Un año después del accidente.
2019
—Su cuerpo está fallando. Ya no respira, su corazón late muy lento.
—Haz que funcione.—Gritó en desespero.
—Ha pasado un año, está en el peor de los casos. Hay que desconectarlo.—Susurró.
—Tienen un día para despedirse.
(...)
NARRA HOPE
2018
Poco antes del accidente
Por mucho tiempo vi a todos hablar del amor como la gran maravilla, escuchar lo ilusionadas o felices que eran, e incluso, escucharlas repartir aquel amor.
Cada una tenía su forma de ver lo lindo que era el amor, y tomaban la versión que les correspondía, lo lindo de expresar lo que llamaban amor.
Y siempre les decía que las entendía cuando hablaban horas y horas de sus chicos, cosa que jamás había sido cierto.
No he experimentado el miedo constante de perder a alguien, el miedo de no ser lo suficientemente bueno para esa persona, no sentía esa magia que ellas cada una describía como lo mejor del mundo, una montaña de sentimientos que te hace subir y bajar a cada instante.
Tenía muchas versiones de lo que estaba bien dentro de una relación, e incluso podía observar cada una de éstas con el pasar del tiempo. Tenía mi propia deducción.
Unas veían bien pelear con sus chicos, lo consideraban parte de una relación, habían diferencias entre cada persona y eso era entendible. Hasta cierto punto.
Otras veían bien alejarse de ellos por un tiempo e incluso dejarse tratar mal por ellos para demostrar que ellos las consideraba importantes en sus vidas, tenía ideas de cerca sobre todo lo que era una relación; hasta de relaciones a distancia y era una locura como todas ellas seguían describiendo el amor como lo mejor del mundo, cuando yo, quién también había estado con diferentes personas, no lo veía así. Había amado quizás a una sola persona, siendo joven y torpe, un amor que era y no era correspondido por Gonzalo.
Solo nos hicimos daño intentando entender uno al otro.
Todos tratando de sentir o experimentar lo menos posible para que el otro no se espante o se aleje. El amor era muy confuso y difícil de encontrar.
Constantemente encontrando el modo de ocultar una parte de nuestros sentimientos. No ser heridos por completo. "te quiero pero no te lo digo, te extraño pero no te hablo", se vivía constantemente.
Demostrar interés se volvía un acto de vergüenza, porque sobra sexo y se ruega amor verdadero. Sobrando sexo y habiendo escasez de hacer el amor.
Que enorme diferente en un acto que muchos veían igual.
Las personas tienen ese miedo de entregarse a alguien y salir heridas, usando un escudo de protección dónde ocultas los sentimientos y solo entregas una parte de ellos. Siempre uno dando más que el otro.
Porque el amor es como dos personas halando cada extremo de una liga, el primero en soltar o irse lastimará al otro. Un juego de mesa que juegas sin saber las reglas.
Hay personas que se entregan por completo, pensando que la otra persona es incapaz de lastimarlos; lanzarse a ciegas a un abismo sin reconocer o ver su final.
Duran unos meses e incluso unos años y de la nada todo se acaba, llega a su fin y alguien queda herido, lastimado e incluso quebrado. Unos se reponen de inmediato, otros duran mucho tiempo en volver a amar.
Había querido toda mi vida estar con Gonzalo, me veía a su lado feliz, me imaginaba como esa pareja a la que todos envidian por ser tan felices e incluso tan perfectos, pero solo quedó en eso, en una imaginación vacía y fugaz. Algo que quise mucho y nunca llegó a ser.
Él creó su propia historia y en su historia él ya tenía su propia familia y yo no formaba parte de ella.
Quizás alguna vez lo fuimos o lo intentamos, pero la vida y el destino así no lo quisieron de ese modo, quedamos como dos desconocidos estando cerca y lejos, yo viéndolo con ojos de devoción desde lejos, anhelando que me viera como yo lo veía, buscando algo que jamás lograría y ahora, después de todo lo que ha pasado, todo lo que me ha tocado vivir, lo entendí.
No debemos forzar las cosas, todo lo que debía encajar, lo hará a su tiempo y a su manera. Hacer las cosas sin pensar, no preocuparse y sólo esperar el "¿qué pasará?" eso quería ahora. Pero era terca y siempre volvía a él, esperando su regreso verdadero.
Pero no volvería a tener a Gonzalo, mucho menos aquel Gonzalo de 17 años.
Había sido difícil perderlo sin tener una despedida justa; una discusión llevó a dejarnos de hablar y días más tarde solo lo vi tras aquella tonta ventana. Una última sonrisa y un último cigarrillo.
El tiempo se hizo cargo de nosotros, probablemente yo seguía esperando su regreso; no había conocido a nadie más, no tenía el interés ni las ganas de hacerlo.
Y él si volvió; volvió siendo un hombre y padre de familia, siguiendo siendo tonto e incrédulo. Pero aquel incrédulo jamás había salido de mi mente y mi alma.
Quería conversar con él, sentarme y aclarar muchas dudas que nunca se marcharon. Quería saber de su futuro hijo y de aquello que esperaba de la vida con el pasar de los años.
Seguía aferrada a un pasado que no volvería, y aferrada a una versión de Gonzalo que ya no existía.