[CAPÍTULO 1]
EL Rey Hechicero
Los graznidos de un cuervo resonaron en todo el pasillo, erizando la piel de los sirvientes que se encontraban cerca. Ninguno deseaba escuchar aquel sonido que, para muchos, era de lo más aterrador. Todos detuvieron sus actividades al instante, y al oír los pasos de su amo, señor y rey, inclinaron la cabeza en una profunda reverencia que anticipaba el avance de aquel temido monarca.
No tuvieron que levantar la mirada para saber dos cosas: estaba impecablemente vestido de n***o, con su armadura adornando sus atuendos. La presencia del rey Morgathi irradiaba poder, autoridad y seguridad, además de una frialdad que lograba erizar la piel de cualquiera que permaneciera en el mismo recinto que su señor.
No hablaba mucho; de hecho, casi nunca lo hacía, a menos que fuera estrictamente necesario. Nunca antes lo habían visto sonreír, ni siquiera una sola vez. Sus ojos negros eran lo más frío que alguien pudiera llegar a ver en la vida. Mantenía el ceño siempre fruncido, pero ni siquiera eso podía restarle nada a su atractivo rostro. Al contrario: ese aire dominante le sumaba un misterio profundo, uno que lo había acompañado desde que era niño.
Caminaba con paso lento pero firme, como si el suelo mismo cediera ante su voluntad. No miraba a nadie a su alrededor; su atención parecía estar puesta en un punto mucho más lejano, como si pudiera ver más allá de las paredes de su propio castillo, más allá del tiempo y del espacio.
A cada paso que daba, un leve resplandor azulado recorría las filigranas de su armadura —no era luz común, sino el reflejo de la magia que corría por sus venas, aquella que le había ganado el título de Hechicero mucho antes de subir al trono. Era un poder antiguo, temido incluso por los reinos vecinos, un don que no se pedía ni se regalaba, sino que se heredaba con sangre y se dominaba con voluntad de hierro.
Al llegar al final del pasillo, se detuvo frente a unas puertas de madera maciza reforzadas con hierro oscuro. No necesitó tocarlas: con un simple movimiento de sus dedos, las cerraduras crujieron y las hojas se abrieron lentamente, sin un solo ruido, revelando la gran sala del trono.
Allí, en el centro, sobre una plataforma de piedra negra pulida, esperaba su asiento: tallado en la misma roca de la montaña, con grabados de cuervos y runas que brillaban débilmente en la penumbra. Se acercó con calma, subió los tres escalones y se sentó con la misma elegancia y rigidez de siempre. En cuanto sus manos reposaron sobre los brazos del trono, las runas cobraron un brillo más intenso, como si el poder del reino mismo fluyera hacia él.
Solo entonces habló, y su voz no fue fuerte ni gritada, pero resonó en cada rincón de la sala con una claridad que helaba la sangre:
—Traedme los informes de las fronteras y los registros de las antiguas profecías. El tiempo se acorta.
Nadie se atrevió a dudar, nadie a preguntar. Dos sirvientes avanzaron con la cabeza aún baja, llevando los pergaminos con manos temblorosas. Sabían bien: cuando el Rey Hechicero mencionaba el tiempo, significaba que algo grande —y peligroso— estaba por llegar.
Sin perder un segundo, pusieron a su disposición todo lo que había pedido. Todo parecía estar en orden… hasta que apretó con fuerza las manos en puños al notar que no figuraba el informe sobre aquello que llevaba tanto tiempo buscando.
Ese simple gesto bastó para hacer temblar todo el recinto, con tal intensidad que los presentes tuvieron que tragar saliva e intentar deshacer el nudo que se les formaba en la garganta. Los poderes del rey eran tan inmensos que, incluso sin proponérselo, se desbordaban al sentir su enojo. Estaba molesto, y el aire mismo parecía volverse denso y frío a su alrededor.
Sus ojos, sin control, se volvieron aún más negros; no quedaba ni un rastro de blancor en ellos, parecían dos fosas de la más absoluta oscuridad. Le ocurría siempre que el enojo lograba superarlo: su aura se expandía con mayor intensidad, y el resplandor de su armadura se tornaba más oscuro y más visible, como si absorbiera la luz de todo lo que tenía cerca.
—Quiero ver al consejero —pidió, sin una pizca de gentileza en sus palabras; sencillamente, no conocía ese tipo de expresiones, ni le hacían falta.
—Como ordene Su Majestad —respondió uno de los sirvientes con voz temblorosa, saliendo a pasos rápidos de la sala del trono para cumplir la orden sin demora.
Morgan, su insustituible cuervo, revoloteó por todo el salón antes de posarse en el hombro de Morgathi. Existía entre ellos una confianza innegable; aquella ave no se despegaba de su lado ni un solo instante.
Valeor, un ser antiguo de r**a olvidada, pero con poderes y conocimientos tan viejos como su propia estancia en el Reino de las Sombras, se desempeñaba como consejero del rey. Gracias a su inmensa sabiduría sobre leyes, criaturas antiguas y esencias de poder, su presencia se hacía notar en el salón al instante, marcando una diferencia notable con respecto a todos los demás.
El anciano alzó la vista hacia su señor después de haber hecho la reverencia correspondiente.
—¡Quiero que todos salgan de aquí! —ordenó el monarca con voz grave, esforzándose con todo su ser por mantener la calma y no dejar que su furia desbordara por completo.
Todos abandonaron el lugar casi corriendo, y en cuanto quedaron completamente a solas, el rey se quitó los guantes de sus manos para que el consejero pudiera verlas.
—Avanza rápido, Su Majestad —dijo Valeor sin perder ni un segundo.
Morgathi apretó los dientes con fuerza: su propio poder estaba comenzando a consumirlo desde adentro, y nada parecía detener ese avance.
—He conquistado siete reinos, he recorrido cada rincón de sus tierras, he consultado a todos los sabios y magos que existen —dijo con voz firme, pero en la que se notaba claramente la desesperación que intentaba ocultar—, y no he encontrado ni una sola pista. ¿Cómo voy a hallar algo que ni siquiera sé cómo se ve, ni dónde buscarlo, ni en qué forma puede presentarse?
Un silencio pesado se apoderó de la sala, roto solo por el suave aleteo del cuervo. Lo que buscaba seguía oculto entre leyendas y sombras, esperando el momento en que su destino decidiera revelarse.