—¿Le puedo ayudar en algo, señor? —pregunta Héctor sabiendo perfectamente que no lo puede ayudar, pero por amabilidad le pregunta.
—Iré a mi guarida —dijo, pues es un lugar especial para Maximus en la empresa, una pequeña habitación donde se encierra cuando está muy estresado.
—Pero señor… —Héctor lo detiene con sus palabras.
—¿Qué, Héctor? —pregunta Maxi de mala manera.
—Tiene una reunión, está por empezar —le recuerda y Livingston tensa su mandíbula.
—10 minutos —dijo y se marcha a su pequeña guarida.
Héctor lo ve alejarse cada vez más y luego pasa saliva, se pregunta qué habrá pasado para que su jefe se pusiera así porque por lo general Livingston es vulnerable cuando le tocan el tema de sus padres.
Maximus llega a su guarida, allí ingresa la clave en la pequeña pantalla digital y la puerta se abre. Ingresó a su guarida con un suspiro entrecortado, cerrando la puerta detrás de él con un clic suave que contrastaba con el torbellino de su mente. El lugar es su refugio secreto, una habitación oculta en las entrañas de la empresa que pocos conocían. Las paredes estaban cubiertas de bocetos antiguos, telas arrugadas y maniquíes silenciosos que guardaban los ecos de una pasión perdida. En el centro, sobre un pedestal iluminado por una luz tenue, reposaba el retrato de sus padres: su madre con esa sonrisa cálida que iluminaba cualquier habitación, y su padre con la mirada firme que le había enseñado a soñar en grande. Maximus se detuvo frente a él, sintiendo cómo el dolor se clavaba en su pecho como una daga oxidada.
—¿Por qué lo mencionó? ¿Por qué tuvo que abrir esa herida? —murmuró para sí mismo, apoyando la frente contra el marco frío del cuadro.
El olor del aire es de lápices de grafito y tela nueva, un aroma que solía calmarlo, pero hoy solo avivaba el fuego. Sus ojos recorrieron los diseños colgados en las paredes: vestidos etéreos que había creado en su juventud, cuando la inspiración fluía como un río inagotable. Pero al pasar de los años, se culpaba por la muerte de sus padres, entonces todo se desvaneció para él. La herencia familiar, la presión de la abuela, el peso de la empresa… lo habían convertido en un hombre de números y contratos más no de arte. Caminó hacia el escritorio desordenado, donde yacía el último diseño que había dejado a medias años atrás: un vestido de noche con líneas fluidas, pero incompleto, como si el lápiz se hubiera rendido a mitad de camino.
Se sentó en la silla gastada, esperando que la rabia lo impulsara a destrozar todo, como tantas veces antes. Sus manos temblaban, listas para arrasar con los papeles. Pero algo cambió. En medio del dolor, una chispa inesperada surgió. Sus ojos se fijaron en las curvas inconclusas del boceto, y en lugar de romperlo, tomó un lápiz.
—Esto es ridículo —pensó, mientras trazaba una línea tentativa. El lápiz se movió solo, completando el escote, agregando pliegues que evocaban movimiento, como si el diseño hubiera estado esperando por él. Ni siquiera se lo creía: el pulso se estabilizó, la respiración se calmó, y por primera vez en años sintió esa euforia creativa burbujeando en su interior.
—¿Qué demonios me está pasando? —se preguntó, pero no se detuvo. El diseño cobraba vida bajo sus dedos, y con él, una parte de sí mismo que creía muerta.
Mientras tanto, en la oficina principal, Rosie se dejó caer en el sofá de cuero, cubriéndose el rostro con las manos. El eco del portazo de Maximus aún resonaba en sus oídos, y el peso de sus palabras la aplastaba.
—Dios, ¿por qué le dije eso? Fue como clavarle un cuchillo directo al corazón —pensó, con los ojos empañados por el arrepentimiento. Recordaba vividamente la conversación con la patriarca Livingston, esa mujer imponente que la había elegido para este matrimonio forzado.
—Maximus no es el mismo desde que perdieron a sus padres, Rosie —le había confesado la abuela en voz baja, durante una cena privada—. Era un soñador, un artista nato. Diseñaba con el alma. Pero el accidente… lo rompió. Se encerró en sí mismo, se volvió frío, obsesionado con el control. Tú podrías ser la llave para traerlo de vuelta.
Rosie había asentido entonces, pero ahora se sentía como una intrusa que había pisoteado terreno sagrado.
—Siento que me falta el aire —cierra los ojos por segundos—. Le di mi palabra a la patriarca, le dije que me quedaría al lado de su nieto sin importar lo que pasara, pero… esa mujer, su novia —suelta un largo suspiro y vuelve a retomar aire—. No sé qué hacer, no pensé que esto fuera tan difícil. Dios, dame fuerzas, soy una mujer de palabras, pero Maximus Livingston es un hombre tan difícil y tan… —muerde su labio inferior, no termina la frase—. Mejor salgo a buscarlo y me disculpo, pero ¡afff! ¡Él también es grosero! Mejor será irme a otro lugar, esta es su oficina de trabajo y no lo quiero ver, no por ahora.
Rosie se pone de pie y se dirige a la puerta. Antes de irse mira atrás y sobre el escritorio está el regalo que Aria le trajo a Maxi, Rosie hace una mueca de disgusto y se marcha cerrando la puerta.
Al mirar a los lados, ve todo solo, así que opta por darse un recorrido por la empresa.
—¡Señorita Harper! —Héctor se acerca de inmediato—. Es un gusto verla, ya que usted está aquí sería bueno que firmara el contrato matrimonial, lo tengo listo en mi oficina.
—No, no voy a firmar ningún contrato.
—¿Por qué, señorita Harper? ¿Se ha arrepentido acaso? —el asistente de Livingston la mira con intriga, sería la gota que rebosó el vaso.
—¡Buenos días! —saluda una voz muy masculina y madura.
Rosie y Héctor voltean a mirar, su cara se les hace familiar, pero no logran descifrar.
—¿Qué se le ofrece? —pregunta el asistente—. Si desea una cita con el señor Livingston debe agendar, ¿quién lo dejó pasar? —Héctor observa la mirada maléfica del hombre alto con una edad aproximada de 50 años.
Tiene un ojo gris y el otro n***o, literalmente causa algo de miedo y más en Rosie porque él no deja de mirarla.
—No necesito ninguna cita, soy un Livingston —dice con mucha seguridad.
—¿Usted…? Qué pena, pero el único Livingston es mi jefe y la patriarca, por favor retírese.
—Soy el hijo negado de la patriarca, el tío del rebelde de Maximus —mira a su alrededor—. Qué empresa tan interesante —achica un poco sus ojos—. Esto será todo mío.
Su sonrisa se vuelve más amplia y malévola.