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1219 Words
Maximus se quedó quieto frente al espejo, el peine suspendido en el aire. Algo en el tono de Héctor le erizó la piel. —¿Qué encontraste? Héctor respiró hondo al otro lado de la línea, como si estuviera midiendo las palabras. —Rosie Harper… no es una desconocida para usted, señor. Estudiaron juntos en la secundaria. En el mismo instituto, misma promoción. Ella era… bueno, la llamaban el “patito feo” del curso. Apariencia descuidada, ropa que no le quedaba bien, siempre con el cabello tapándole la cara. Nadie le prestaba atención, o mejor dicho, cuando lo hacían era para burlarse. Maximus frunció el ceño, un recuerdo borroso empezando a picarle en la nuca. Algo familiar, pero lejano. —¿Y? Sigue. —Usted… usted era uno de los que más se burlaba, señor. No solo la ignoraba, la humillaba en público. En los pasillos, en el comedor, en fiestas. Recuerdos de compañeros dicen que una vez, en una clase de educación física, la hizo llorar delante de todos por cómo se le marcaban los kilos o por cómo corría. La llamó “la ballena torpe” o algo peor. Todos se reían, y usted era el rey de la manada. El teléfono casi se le resbala de la mano. Maximus sintió un golpe frío en el estómago. No recordaba el nombre… pero sí las risas, las miradas de superioridad, esa sensación de poder adolescente que ahora le sabía a bilis. Rosie Harper. La chica que siempre estaba sola en la esquina del salón, con los ojos bajos, sin hablar con nadie. La que nunca respondía, solo se tragaba las lágrimas y desaparecía. —¿Estás seguro? —preguntó con voz ronca. —Al cien por ciento. Tengo fotos del anuario, testimonios de excompañeros en redes antiguas. Ella cambió radicalmente después de graduarse: se fue de la ciudad, estudió, se reinventó. Pero en esa época… era invisible para todos menos para las burlas. Y Harper siempre fue apartada del mundo. No tenía amigos, no salía, no iba a fiestas. Vivía en su burbuja, como si el resto no existiera. Maximus colgó sin despedirse. Se quedó mirando su reflejo: el hombre impecable, el heredero intocable, el que ahora tenía que casarse con la chica a la que había destrozado sin siquiera recordarlo. Ahora entendía porque ella le hablaba con resentimiento, porque ella de cierta forma lo odiaba, así que respiro hondo y pensó. —quizás cambio de parecer porque se quiere vengar de mi, por eso todas sus propuestas tontas. Lo único que quiere es venganza por un pasado que solo fue eso un pasado, joder. Maximus se pasó una mano por el rostro, tratando de sacudirse el peso de esa revelación que Héctor acababa de soltarle como una bomba. No podía quedarse ahí, rumiando el pasado como un idiota. Tenía una reunión en la empresa la colección de moda de la temporada estaba a punto de lanzarse, y necesitaba inspeccionar la pasarela para asegurarse de que todo estuviera perfecto: luces, modelos, el flujo de la presentación. Era su imperio, después de todo. Bajó a la primera planta con paso firme, el traje impecable abrazando su cuerpo como una armadura, pero su mente era un caos. Al pasar por el comedor, la voz de su abuela lo clavó en el sitio como una daga. —Maximus, ¿a dónde crees que vas tan apurado? —preguntó la patriarca, con esa sonrisa astuta que siempre ocultaba una orden disfrazada de amabilidad. Rosie seguía allí, sentada con el plato a medio terminar, mirándolo de reojo sin decir nada. Él se detuvo, fingiendo sorpresa. —Abuela, tengo una reunión importante. La pasarela para el desfile necesita mi aprobación final. No hay tiempo para... —Oh, sí, claro. Pero Rosie me acaba de contar algo muy interesante —lo interrumpió ella, con los ojos brillando de aprobación fingida—. Dice que le has dado trabajo en la empresa. Qué gesto tan generoso de tu parte, nieto. Me alegra ver que al fin estás tomando en serio esto del matrimonio. Maximus apretó los puños a los costados. Miró a Rosie, que bajó la vista al plato como si nada, pero él vio el leve temblor en sus labios. ¿Le había dicho eso? ¿Para qué? La culpa de antes se mezcló con irritación. —¿Pensabas irte sin ella? —continuó la abuela, alzando una ceja—. ¿Olvidaste que ahora eres un hombre comprometido? Obligatoriamente comprometido, como bien sabes. No seas ridículo. Maximus tragó saliva, forzando una sonrisa hipócrita que no le llegaba a los ojos. —Tienes razón, abuela. Lo había olvidado por completo —mintió, su voz goteando sarcasmo que solo Rosie pareció captar, porque levantó la cabeza y lo miró con un destello de desafío—. Qué cabeza la mía. Rosie, vámonos. Es tarde, y no quiero que mi "esposa" llegue tarde a su primer día de trabajo. Rosie se levantó sin protestar, aunque su cuerpo gritaba tensión. Asintió a la abuela con respeto y lo siguió fuera de la mansión, hacia el auto n***o que esperaba en la entrada. La patriarca los vio irse con una sonrisa satisfecha, como si estuviera tejiendo una red invisible alrededor de ellos. El camino a la empresa fue un silencio asfixiante. Maximus conducía con las manos apretadas al volante, el motor ronroneando como su rabia interna. Quería soltarle todo: "¿Recuerdas la secundaria? ¿Recuerdas cómo te hice llorar? ¿Es por eso que estás aquí, para vengarte?" Las palabras quemaban en su garganta, pero las tragó. No era el momento. No con ella sentada a su lado, oliendo a algo dulce y prohibido que lo distraía. En cambio, rompió el silencio con algo más superficial, más controlable. —Al llegar a la empresa, cámbiate de ropa si quieres estar a mi lado —gruñó, sin mirarla—. No voy a permitir que mi "esposa" parezca salida de un armario de visitas. Hay estándares en Livingston Enterprises. Rosie miró por la ventana, ignorándolo por completo. No respondió, no lo miró. Solo cruzó las piernas, y ese gesto simple hizo que Maximus apretara más el volante. ¿Cómo demonios esa mujer lo ponía tan al límite? Era como si supiera exactamente cómo clavarle el cuchillo sin decir una palabra. Llegaron a la imponente torre de cristal que era la sede de la empresa, un emporio de moda y lujo donde cada detalle gritaba poder. Maximus estacionó en su espacio reservado y salió del auto, esperando que ella lo siguiera. Subieron en el ascensor privado, el aire cargado de electricidad no dicha. Al abrirse las puertas en el piso ejecutivo, directo a su oficina, Maximus se sorprende por la persona que lo mira con una gran sonrisa, aunque lo oculta tras ese temple fuerte, el mismo que lo caracteriza. Allí estaba Aria, su "novia" o lo que fuera esa relación tóxica y conveniente que mantenían desde hacía meses. Alta, rubia, con un cuerpo esculpido por cirugías y gimnasios exclusivos, vestida con un conjunto de la última colección que acentuaba cada curva. En sus manos, un detalle para Livingston —Maxi, amor — dijo Aria acercándose con una sonrisa felina. Lo besó en la mejilla, marcando territorio con sus labios rojos, ignorando por completo a Rosie que entraba detrás.
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