Capítulo 5

758 Words
2020 Escuché una voz lejana, una voz que traía recuerdos confusos a mi. Era incapaz de reconocerla. Susurrando una y otra vez.—Recuérdame.—Y no le encontraba sentido. Sentía mi cuerpo pesado y a su vez, muy liviano, incapaz de moverse o reaccionar. Piernas rígidas y piel fría. Todo oscuro y nublado, sin observar una figura con sentido.—Podrás seguir adelante sin mi, Hope.—Continuaba. —¿Quién eres?—Grité en desesperación. No hubo una respuesta inmediata. La sensación que sentía era extraña en sí. Algo que jamás había experimentado. —Podrás lograrlo.—Repetía aquella voz una y otra vez. Una voz que provenía de todos lados y a su vez, de ninguno. Una voz sin rostro, sin cuerpo, sin alma. Nada tenía sentido, estaba confundida. —Todo tendrá sentido luego. ¡Ya lo verás, Hope!—Gritó. 2018 Los días seguían pasando, las cosas entre papá y mamá seguían empeorando, por más que quisiera detener aquella bomba que ya había explotado, se estaba llevando todo a su paso. Tanto Gonzalo como Bruno seguían hospitalizados, nadie los había visto desde el accidente. No habían cuerpos por reconocer. Aferrados a noticias dadas al aire. Las angustias seguían y los doctores no daban muchas información de acuerdo al estado en que ellos se encontraban. Los días seguían y seguían, iban tan rápido que nunca sabía en que día nos encontrábamos, era algo tan increíble. Cada día que pasaba desde el accidente, mi respiración se hacía más confusa; mi corazón se oprimía con frecuencia y mis manos sudaban en pleno medio día. El accidente había alterado todos mis sentimientos y todo mi cuerpo en muchos ámbitos. Comenzamos a asistir a misa los domingo; era un buen lugar para pensar y tener la mente libre, me olvidaba de los problemas en casa tanto como en que estado se encontraba Gonzalo y Bruno; no solo asistía yo, iba Charlotte; novia de Gonzalo, sus padres, mis padres y mi hermano. Era un día familiar y rutinario, aferrados a la fe y la esperanza. Con la preocupación de no saber el estado en lo que los chicos se encontrabas, mi ansiedad aumentaba y la presencia de cigarrillos era notable. Fue la primera vez que supe de la ansiedad, llegó sin esperarla y sin desearla. Tu respiración se acelera, tus manos sudan, clavas inconscientemente tus uñas en tu cuerpo, tu vista se nubla y el ruido se agudiza. Tenía 17 años. No sabía nada de la vida, mucho menos los problemas que traía la misma. No solo fue la ansiedad lo que llegó a mi luego del accidente, los ataques de pánico se volvieron reales. Enfermaba día tras día sin sentido. Estaba muriendo en vida. Era cierto, podría morir de amor. Podría morir por una desilusión. Aquel nudo que tenía en la garganta, se había vuelto más grande y real, lo tenía en la vida y en el corazón. Llegué a oler a humo de tantos cigarrillos que fumé en un día, se volvía mi refugio en los ataques de pánico de aquellas madrugadas. Llenándome de excusas diciendo que aquel aroma no provenía de mi. Ya todos comenzaban a notar la presencia de aquel olor. Era abundante, preciso y rutinario. El pensamiento cada noche me mataba más, los problemas de mamá y papá eran notables en casa, mi hermano tampoco dormía bien y ya mi hermana no nos visitaba, la casa se caía a pedazos poco a poco y quizás era yo quien más lo notaba. Atrapada entre decisiones y acciones que no podía controlar. Por eso la iglesia se volvía un refugio, y jamás había sido creyente y mucho menos devota, me alejaba de aquellos afanes de la vida, pero ahí se sentía real; donde no te juzgan y los problemas quedan fuera de esas grandes puertas de la entrada, no cualquiera sentía lo que yo sentía; paz y tranquilidad, los problemas tanto personales como no personales quedaban ahí afuera y se veían tan diminutos desde adentro. De Bruno y Gonzalo nos llegaba poca información, eso iba comiendo poco a poco a Joaquín, su padre. Eso era muy notable en su mirada. Y no sólo él, si no también en el resto de su familia y en mi hogar. Las lágrimas eran frecuentes y no entendía el porqué, mamá y papá habían sido cercanos con ellos, pero lloraban día a día con frustración real y un pánico inquieto. Ambos lucian de caras largas y lamento profundo. Y de esa manera, veía cada día más gris y con menos esperanzas.
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