Me quedé sin aire. No sé cómo explicar lo que sentí en ese instante: como si me hubieran arrancado el piso bajo los pies, como si las paredes del restaurante hubieran desaparecido y me encontrara en un vacío enorme donde solo estábamos Emiliano y yo, mirándonos, desafiándonos, amándonos en silencio. Su mano extendida… Dios, esa mano. Tan grande, tan firme, tan segura. El símbolo de todo lo que estaba a punto de arriesgar. Lo vi ahí, ofreciéndome más que un simple pacto: ofreciéndome su vida, su tiempo, su espera. Y yo, como una idiota, temblando, con la copa todavía húmeda entre los dedos, con el corazón golpeando tan fuerte que pensé que cualquiera alrededor podía escucharlo. Lo observé varios minutos, o al menos así lo sentí. El reloj siguió avanzando, los meseros siguieron caminando,

