Quise negar, decir “sí, me estacioné”, pero mi memoria era un vidrio empañado: un fragmento de llovizna, la puerta que cerraba, el hueco, luego el golpe. “Me estacioné… yo me estacioné, lo juro”, murmuré, y no sé si me creí. Poco después noté un collarín alrededor de mi cuello; la tela rozaba la piel con frío, y el mundo se quedó en el borde de un hilo. Entró alguien con bata blanca y un tono profesional que no aguanta drama. —¿Cómo te sientes? —preguntó el médico. Su cara era neutra, eficiente—. Estás bien, solo una lesión cervical leve por el latigazo. Necesitas collarín por precaución. Has estado inconsciente bastante tiempo y te hemos hecho pruebas de todo tipo. Gracias a Dios no llegó a más. Estás estable. Esas palabras rebotaron en mi cabeza sin atravesarla de verdad. “¿No llegó a

