Me pongo de pie de un tirón y tambaleo como si alguien hubiera movido la tierra bajo mis pies. La barra da vueltas a mi alrededor, las luces se alargan en rayas de neón, y siento un zumbido en los oídos que acompasa cada latido. Me obligo a mirar al bartender a los ojos, aunque mi vista sea un desastre. Él me mira con esa mezcla de pena y diversión que tienen los que están acostumbrados a ver a la gente desmoronarse por el vaso. —Tienes novia —le digo, y la frase me sale como una patada de orgullo herido. Él esboza una sonrisa de medio lado, educada, porque sabe que tengo alcohol en la sangre y drama en el alma. —Sí. —contesta con calma—. Y te acepto como amiga. Amiga de cliente, amiga del bar, amiga de una noche. Hay algo en eso que suena a verdad fácil: “amiga de cliente”. Como si yo

