Aquella mañana, Elizabeth Bass partió en carruaje hacia el pueblo como lo hacía cada fin de mes. El cielo estaba despejado, pero había en el aire una quietud extraña, como si la luz hubiese decidido no brillar del todo. Llevaba una lista de encargos para su madre, libros por devolver a la biblioteca y una nota escrita con la caligrafía pulcra de quien aún cree que todo puede mantenerse en orden si se siguen las reglas correctas.
A su lado, June sostenía una pequeña bolsa de monedas para comprar medicinas y algunas telas.
—Hoy regresemos temprano —murmuró Lizzie, mirando por la ventanilla.
June la observó con atención.
—¿Ocurre algo?
Elizabeth tardó en responder.
—No lo sé. Solo… no quiero que se haga tarde.
No era miedo. No exactamente. Era una sensación sorda, un latido bajo la piel que no encontraba nombre.
Al llegar, el caos habitual del día de raciones se extendía por la plaza principal. Campesinos y mercaderes se agolpaban, discutiendo, empujándose, levantando polvo. El carruaje no pudo avanzar más.
—Iré a pie desde aquí —dijo Lizzie con serenidad medida.
—Tenga cuidado —advirtió June—. Iré al mercado. Nos encontraremos en la esquina de la biblioteca.
Lizzie asintió y descendió, apretando el libro contra su pecho. El contacto del cuero le dio una extraña sensación de despedida.
Caminó entre la multitud. A cada paso, el murmullo le parecía más distante, como si el mundo se cubriera de un velo fino. Al doblar el callejón cercano a la biblioteca, un sonido cortó el aire.
Espadas.
El acero tiene un lenguaje propio. Y ese no era el de un duelo honorable.
Se detuvo apenas un segundo.
Y entonces lo vio.
Un hombre enfrentaba al duque James Webster. El duque mantenía la guardia con firmeza, aunque una herida abierta en su brazo izquierdo manchaba de rojo la manga oscura. No retrocedía. No pedía ayuda. Pero tampoco estaba ileso.
El atacante no era un ladrón desesperado. Su postura era demasiado precisa. Aquello era un intento de asesinato.
Elizabeth no pensó. Su cuerpo decidió antes que su razón.
Avanzó.
El combate era una danza cerrada, peligrosa. Esperó el momento exacto. Cuando el atacante desplazó el peso hacia adelante, descuidando el flanco, Lizzie intervino. Su espada cortó el aire con un movimiento limpio, directo al costado desprotegido.
El hombre vaciló. Un jadeo breve. Cayó.
Silencio.
Elizabeth mantuvo la guardia unos segundos más antes de enfundar el arma. El latido le retumbaba en los oídos, pero su rostro permanecía sereno.
—¿Se encuentra herido de gravedad, Su Excelencia? —preguntó sin mirarlo todavía.
—No más de lo necesario —respondió una voz grave.
Al volverse, se encontró con los ojos del duque.
No había gratitud en ellos. Ni alivio. Solo cálculo.
James Webster era un hombre acostumbrado a sobrevivir sin deber nada a nadie.
Su postura era recta, firme a pesar de la sangre. La herida parecía ignorarlo por pura disciplina. Observó al hombre caído, luego a ella.
—Intervino sin ser convocada —dijo.
No era una acusación abierta. Tampoco un agradecimiento.
—La intención era clara —respondió Lizzie—. Iban a matarlo.
El duque sostuvo su mirada más tiempo del que era cómodo. No parecía sorprendido por su habilidad, sino por su decisión.
—Muchos habrían seguido de largo.
—Yo no.
Un silencio tenso se extendió entre ambos.
—Su nombre —exigió él.
—Elizabeth Bass.
Sus ojos se estrecharon apenas.
—No es un apellido que deba ignorar.
Lizzie sintió el filo invisible de aquella frase. No era cortesía. Era advertencia.
James bajó la mirada a su brazo herido. Por un instante, apenas perceptible, su equilibrio flaqueó. Un mínimo desliz que delataba que la pérdida de sangre comenzaba a cobrar factura.
Elizabeth dio un paso hacia él.
—Permítame asistirlo.
Su expresión se endureció.
—No lo necesito.
Era casi inmediato. Instintivo. Como si aceptar ayuda fuera una rendición.
—Está perdiendo sangre.
—Eso no es asunto suyo.
Lizzie sostuvo su mirada sin retroceder.
—Ya lo es.
Aquella respuesta pareció incomodarlo más que la herida. El duque no confiaba. No en desconocidos. No en coincidencias. Mucho menos en salvaciones oportunas.
—¿Quién la envió? —preguntó de pronto.
La pregunta cayó como una piedra.
—Nadie.
—Nadie arriesga la vida por un desconocido sin motivo.
—Tal vez usted no.
La tensión vibró entre ambos como una cuerda demasiado estirada.
James finalmente apartó la mirada primero. No en derrota, sino en decisión.
—No vuelva a intervenir en mis asuntos, señorita Bass.
No hubo agradecimiento. No hubo gesto amable.
Solo una inclinación mínima de cabeza, lo justo para no ser descortés.
Luego se marchó, con la espalda recta, sin permitir que nadie viera cuánto le dolía cada paso.
Elizabeth permaneció allí unos segundos más, sintiendo cómo algo se asentaba en su pecho.
El Duque Maldito.
El hombre que sobrevivió a una orden de ejecución dictada por la propia emperatriz. El heredero incómodo. El rumor hecho carne.
Y ahora, su destino se había cruzado con el suyo.
Terminó sus encargos casi sin recordar cómo. Compró lo necesario, devolvió el libro, recogió las telas. Pero la sensación no desapareció.
Algo iba a romperse.
Cuando llegó al punto de encuentro, June la esperaba.
—Está pálida.
—Solo estoy cansada —mintió.
Regresaron en silencio.
A medida que el carruaje se acercaba a la propiedad de los Bass, el olor llegó primero.
Humo.
Lizzie se incorporó de golpe.
—June…
El horizonte temblaba con un resplandor anaranjado.
No.
No podía ser.
El carruaje apenas se detuvo cuando Elizabeth saltó al suelo.
La casa estaba envuelta en llamas. El techo colapsaba. Las ventanas escupían fuego como bocas abiertas en un grito eterno.
—¡No! —su voz se quebró.
Corrió hacia la entrada, pero June la sujetó con fuerza desesperada.
—¡Es demasiado tarde!
—¡Mis padres están dentro!
El calor era insoportable. El humo asfixiaba. Las vigas crujían.
—¡Elizabeth! —gritó June, con lágrimas en los ojos—. Ya no hay nadie que salvar.
Esa frase fue peor que el fuego.
Elizabeth dejó de luchar.
Las llamas devoraban recuerdos. La mesa donde su madre cosía. El despacho de su padre. El piano desafinado en el salón.
Todo convertido en ceniza.
Cayó de rodillas.
El mundo no se rompió con estruendo.
Se vació.
Y en medio del humo, una idea fría comenzó a tomar forma.
Aquella mañana no había sido casual.
Nada lo había sido.
Y el presentimiento que la había acompañado desde el amanecer finalmente encontró su nombre.
Pérdida.