++++++++++++++ Estoy en la habitación privada. Blanca, silenciosa, demasiado ordenada para lo que soy yo. Se siente como si cada pared me estuviera observando, como si hasta el maldito monitor de los signos vitales me estuviera juzgando. Estoy en shock, aún. Nerviosa hasta los huesos. Intento cerrar los ojos, pero no paro de llorar. Y odio llorar, porque siento que me debilito, que pierdo esa fuerza que tanto me esfuerzo por mostrar. Pero no puedo detenerlo: las lágrimas me arden en la piel, me ahogan, me hacen un nudo en la garganta que no me deja respirar. Claudia, siempre tan directa y práctica, me vio en ese estado y llamó a la doctora enseguida. Me asustó su tono de voz, porque ella no es de las que dramatizan; si se alarma, es porque de verdad hay motivos. Cuando entró la doctora,

