Viejo amor

1012 Words
+EMILIANO+ Me aparté de ella unos pasos, respirando hondo, intentando recomponer algo parecido a la dignidad. —Aaah… diablos —dije con un suspiro, y luego aclaré la garganta—. Una disculpa, cuñada. Solo que al verte así… y con… no sé… perdí la cabeza. Bianca se giró hacia mí, sus ojos verdes brillando con una mezcla de reproche y diversión, pero yo no podía mirarla directamente. Volteé a otro lado, mordiendo el labio, y maldije mentalmente cada maldito pensamiento que me pasaba por la cabeza. —Debo haber tomado demasiado en el camino hacia casa —musité, intentando sonar casual—. He venido aquí porque pienso quedarme… y ver las empresas que dejó mi hermano. Ella frunció el ceño, cruzándose de brazos como si ya sospechara todo lo que bullía detrás de mis palabras. —Sabes que vengo una vez al año —continué, tratando de sonar más profesional que un idiota desesperado—, y ahora que vi a mi sobrino… pues… espero que no te moleste que me quede en la misma ciudad. Bianca respiró hondo y bajó la mirada por un instante, dejando que su cabello cayera sobre su hombro. —No hay problema —dijo—. Y respecto a tu hermano… sabes que amé mucho a Richard. Pero ya pasaron tres años. No lo olvido, pero debo seguir. Cerré los ojos, maldiciendo silenciosamente la elegancia con la que decía esas palabras, como si el mundo no estuviera ardiendo detrás de su sonrisa perfecta. Ella se alejó hacia la cocina, sus tacones resonando suavemente en el suelo. Y yo… yo no pude apartar la mirada. Dios. Su espalda. Su cintura. Ese trasero que parecía esculpido para romper leyes físicas. Maldita sea, cómo deseaba tocarlo, saborearlo, explorarlo. Cada curva me gritaba que fuera un completo idiota, y yo estaba dispuesto a ceder. Soy Emiliano James Lancaster, hermano de Richard. Mi hermano mayor, aquel CEO impecable del Grupo Lancaster, tenía 45 años cuando murió. Ahora, yo con 38 años, me toca preparar a mi sobrino para tomar responsabilidades que le toca, ya que tengo mis empresas, pero en Londres. Mi hermano… Richard. Si aún estuviera vivo, tendría 48 años, y yo seguiría siendo ese joven irreverente, deseando a la mujer que él había amado, respetado, hecho su esposa, y tenido un hijo con ella. No es que desee su muerte. Nada de eso. Richard era… era perfecto para ella. Pero la vida tiene esta forma horrible de jugar con los deseos, y ahora que Bianca estaba soltera, con su cuerpo todavía tan perfecto, su mirada tan ardiente y su risa que podía incendiar un salón entero… no podía apartar mis ojos. Cuando quiero acercarme, ella se aleja. No puedo soportar verla con otro hombre. No sé si se llama obsesión, o simplemente posesión, o una mezcla de ambas. Pero cuando la veo así, con la forma en que su cintura se balancea, la manera en que su cabello cae sobre su espalda, como si estuviera desesperada de atención masculina, pienso: no. Ningún hombre se le acercará mientras yo esté cerca. Es tentador, demasiado tentador. Cada pequeño gesto, cada risa que escapa de sus labios, cada mirada de desafío… me atrae como un imán de hierro caliente. Y no es solo deseo físico. Es… complejo. Confuso. Irracional. La misma mujer que me había parecido inalcanzable cuando Richard estaba vivo, ahora está aquí, sola, vulnerable y espectacular, y yo… soy Emiliano Lancaster. El cuñado, el hombre que jamás debió tocarla. Y aún así, mis manos quieren explorar, mi boca quiere probar, mi cuerpo quiere acercarse. Miro cómo agarra un vaso de agua y da un sorbo, sin darse cuenta de que estoy observando cada movimiento. Mi pulso se acelera, y noto cómo mis pantalones me recuerdan que no puedo simplemente quedarme de brazos cruzados. —Maldita sea, Emiliano —murmuro para mí mismo—. Controla la situación, no seas un idiota. Pero luego se ríe con alguien en la cocina, esa risa sensual que me golpea como un látigo, y pierdo todo rastro de control. Decido acercarme, como si tuviera derecho. Mis pasos son silenciosos, calculados, pero cada uno de ellos es un desafío para mí mismo. —Bianca —digo con voz baja, intentando sonar casual—. Espero no molestarte… con mi… presencia. Ella se gira levemente, sus ojos verdes fulgurando, y me lanza una sonrisa que puede ser inocente o seductora. —No me molesta —responde con calma—. Pero debo avisarte que no toleraré… interrupciones indebidas. Su tono me hace sentir culpable y excitado al mismo tiempo. Es la mezcla perfecta de tortura y tentación. —Interrupciones indebidas… —repito, mordiendo mi labio inferior—. ¿Como cuando tu hijo entra en el momento más… inapropiado? Ella me mira, arqueando una ceja, y mi respiración se acelera otra vez. —Eso… es diferente —responde, con un hilo de risa que me provoca una erección instantánea. —Diferente… —repito, caminando un poco más cerca, midiendo la distancia entre nosotros. Solo un roce. Solo un roce inocente, digo para mí—. Porque tú lo dices. Y entonces, el momento llega. Mis dedos rozan la curva de su cintura, apenas un contacto, pero suficiente para que sus hombros se tensen y sus labios se separen ligeramente. —Emiliano… —susurra, y siento cómo el aire se vuelve eléctrico. —Shh… —le digo con voz grave, inclinándome un poco—. Solo un toque. Solo un juego. Ella cierra los ojos, suspirando, y yo sé que ha sentido lo mismo que yo: el peligro, la atracción, el deseo prohibido. Pero justo cuando mi frente roza la suya, cuando mis labios están a un suspiro de los suyos, el teléfono de la sala suena otra vez. Estridente. Insoportable. —¡Maldición! —murmuro, y ella se separa, ajustando su vestido y su cola de diablo con una gracia que me mata por dentro. —El universo odia nuestra diversión —susurra, y yo río bajo, aunque quiero matarla por esa ironía perfecta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD