más. Sin embargo, no estaba para soportar a una persona insolente que solo buscaba lastimarme aun más de lo que ya estaba. —Como la capitana de este equipo y la encargada de ver quien se queda y quien se va, te pido encarecidamente que dejes tus pompones y tú uniforme, quedas fuera de la escuadra— Fui directa y firme, discutir con ella sobre algo que no le incumbe no era lo correcto, quizás sacarla de el equipo tampoco, pero yo tenía la idiología de que si existe rivalidad entre una y otra, alguna deberá de irse, sin embargo, esa no sería yo. Nella se me quedó viendo boquiabierta, indispuesta a creer lo que acababa de hacer. Lo más seguro es que se estuviera preguntando ¿Cómo es que me atrevía a hacerlo? Sin embargo, sin esperar a que se marchara, mande a llamar a los demás para continuar con nuestra rutina, no sin antes quitarle los pompones a ella y dejarlos fuera de su alcance. Volvimos a formar las pirámides. Hechas estás, Caritshma y yo subimos a cada una de manera sincronizada, de forma que quedáramos rectas, ella me sonrió y yo igual a ella, venía la parte que me encantaba. Nos impulsamos un poco y quedando solo con un pie sostenido por los demás, dimos un pequeño brinco, Cari lo hizo de maravilla, pero, sin embargo, yo trastabillé con mi propio pie en cuanto lo miré aparecer en mi campo visual, mirándome como un lobo vería a su presa. Caí de la pirámide y el miedo me había embargado tanto que comencé a pedir ayuda, nunca había perdido así el equilibrio, nunca nada me salió mal, y sin esperarlo, imaginando que caería al pasto y me fracturaría una pierna, alguien apareció y me salvó. A pesar de que evitó que cayera, la vuelta que hice mal me dejó herido el pie, dolía si lo movía, y dolió aún más cuando el chico me dejó sobre mis propios pies. Hasta el momento no lo divise en lo absoluto, estaba concentrada en mí y mi pie herido, así que cuando alcé mi mirada me fue imposible no quedar inmóvil por la perfecta imagen que tenía de él. Cabello oscuro, ojos grises —o como me gustaba llamarlos: ojos color tormenta—, nariz respingada, labios suavemente gruesos y cuerpo ejercitado, no obstante, su musculatura no se comparaba a la de Ithiel, pues la suya era menos llamativa. Se llamaba Sebastián y no es por exagerar, pero era el vivo retrato del príncipe Erick en la vida real, aunque él tenía una barba de hace tres o dos días que lo hacía ver más maduro, incluso mucho mayor de lo que era. Tenía aires de chico bueno, de esos que mirabas y creías que eran tan buenos que te cautivaban al segundo. Y yo ya no creía que era solo la imagen de un chico bueno y honesto, lo conocía y sabía que él no aparentaba serlo. —Auch— Solté apoyándome en sus hombros, siendo incapaz de soportar el dolor en mi tobillo. —¿Te duele?— Preguntó haciendo hincapié en ello al apuntar mi pie. —¿Necesitas... —Necesita que la sueltes— Para mi sorpresa, Ithiel apareció apartando a Sebastián de mí, viéndome a los ojos primero, después acuclillándose y revisando mi pie con extremo cuidado. Ithiel estudiaba Derecho por su madre, pero solía ir a los cursos de medicina cuando tenía tiempo de sobra y tomaba las clases como un alumno más, por eso no me era de esperar que supiera lo que mi pie podría tener. —Se te dislocó, Cory— dijo con suavidad. —Tengo que llevarte a la enfermería para que... —¡Ahora resulta!— Espeté molesta por su cambio tan repentino, hace un momento me había dejado llorar mientras le decía que quería que me amara, ¿y ahora viene y se preocupa por mí? En verdad que no entendía y se lo hice saber. —¿A qué juegas? Es que no te entiendo. —Cory— Apretó su mandíbula tensándose, habían demasiadas personas viéndonos. —No aquí, vamos, te llevaré. Miré a Sebastián pensando algo que me pudiera ayudar a evitarlo, quizás si le decía que prefería... —Sebastián, ¿Me llevarías tú?— Él alzó una de sus cejas confundido, luego miró a Ithiel, por algún motivo que desconozco ambos parecían no soportarse el uno al otro. Pero antes de que pudiera tener una respuesta de él, el jugador número diecinueve decidió cargarme como si fuera una bebé y llevarme fuera del campo antes que me comenzara a resistir. «Así quiero que me lleves en nuestra noche de bodas» ¿Qué mierda? Arrugué el entrecejo completamente desinhibida por lo que acababa de pensar ¿Qué pretendía? ¿Arrastrarme por él? Aggg no quería amarlo como lo amaba, pero su cabello rubio y ligeramente desordenado, sus labios rojos, sus malditos ojos oceánicos y esa manera de sostenerme como si fuera solo una pluma de pájaro me debilitaba, me dejaba fuera de mi zona de confort y caía en sus encantos bestiales, en la red de mentiras y engaños que él construyó solo para mí. Recuperando mis sentidos, lo obligué a bajarme, aunque al instante quise arrepentirme y pedirle que volviera a cargarme, solo que tenía mi propio orgullo —o eso creía— y así adolorida del pie, me atreví a correr fuera de su alcance, o a intentar lo por lo menos, ya que el dolor era insoportable. Aun cuando quería llorar por esto, me las apañé para llegar afuera del edificio, escabullirme por los jardines de aquella universidad y procurar no ser alcanzada por él, pero al igual que yo, Ithiel Hale era todo un atleta, con la condición para correr hasta unas cien millas solo para atraparme de vuelta. Y fue justamente lo que hizo, alcanzarme al haber llegado a un viejo, exuberante y hermoso roble frondoso. Tensa por no poder ir más lejos, me resigné a plantarle cara, recibiendo como todas aquellas veces que lo miraba, el impacto de esos ojos profundos e idénticos al mismo océano. Era tan extremadamente guapo que la envidia de otros hacia él era justificada. —Cory— Volvió a repetir mi nombre, recuperándose de la carrera que hizo para atraparme. Se sacudió el cabello dejándolo desordenado en su totalidad y se restregó el rostro como si intentara encontrar las palabras correctas para hablarme. —¿Entiendes que si no te llevó a la enfermería se te podría poner peor? ¿Cómo se te ocurre hacer ese paso estando distraída? —¿Y eso a ti qué te importa?— zanjé hastiada de esto. —No finjas que lo hace, porque tú y yo sabemos que ni siquiera aprecias que te haya chupado las pelotas todo este tiempo. Nella y Daelia tenían razón, estas podrido. Él parecía hervir en cólera ante mis palabras, pero se contenía o eso intentó, sin embargo, me fue suficiente con ver sus orejas enrojecidas y sus manos vueltas puños para darme cuenta que no podía contenerse más. —Tú sola te creaste el cuentito de hadas, cuando fui claro al decirte que yo no te llevaría flores a casa, o que te dejaría notitas en tu casillero diciéndote que te amo, porque sí, Kassandra, yo estoy demasiado podrido como para ser capaz de amar a alguien... —Que bueno que lo admitas, talvez así entienda que no debo amarte— Agaché la cabeza entristecida, era claro que él siempre encontraría la manera de hacer arder mis heridas. Quería luchar contra la angustia y la agonía que surgía dentro de mí, pero olvidaba que este amor que intoxica era una guerra perdida y yo ya había perdido esperando un "lo siento, no quise herirte" mismas palabras que no me diría porque él jamás se disculpaba con nadie, ellos... yo, debíamos pedirle perdón por ser ingenuos al creer que lo haría él. Así que, me volví a él con una furia creciente, con un nudo en mi garganta que quería desatarse y soltar todo lo que me hacía sentir, pero en cambio de eso, lo único que hice fue abofetearlo con dureza y enfrentarlo con mi mirada encabritada. —Si lo que deseabas era que te odiara... —Estas muy lejos de odiarme.— Se apresuró a decir, recargándome sobre el roble que estaba detrás de mí. —Del amor al odio hay... Detestaba que me interrumpiera, y aun así lo hacía. —"Del amor al odio hay solo un paso". Quien creó esa frase no te conocía. Puedes decir que me odias solo por no darte lo que quieres, pero tú eres de las que se aferran, de las que aman hasta cuando te rompen en mil pedazos... eres fuerte... eres... Ithiel tomó mi rostro de una manera diferente de cuando me besaba, esa vez no lo hizo, solo me miró como jamás lo había hecho, como si fuera el tesoro más grande que ha tenido y por un momento mi corazón quiso latir de vuelta pensando que en realidad sí había calidez en el de él. Que si me amaría algún día. Aunque segundos más tarde, esa mirada desapareció, volviéndose distante, impasible, un bloque de hielo. —Intenta odiarme todo lo que puedas, pero no conseguirás olvidarte del amor que sientes por mí, yo no soy de los que se olvidan, soy de los que permanecen siempre aquí— Temblé cuando su dedo índice apuntó mi pecho y luego mi cabeza. —Y aquí, aunque haya sido el responsable de romperte. —Pues te olvidaré, aunque duela hacerlo Él se rio irónico, luego volteó a ver a un costado, captando a las personas que pasaban a nuestro alrededor. Unos se detenían al vernos ahí, él frente a mí, encarcelando mi cuerpo con el suyo y el tronco de árbol, quizás imaginándose cosas desagradables... estaba segura que mi primera vez con él fue escuchada por los que se encontraban fuera de las bañeras, sin embargo, solía no pensar en eso, no importaba, ya estaba hecho y estaba en el pasado. —¿Quién te dijo que dejaría que lo hicieras?— Susurró más cerca de mí. —Nena —¿Mande? Reaccioné a su sensual susurró, enrojeciéndome del rostro por como cambió el momento en el que discutíamos, por uno más íntimo, uno más cautivador y atrayente. Él rozó nuestras narices sugerentemente, entonces, mis labios también respondieron abriéndose ligeramente, mientras un suspiró salía de mi boca, después fui víctima del poder de sus palabras. —Tú y yo somos una adicción explosiva.— Musitó, cuando me susurraba de cerca, yo era débil y manipulable... —Somos un callejón sin salida, uno del que no queremos salir. Y sin más, lo último que faltó para que mi determinación se fuera al caño, fue sentir el arrebatamiento de un beso apasionado, ferviente y enloquecedor. Nos separamos, yo confusa y él sonriente por lo sucedido, había ganado esta batalla, él me venció en una lucha que ya estaba muy claro que perdería. —Prométeme algo— Pedí, nerviosa, y preocupada por cómo reaccionaría. —Te escucho. —Si vamos a continuar con esto, promete que no me lastimarás más.— Solté y por un momento pensé que se reiría de mí, no obstante, parecía ponerse más rígido de lo que estaba, consiguiendo que me pusiera ansiosa por su respuesta. —Aprende a desearme y verás que no habrá heridas. — Ithiel se inclinó, dejó un beso en mi mejilla y siendo un poco impasible, volvió a hablar. —No te preocupes, intentaré no hacerlo. Ahora— Revisó su móvil y después me reparó nuevamente. —Se acabó el entrenamiento, debó entrar a filosofía del derecho. Asentí. —Sí, yo debería estar en Historia del cine. Eso es lo que necesitaba oír para volver a besarme de manera arrebatada y marcharse para cambiarse el uniforme e ir a su clase. Yo, en cambio, antes de siquiera ir a la clase, ingresé a la enfermería para que la doctora me diera algo para soportar el dolor de mi pie... Cosa que, en lugar de pastillas, me hizo soportar un poco de dolor al maniobrar este con la intención de colocar los huesos en su lugar. —Justifícate en dirección el día de hoy, es mejor que reposes. Te pondré un cabestrillo para que no muevas el pie y no te lastimes, lo usarás por un par de semanas, no podrás entrenar hasta nuevo aviso. Sí, eso fue lo peor que escuché después de que Ithiel me dijera que no me amaba, me quejé y expliqué que yo no podía faltar a los entrenamientos, pero la doctora aseguró que no iba ser por mucho tiempo, así que no tuve más opción que aceptar mi situación.
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