Sentada en esa camilla, con la voz de la doctora, recordándome las medidas, con Thiago apretando mi mano como si fuera la cuerda a la que me atenía, supe que la vida había decidido por mí lo que yo aún no estaba lista para decidir. Pero supe, también, que ahora había algo más que mi orgullo en juego: un pequeño latido que dependía de mí. Respiré, conté hasta diez, y dije lo único certero que pude: —Haré todo lo que haga falta —susurré—. Por él o por ella. Por lo que tenga que venir. + Me quedé con la boca abierta, los ojos inundados de lágrimas y la garganta seca como si hubiera tragado arena. La doctora tenía esa voz calmada que usan los médicos cuando están por soltar algo que saben que te va a caer como un piano en la cabeza, pero que ellos lo dicen como si fuera anunciar el clima.

