Siento que los defraudo a todos porque cada vez que quiero dejar las drogas son más las veces que las necesito, y no quiero seguir mi vida de esta manera. Ya no quiero ser una drogadicta y una imbecil por ser drogadicta, pero en ocasiones, cuando estoy sola, sucede. Pienso que me lo merezco, que estas cosas amortiguan el dolor y nuevamente necesito de ese maldito silencio que le otorgan las pastillas a mi cerebro, nulidad, no pienso nada y solo vivo, y en ocasiones pienso que viviría así toda la vida si por mí fuera, porque creo que me lo merezco. La verdad es que, me merezco mucho más que el trato que me doy a mi misma, pero me excuso en que soy una mierda por consumir, y decirlo, reconocerlo, hace que en parte lo acepte y no lo quiera cambiar.
Un amigo me dijo que en ocasiones la más grande de las revoluciones las hacemos contra todo lo que conocemos, y me cuesta tanto, quisiera dejar de drogarme, quisiera dejar de necesitarlo, quisiera ser fuerte y estar orgullosa de las cosas que hago, pero la cosa es que, lo que quiero no está en concordancia con mis acciones, tengo valores pero no los demuestro, oscilo entre el desastre y solo me resumo a una buena noche, a lo único que aprendí que me hacía bien. Me hice adicta a todo aquello que me hace sentir bien, y ya saben, las drogas están bien y son geniales, hasta que dejan de estarlo.
Hoy es de esas grandes noches donde lo arruiné todo. Mandé mensajes a quien no debía (no voy a decir quien pero empieza con G) para terminar siendo ignorada por este y llorándole a un amigo que volvió a mi vida de algunos años atrás y con el que empezamos a frecuentar. El problema no es que yo tenga amigos pues, eso es genial. El problema es que lo arruino todo y por eso estoy sola. Mi amigo tiene una pareja a la que no le caí muy bien, y por alguna razón yo había confundido el trato amable de mi amigo para con otras intenciones. Quizás si les cuento estoy un poquito más justificada al pensar lo que pensé y la diferencia abismal entre pensar una incoherencia total a una más probable.
Llegó el día del cumpleaños de mi madre y yo no tenía ninguna manera de fabricar uno ni comprar uno, mi padre tampoco es que lo haría y menos porque mis regalos son caros, mi hermano no se interesa en hacerle presentes a ninguno de mis padres y pues a mí sí me hubiera hecho dicha poder regalarle algo a mi madre, así que llamé drogada, sí, drogada, porque era de la única manera en la que podría darme la cara, para pedirle a mi amigo que me compre un regalo para mi madre. Lo cual hizo, sin escatimar. Y estuve contenta durante ese día.
Ése mismo amigo, le comenté que me había interesado empezar a jugar ajedrez pero no tenía quien me enseñe, a lo cual él también se ofreció a hacerlo y me prestó todas sus piezas para que yo entrenara junto con un libro que debía leerlo pero no leí a tiempo para ser devuelto. En fin, todo marchaba bien porque tenía por fin un amigo al que aparentemente no le atraía sexualmente y me ayudaba en nimiedades que otros amigos no, y de pronto, todo marchó distinto, como cuando sabes que las cosas van a ponerse feas, pero aún así mantienes los vínculos porque quizás darte cuenta significa que éstos se cobrarían sentido con más rapidez. Por lo que también le enseñé a tomar café, él nunca había pisado una cafetería, y yo estaba contenta ya que la cuenta la pagaba él. Y por un momento mi cerebro hizo un break, por un momento olvidaba que era un chico con novia, y por momentos me preguntaba que pasaría si fuésemos novios nosotros, y comencé a entrar en un círculo tóxico que no acabó bien ni para mí ni para él.
Pasamos de hablarnos todas las noches, a ninguna, porque mi amigo tenía una relación aparentemente bonita y yo nunca busqué destruirla aunque los motivos al final desenlazaran en ello. Le dije que me gustaba, pero esperando nada más a que lo tome, y luego solo hice chistes que fueron salidos de control y me hicieron parecer que necesitaba algo más que lo que realmente necesitaba, y es que era que lo sepa. Él me dijo de maneras repetidas que no me veía de una manera que no sea como una amiga y aquí fue el desdén, no porque él no me correspondiera, porque al decir verdad, también analicé la posibilidad de si lo hubiera hecho, y pensé en que hubiéramos dudado poquísimo porque eramos muy distintos. Pero de todas maneras yo venía de apaleadas duras en cuanto al amor, y debí haber pensado que tenían que ser suficientes, pero no quise ponerme a pensar en nada en realidad, solo quería pasar a una noche divertida con mis amigas. Y lo hicimos. Hasta que dejó de ser divertida, ya saben ustedes como funcionan las cosas.
Mi amiga tenía un departamento cerca de mi casa y esta vez estaría sola porque usualmente está con sus parejas de turno, y digo de turno porque muchas son así, por turnos y por temporadas. El plan era bastante tranquilo, estaríamos ella, otra chica más que tenemos en común y yo. Teníamos un vino blanco que es un denominador común visto a que no me gustan muchas bebidas que no sean blancas y el vino blanco me gustaba. El problema no fue ese, el problema es que tomé el vino, y luego, pensé que dormiría en ese departamento y me dije, que mas da, quizás también deba tomar mis psicofármacos, y lo hice, y el problema no terminó ahí, sino que ya estaba borracha y drogada, en mi extraño cerebro o el extraño estado en el que se encontraba, le pareció viable fumar marihuana. Y lo hice. Mezclé todo y me desperté al día siguiente fatal, pero huérfana. Huérfana porque había trascendido todos los límites de la dignidad humana, huérfana para conmigo, que no necesitaba nada de eso para ser feliz, huérfana porque me estaba destruyendo con una sonrisa fingida y risas a todo dar que son comunes en chicas jóvenes que no tienen nada mejor que pasarse bien la vida, pero yo no pasaba bien la vida, estaba huyendo.
Detesto esta parte de la juventud, que siempre busquemos un remedio para que las cosas sanen. Nadie es consciente de cuantas veces les abrimos las puertas a las adicciones y cómo de normalizadas están para nosotros. Y para mí, luego se volvía una realidad.
Una vez, con esta misma amiga, pero un tiempo después, yo había ido a verla porque me comentó que estaba triste, así que pensé que debía compensar las cosas un poco y la visité. Pero no quería tomar alcohol, así que solo tomé gaseosa toda la noche. Y entonces comencé a ver la secuencia que sabía que existía, pero con más detenimiento. Hacía tiempo que no estaba sobria como para darme cuenta, así que fue sorpresivo cuando comenzó a dibujarse todo frente a mí y yo era la única persona que podía hablar realmente sobre lo que sucedía.
Ella estaba con el corazón hecha pedazos, y su amiga, tampoco venía de pasar unos días muy buenos, así que ambas compraron cocaína. Usualmente me preguntaban si podían consumirla frente a mí, realmente nunca me molestaron las drogas, ni mucho menos las ajenas, mientras no se metieran conmigo. El problema es que las drogas no son personas, quienes se meten contigo cuando están drogados son las personas, y quienes se meten con ellos son las drogas.
Entonces mi amiga comentó entre risas que el fin de semana anterior le había comenzado a sangrar la nariz, y luego de esa anécdota, todo siguió en secuencias lentas, todo estaba relacionado. No podía dejar ir ese pensamiento de mi cabeza mientras las veía aspirar su mierda con un billete de mil. Pensaba para mis adentros mientras me concentraba en fingir una cara que estuviera en el lugar y no en lo que pensaba realmente, que al final, mi amiga no se diferenciaba mucho de mí. Luego, la noche siguió, hasta que me quedé con ella sola con la lengua tan dura como para no poder pronunciar un monosílabo.
''Debería estar sola, cuando consumo, no pienso en ningún chico'' dijo, y no pude evitar sentirme identificada.
''La cocaína no es tan mala, a mí no me ha hecho nada nunca, además ya sabes que he tomado clonazepam y esa mierda me deja tonta, no me deja feliz'' la excusa, lo que empuja la idea de que drogarse con esto está mejor que drogarse con aquello.
Y la conversación no tenía mucho por agregar, sabía que volvería con el chico al que supuestamente amaba, y sabía también que no podría estar sola, que probablemente su experiencia con los psicofármacos no era la indicada porque en realidad estas cosas están tan banalizadas que crees que tú puedes saber lo que sabe un psiquiatra. Confundes ansiedad con agitación, y confundes pánico, con el miedo real del mundo. De todas maneras, todo sonaba a una excusa para buscar un remedio. Y ése remedio era en realidad la destrucción.
Recuerdo haber salido despavorida de allí, mi madre me preguntó que me pasaba, le comenté que no había tomado alcohol y que no había hecho nada indebido, que solo habíamos estado entre mujeres y sobre lo mucho que me aburre hablar sobre chicos cuando las chicas están susceptibles. Pero que de todas maneras, lo intenté. Le comenté que pensaba que mi amiga terminaría con un final trágico si seguía normalizando las cosas de dudosa procedencia que se metía por la nariz, pero que pese a ello, la situación me había resultado escalofriante. Era escalofriante verte reflejado, pero al final, era escalofriante porque había pasado años de mi vida creyendo que mi adicción era la que me estaba destruyendo, y en realidad, lo hacía, pero los demás guardaban en baúles sus vicios. Y en el trajinar de la semana, todo seguía como nada.
Sentí miedo, por mí, por ella, por toda persona que fuera débil en realidad. Porque pensar que el remedio sigue siendo remedio incluso cuando es más la enfermedad que a lo que parece un remedio, entonces me lleva a pensar lo fácil que era destruirse la vida, perderse en ella, desviarse, como sentía que en ocasiones estaba yo. Y me preguntaba, viendo al techo, si estas cosas debían suceder. Si el mundo debía lastimarnos tanto que nos estaba poniendo a prueba y todos estábamos fallando. No existía enfermedad. Un corazón roto se repara con el tiempo. Las ilusiones y los sueños se reconstruyen. La vida crece todo el tiempo. Brota felicidad cada momento de la vida. Sin embargo, solo pesaba lo malo, lo cruel, lo mundano, y todas las personas que conocía buscaba remediar la carencia con algo. Y allí es donde el límite de lo que hacer con tus dolencias era lo que te diferenciaba del otro. Claramente para mi amiga una pastilla farmacológica era lo mismo o peor que la cocaína, y para otros, tomarse alrededor de cincuenta vasos de cerveza cada fin de semana es la droga justa y menos nociva del mundo.
Me preguntaba de a ratos, si estábamos tan rotos que esperábamos que todo esto nos sane. Me rio para mis adentros, porque estaba allí. Porque fui ilusa al creer que podría decirle a mi corazón que se repare, que sane, mientras que lo único que hacía es lastimarlo. Y como si la parte breve de las drogas compensaba todo lo que me estaba sucediendo o todo lo que estaba arruinando. No debía ser así. No quería otra sobredosis, no quería lastimar a nadie, no quería herir a nadie, pero sin embargo, no importaba lo que dijera, importaban mis acciones y mis decisiones. Y mi decisión siempre me llevaba a tomar la pastilla y repetir nuevamente los mismos días de siempre.