No toques fondo

1321 Words
Estoy acostada. La sábana ligera me cubre apenas hasta la cintura y, aunque estoy cansada, no puedo dormir. El maldito celular vibra a cada rato en la mesita de noche. ¡Pensé que lo había apagado! ¡Cómo joden! Mis amigas todavía siguen con la orgía de strippers, porque ya no es fiesta, eso ya parece una película triple X casera. Me volteo a un lado, resoplando, y alcanzo el celular para apagarlo. Estoy a punto de ponerlo en modo avión cuando escucho el golpecito en la puerta. Toc, toc. Mis ojos se abren de golpe. “Seguro es mi hijo”, pienso, y me enderezo con el corazón latiéndome fuerte. Me levanto, acomodo la bata y camino descalza hasta la puerta. Giro la manija y… no es mi hijo. Es Emiliano. Sí, el cuñado, el británico serio, el que me hace perder la compostura con solo mirarme. El que hace unas horas me dejó con la piel ardiendo en el jardín. Ahí está, de pie, alto, con esa sonrisa ladina y los ojos que parecen desnudarme, aunque yo tenga puesta hasta una armadura. Me cruzo de brazos, como si eso pudiera protegerme, y suelto un suspiro resignado. —Buenas noches, Emiliano. No me digas que no puedes dormir. Él niega despacio, con una sonrisa que parece pedir perdón y, al mismo tiempo, invitarme a pecar. —No es eso… —se lleva la mano al cabello, desordenándolo un poco—. Lo que sucede es que… quería preguntarte si me puedo quedar más tiempo aquí. Lo miro entornando los ojos, como si quisiera leer entre líneas. Porque con este hombre siempre hay líneas ocultas, dobles sentidos, misterios. —Ya… —respondo, levantando una ceja—. Deja el drama. Claro que puedes quedarte el tiempo que quieras. Esta es tu casa, no lo olvides. Él asiente, serio, como si yo acabara de firmarle un contrato. —Mañana voy a la empresa, casi no estaré aquí para… Lo interrumpo con un gesto de la mano. —¡Ya! Deja de decir tonterías. Mira la casa tan inmensa que es, ¿crees que alguien va a notar tu ausencia? Él sonríe con un aire resignado, como si estuviera disfrutando de mi sarcasmo. —Y si solo era eso lo que ibas a decirme, bueno, ya te puedes quedar tranquilo para dormir —añado, girando un poco el cuerpo hacia la habitación, como dándole a entender que la charla nocturna se acabó. Pero no. Emiliano no se va. —¿No quieres tomar un café? —pregunta, con esa calma suya que me desespera. Lo miro, arqueando las cejas. ¿Café? ¿A estas horas? —Un trago, mejor —respondo con una sonrisita torcida. Él sonríe, como si la idea no le desagradara, pero yo levanto la mano antes de que diga algo más. —No, no, no. Mañana es otro día y tú tienes trabajo. Así que… buenas noches. Doy media vuelta, entro a mi habitación y cierro la puerta con seguro, apoyando la espalda contra ella. Me quedo un segundo así, con el corazón acelerado. Emiliano y sus malditos ojos. ¿Qué quiere realmente? ¿Por qué tiene que venir justo a mi puerta cuando yo estoy vulnerable, excitada, confundida? No pienso más. Me lanzo a la cama, me acomodo entre las sábanas y cierro los ojos con fuerza. El cansancio me gana y, como en automático, me quedo dormida. Abro los ojos. La luz se cuela por las cortinas. Miro el reloj en la mesita: las ocho de la mañana. Me estiro perezosa, como gata en celo, y sonrío un poco. Sobreviví la noche sin caer en la tentación. Punto para mí. Me pongo una pijama limpia, sí, de esas de algodón con estampado ridículo que dice “Sleep Queen”, pero yo me siento más reina en lencería, la verdad, y agarro el celular, porque claro, lo primero es revisar qué desastre hicieron las malditas. Voy al baño a cepillarme los dientes. El espejo me devuelve a una Bianca despeinada, con ojeras, pero viva. Y mientras me enjuago la boca, pienso: “Hoy será un día normal. Sin drama. Sin Emiliano rondando como fantasma sexy.” Ja. Qué ilusa. Salgo del baño y de mi habitación, y me encuentro con mi hijo en el pasillo. Mi niño, mi razón de existir, el único que me ata a esta vida de manera cuerda. —Mamá —dice, con esa voz de machito—, saldré con mis amigos. No sé a qué hora vendré. Lo miro, con ese instinto de madre que quiere saber todo, cada detalle, cada segundo. Pero me contengo. —Está bien, hijo. Me acerco a él para despedirme, lo abrazo, lo huelo como cuando era pequeño. A veces olvido que ya no es mi bebé, que está creciendo, que ya no depende de mí como antes. —Te amo, mamá —me dice de pronto, mirándome con seriedad. Mi corazón se aprieta, se me hace un nudo en la garganta. —Yo también, amor —respondo, acariciándole el cabello. Pero entonces, él suelta la bomba. —Pero no toques fondo. Me quedo helada. Lo miro con los ojos muy abiertos, sin saber si reírme, llorar o darle un manazo por insolente. —¿Cómo dices? —pregunto, fingiendo indignación. Él se encoge de hombros. —Ya sabes, mamá… no quiero verte mal. No quiero que termines perdiéndote. Me río, pero es una risa nerviosa, con un nudo en el pecho. —¿Perderme? ¡Por favor! Si me pierdo, será en un spa con un masajista semidesnudo. Él rueda los ojos y me da un beso en la frente. —En serio, mamá. Te amo. Y se va. Así, sin más. Dejándome con esas palabras clavadas como cuchillos. “No toques fondo.” ++++++++++++++++++++++++++++++++ Mi hijo se va y yo me quedo sola… como siempre. Bueno, no tan sola, porque a ver, ¿cuándo de verdad está sola una mujer como yo? Tengo a mis amigas del club de solteronas, que me hacen la vida un caos constante. Tengo al chofer, Manuel, que se cree James Bond, pero apenas sabe estacionar sin dar tres maniobras. Tengo a Lorenzo, mi chef, un italiano que cocina como los dioses, pero que también me regaña como si fuera mi marido cuando no desayuno. Tengo a Cecilia, mi ama de llaves, que parece salida de una telenovela dramática y que vive más pendiente de mis horarios que yo misma. Y, por supuesto, tengo a Alexa, mi asistente personal, la mujer que insiste en recordarme que, aunque tenga cuarenta años, sigo siendo un rostro vendible. Sí, lo acepto: aún soy una reina en la pasarela. Y no lo digo con falsa modestia. Lo digo porque cada vez que subo, sé que las miradas se me clavan como alfileres. Mujeres y hombres, todos por igual. Unos me odian, otros me desean, y yo… yo camino como si fuera inmortal, aunque por dentro me esté preguntando si me aprieta demasiado la faja. Al llegar a la cocina, una de las asistentes de Lorenzo me sirve el café como todas las mañanas. Huele a gloria. Me siento en la isla de mármol blanco, con mis piernas cruzadas como si estuviera posando para una revista, y enciendo el celular. En tan solo segundos, ¡pum! Las notificaciones de las chicas reventando la pantalla. Fotos, audios, stickers obscenos. No puede ser, las chicas si se han pasado, ellas querían que enloqueciera o que me escapara de casa, pero nooo, claro que no podía hacerlo, ya que mi hijo estaba aquí, y eso no es todo, también mi cuñado, así que lo único que pude hacer es meterme a la ducha y lanzarme a la cama. Mi sola cama, ella y yo somos buenas colegas, ambas disfrutamos de los sueños húmedos, ya que una que otra vez mis sueños terminan con un fuerte orgasmo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD