+++++++++++++++++++++ Bajaba las escaleras con el cabello todavía húmedo, envuelta en esa calma rara que me dejaba siempre una madrugada con Emiliano. El eco de sus besos seguía en mi piel, y aunque sabía que debía poner mis pies en la tierra, por un instante quise quedarme flotando en esa burbuja. Pero la realidad, como siempre, me esperaba abajo. Ahí estaba. Margaret. Sentada, erguida, con ese porte que nunca perdía aunque su mirada delatara un cansancio profundo. Cuando levantó la vista y me dijo: —Debemos hablar. Sentí un escalofrío. Tragué saliva y solo pude asentir. Sabía que tarde o temprano esto iba a pasar. Caminé hasta el despacho, ese lugar que había sido refugio y tormento al mismo tiempo, y la invité a pasar. El olor a madera encerada, a papeles viejos, a recuerdos, me go

