Era un hilo dorado.
Irradiaba de la marquesa hacia algún punto más allá, brillante como si el sol se hubiera enredado en el aire.
En cuanto solté su mano, el resplandor desapareció.
Volví a tomarla con una sonrisa serena y comencé a guiarla por el camino que aquel hilo invisible me mostraba, mientras intentaba calmar su respiración agitada.
—¿Adónde vamos? —preguntó la marquesa, nerviosa al no reconocer las calles que atravesábamos.
—Confíe en mí —respondí, procurando que mi voz sonara firme.
El hilo nos condujo entre los callejones más estrechos, hasta que un ruido seco me obligó a detenerme. A la distancia, un grupo de hombres forcejeaba con un bulto envuelto en lona, intentando subirlo a un carro.
Lo extraño era que el resplandor dorado provenía de aquel bulto.
Mi corazón se aceleró.
Solté a la confundida marquesa y, sin pensarlo, liberé mi espada del muslo.
—¡Liberen al niño! —ordené, apuntando hacia ellos.
Uno de los hombres soltó una carcajada ronca y palmeó al otro en el hombro, animándolo a “encargarse” de mí.
El sujeto se adelantó, enorme, con los músculos tensos y la sonrisa burlona.
Pero antes de que lograra tocarme, una sombra familiar se interpuso.
El duque James Webster apareció con la rapidez de un rayo. En apenas un par de movimientos precisos, noqueó al primer hombre y tomó al segundo por sorpresa, inmovilizándolo con una llave limpia.
El niño —Simón— cayó de la lona, inconsciente.
Me arrodillé a su lado, dejando que mi espada descansara sobre el suelo empedrado.
—Permítame —murmuré, tomando una de las pequeñas manos del niño.
Una calidez luminosa fluyó de mis dedos a su piel, extendiéndose por todo su cuerpo.
En segundos, Simón comenzó a moverse, a respirar con más fuerza.
Sus ojos se abrieron lentamente y, con una débil sonrisa, acarició el rostro empapado en lágrimas de su madre.
—Gracias… su alteza… señorita… —balbuceó la marquesa, antes de abrazar a su hijo con desesperación.
El duque hizo una seña, y varios de sus hombres aparecieron desde las sombras. En cuestión de minutos, los secuestradores fueron reducidos.
Mientras ayudábamos a la marquesa a subir al carruaje que la llevaría de regreso a casa, comprendí que aquellos hombres no eran improvisados: seguían los pasos del duque desde hacía tiempo, aguardando el momento para atacar.
El carruaje se alejó, y el silencio cayó entre nosotros.
—¿Cómo lo supo? —preguntó James finalmente, sin apartar la vista del punto donde el vehículo desaparecía.
—¿El qué? —respondí, fingiendo inocencia.
—Cómo supo dónde estaba el niño —repitió, girándome de golpe hacia él. Sus manos se posaron en mis hombros, luego descendieron hasta mis brazos, impidiendo que escapara de su mirada.
—Yo… —balbuceé, pero las palabras se negaron a salir.
Un mechón rebelde cayó sobre su frente. Sin pensarlo, soplé suavemente para apartarlo.
El gesto fue tan natural que ni yo misma entendí por qué lo había hecho.
Sus pupilas se dilataron. El aire entre ambos se tensó, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar.
—¿Qué hace? —preguntó, apartándose con torpeza y pasándose una mano por el rostro, como si quisiera borrar el momento.
—Su cabello está largo —respondí con una sonrisa, buscando alivianar el ambiente.
Sin darle tiempo a replicar, tomé su mano y tiré de él con suavidad.
—¡Vamos! —exclamé—. Le conseguiré un buen corte antes de que alguien más vuelva a confundirlo con un poeta.
Él soltó un suspiro resignado, pero no me soltó la mano. Lo hizo porque, en el fondo, reconocía que la necesitaba; y mientras avanzábamos, su mente se sumergía en pensamientos desordenados, intentando comprender qué hacer conmigo, con lo que había visto y con lo que comenzaba a sentir.
Durante el trayecto en carruaje de regreso al ducado, el cansancio me venció. Me recosté en el asiento, y pronto el sueño me envolvió por completo.
En la oscuridad del sueño, el hilo dorado volvió a aparecer…
Pero esta vez no conectaba con la marquesa.
Esta vez, se extendía desde mi pecho hasta el del duque.
Mientras nos marchabamos alguien nos observaba desde las sombras en una de las calles.