9- Ecos de fe

729 Words
He meditado en estos días sobre mi encuentro con la diosa. Sus palabras siguen resonando dentro de mí como un eco lejano, imposible de ignorar. Me encomendó una misión que apenas comprendo: restablecer el orden, devolver la luz al mundo. Pero ¿cómo puede hacerlo alguien como yo? Desearía poder descansar, olvidar por un instante la carga de su promesa… Y sin embargo, mis pasos me han llevado a la biblioteca del duque. Entre las altas estanterías y el aroma a papel antiguo encuentro algo parecido a la calma. Hay tantos libros sobre la diosa Astralia, sobre su templo, sobre las viejas profecías que dormitan bajo el polvo de los años. Algo en mí —una voz que no es mía— me impulsa a leer, a buscar, a recordar. No sé en qué momento mis párpados ceden. El sueño me arrastra, profundo y silencioso. Cuando despierto, siento una presencia cerca… un calor contenido, un perfume a violetas y almizcle que me estremece. Abro los ojos y me encuentro con la mirada del duque James Webster, fija en mí, preocupado. —¿Se encuentra bien? —pregunta con una voz tan baja que parece no querer perturbar el aire entre nosotros. Me incorporo apresurada, haciendo una reverencia torpe. —Su alteza, debo haberme quedado dormida mientras leía —digo, señalando los tomos abiertos sobre la mesa. Sus ojos recorren las cubiertas de los libros: “Los Himnos de Astralia”, “Crónicas de la Luz”, “El Velo de los Cielos”. Frunce el ceño. —No parece una mujer religiosa —dice sin rodeos—. ¿Está pensando convertirse en monja? Su tono seco me saca una sonrisa involuntaria. —No creo que sea bueno para las demás monjas —respondo, alzando apenas el mentón. Él la observa unos segundos antes de soltar una breve risa, sincera pero contenida. Yo también río, quizá más por nervios que por el comentario en sí. Por un instante, la tensión que nos rodea parece disolverse, como si ambos recordáramos que aún somos humanos, pese a todo. Él desvía la mirada, carraspea, y con un gesto breve me indica que lo acompañe. —Me buscaba, ¿cierto? —pregunto mientras me levanto. —En efecto —responde, ajustándose el guante de la mano derecha sin mirarme del todo—. He organizado una pequeña reunión en los jardines del ducado. Creí que podría interesarle asistir. No añade más, pero su tono sugiere que no fue una invitación casual. No hemos dicho una palabra en el trayecto. Él se mantiene observando unos papeles, mientras yo fijo la vista en la ventana, intentando ignorar el tenue aroma que deja a su paso, mezcla de violetas y almizcle. Cuando bajamos al parque del ducado, el aire fresco nos recibe con un murmullo de hojas. El duque, siempre correcto, me ofrece su brazo. Lo acepto con cautela. Apenas hemos avanzado unos pasos cuando una voz nos interrumpe: —¡Duque Webster! —La marquesa Margaret McElderly se acerca con rostro desencajado—. ¿Han visto a mi hijo Simón? Estaba aquí hace un segundo, lo he perdido mientras compraba un helado. —Tranquilícese —dice el duque, soltando mi brazo para sostenerla por los hombros—. ¿Dónde lo vio por última vez? Su tono firme y sereno parece devolverle algo de control. Tras escucharla, le indica el camino de regreso al quiosco y se marcha sin dudar. Yo, en cambio, me acerco a la marquesa y le tomo el brazo. —Vendrá pronto, no se preocupe —le digo con suavidad. Apenas mis dedos rozan su piel, una energía cálida fluye a través de mí. Es como si un sol escondido despertara bajo la superficie. Siento el pulso de Astralia vibrando en mis venas, esa misma luz que me había devuelto la vida. Los ojos de la marquesa se abren, sorprendidos. Por un instante, sus rasgos se suavizan y el temblor de su cuerpo cesa. La observo… y noto algo más. Hay un resplandor invisible danzando a su alrededor, apenas perceptible, pero real. Como si la diosa me estuviera mostrando un hilo que conecta nuestras almas. Como si la fe misma respondiera a mi toque. El aire se espesa, y sé —sin entender del todo por qué— que esto apenas comienza.
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