Las piernas casi no me respondían, pero caminé. Tenía que caminar. Mi suegra, Lady Margaret, con ese aire de realeza aunque nunca hubiese llevado corona, me abrazaba como si de verdad hubiera extrañado mi presencia, como si no hubiésemos cargado siempre con esa tensión velada. Yo me quedé tiesa, y cuando se separó de mí con esa sonrisa amable, casi maternal, me sentí más desnuda que nunca. —Me alegra que estés bien —me dijo con voz firme, sin titubeos, creo que eso lo repitió. Yo apenas pude asentir. Y entonces soltó la bomba. —Desde que murió mi hijo no había podido visitarte… pero ahora que mi otro hijo está aquí y su prometida quiere estar con él… Prometida. Esa palabra cayó sobre mí como una roca al pecho. Prometida. Emiliano. Mi Emiliano. El mismo con el que había pasado noches d

