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1131 Words
Maximus salió de su guarida con el boceto recién terminado y enrollado bajo su brazo, sintiendo cierta emoción por haberlo terminado. Su mente aún bullía con la euforia inesperada de la creación, mezclada con el dolor residual de la pelea con Rosie. —Necesito enfocarme en la reunión—, se dijo a sí mismo, ajustándose la corbata mientras caminaba por el pasillo. Pero al doblar la esquina, se topó con una escena que lo detuvo en seco: Héctor, Rosie y un hombre alto, de unos 50 años, con una presencia imponente y una sonrisa que destilaba veneno. El aire se cargó de inmediato con una tensión palpable, es como si el tiempo se hubiera detenido para él. —¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Maximus con voz grave, avanzando con pasos decididos. Sus ojos se clavaron en el desconocido, y entonces lo golpeó como un rayo: el parecido era escalofriante. El mismo mentón cuadrado, la misma nariz, el mismo cabello entrecano peinado hacia atrás. Era como ver a su padre resucitado de entre los muertos, pero con una diferencia cruel: un ojo gris acero y el otro n***o como el abismo, dándole un aire siniestro que su padre nunca había tenido. Maximus sintió un escalofrío recorrerle todo su cuerpo, y por un segundo, su mundo se tambaleó. —"¿Quién... quién carajos es este tipo?"— pensó, pero su instinto le gritaba que ya lo sabía. El hombre giró la cabeza lentamente hacia él, y su sonrisa se ensanchó, revelando dientes perfectos, pero fríos, como los de un depredador. —Vaya, vaya, si es mi sobrino rebelde en persona —dijo el tío con una voz ronca y madura, cargada de sarcasmo—. Maximus Livingston. Has crecido, chico. Te pareces tanto a tu padre... lástima que no heredaste su inteligencia para los negocios familiares. O tal vez sí, pero has estado robando lo que me corresponde. Maximus se quedó congelado por un instante, procesando las palabras. El impacto del parecido lo había dejado vulnerable, pero la rabia rápidamente lo invadió, borrando cualquier rastro de nostalgia. —¿Mi padre? Este bastardo se atreve a mencionarlo...". Apretó los puños y sin querer, sin darse cuenta el boceto que diseño se cayó al suelo —¿Quién carajos eres tú? —gruñó Maximus, acercándose un paso más. Su mandíbula se tensó tanto que dolía, y sus ojos ardían con un fuego que Héctor reconoció de inmediato: el mismo que había visto minutos antes, cuando mencionaron a sus padres. El hombre se ríe, una carcajada profunda y malévola que resonó en el pasillo vacío. —Soy Douglas Livingston, el hijo que tu querida abuela —escupió la palabra como si fuera veneno— me negó durante décadas. Su primogénito, el que ella desterró porque no encajaba en sus planes perfectos. Tu tío, Maximus. Y vengo a reclamar lo que me pertenece por derecho de sangre: esta empresa, la herencia familiar. Todo lo que esa mujer malvada me robó. Para ser honesto, tenía una fecha exacta para reclamar mi fortuna, pero al ver el anuncio de matrimonio, cambie de parecer Rosie, que había estado observando en silencio, sintió un nudo en el estómago. El hombre la había mirado antes con esa mirada depredadora, pero ahora la tensión se centraba en Maximus. Ella se había fijado que un papel cayó al suelo así que aprovecho para agarrarlo en medio de la discusión de los hombres. —¿La patriarca... es mala? —repitió Maximus con incredulidad, pero su voz se endureció en un segundo—. ¿Te atreves a llamar mala a mi abuela? Ella construyó esto de la nada, mientras tú... ¿qué? ¿Desapareciste como un cobarde? No puedes llegar aquí, después de Dios sabe cuántos años, y exigir una herencia que no te has ganado. Esta empresa es mía. Yo la he levantado con sudor, con noches sin dormir, con decisiones que me han costado todo. ¡Trabajé duro por esto, maldita sea! No eres más que un fantasma del pasado tratando de robar lo que no le pertenece, mi abuela tendrá sus razones para hacer lo que hizo contigo Douglas dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. Su ojo gris brillaba con malicia, y el n***o parecía absorber la luz. —¿Trabajaste duro? —se burló Douglas, su aliento cálido y cargado de desprecio—. Por favor, chico. Tu abuela me desheredó porque no quería competencia. Es una manipuladora, una víbora que envenena todo lo que toca. Me quitó mi lugar en la familia, me dejó en la calle, y ahora que está vieja y débil, vengo a tomar lo que es mío. La herencia no es solo tuya; es de sangre Livingston, y yo soy el mayor. Tú no eres más que el nieto mimado que juega a ser empresario. Si no fuera por mí, esta familia no existiría tal como la conoces. La tensión en el aire es demasiado tensa, como un cable vivo a punto de estallar. Maximus sintió su sangre hervir; las venas en su cuello se hincharon, y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. —¡Cállate la boca! —estalló Maximus, empujando a Douglas en el pecho con una mano—. No sabes nada de esta familia. Mi abuela me eligió a mí porque seguramente tú no valías una mierda. ¿Herencia? ¡Vete al infierno! Si das un paso más en esta empresa, te juro que te arrepentirás. Has estado ausente, y ahora apareces como un buitre oliendo la muerte. ¡No te llevarás nada! Douglas no retrocedió; en cambio, empujó de vuelta, más fuerte, haciendo que Maximus tropezara un paso. Sus ojos dispares centelleaban con furia. —¿Me amenazas, sobrino? —gruñó Douglas, alzando un puño—. He esperado años para esto. Tu abuela es una perra egoísta que destruyó mi vida, y tú eres su marioneta. Si tengo que romperte la cara para reclamar lo mío, lo haré. ¡Ven, inténtalo! Los dos hombres se miraron como lobos a punto de saltar, los puños levantados, el aire cargado de violencia inminente. Héctor retrocedió, sacando su teléfono con manos temblorosas. —"Dios, esto va a terminar mal"— pensó. Rosie, con el corazón latiéndole en la garganta, no pudo quedarse quieta. —No, no puedo dejar que esto pase. Maximus ya está herido..."—. Se lanzó hacia adelante y tomó a Maximus del brazo con fuerza, sus dedos clavándose en su manga. —Maximus, ¡detente! —dijo ella con voz firme, aunque temblorosa por dentro. Sus ojos se clavaron en los de él, suplicantes—. No vale la pena. No le des lo que quiere.
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