++++++++++++ Comimos, bebimos y reímos a carcajadas hasta que las copas empezaron a vaciarse y la mesa se llenó de migas y manchas de vino. Yo me sentía más ligera, con la cabeza aún densa pero ya no tan clavada en la almohada como los días anteriores. Fue en ese momento, cuando Claudia levantó la copa para brindar por la vida, que de golpe recordé algo. Un escalofrío me atravesó la espalda y las palabras se me salieron solas: —Claudia… no tengo mi celular. Ella me miró, ladeando la cabeza, como si hubiera estado esperando que lo preguntara. —Espera un momento —me dijo con esa voz de mando disfrazada de ternura. Se levantó de la mesa y desapareció por el pasillo. Yo me quedé con el corazón agitado, siguiendo el eco de sus pasos, con esa sensación de que estaba a punto de abrirse una p

