Quise decirle que no necesitaba su permiso para existir, que mi dolor no pedía licencia ni explicación; en cambio, las lágrimas hicieron el trabajo por mí. Margaret tragó saliva, miró al suelo un segundo y cuando volvió a alzar la vista su mirada era más suave, casi constructiva. —No es que necesites mi aprobación —dijo despacio—. Es que mi hijo… él hubiese querido verte sonreír otra vez. O querer, ahora. Eso es lo que haría feliz a su memoria. La fuerza de su argumento me atravesó. Sentí el recuerdo de mi difunto esposo como una sombra que se me pegaba al hombro: su boca al decir mi nombre, sus manos rudas en mi pelo, la forma en que me protegía. Me dolía admitir que me costaba imaginar sonreír por alguien más, pero su ausencia no me daba derecho a anular mi vida. Margaret se limpió la

