Harper llega al día siguiente a la empresa Hadas del Amor. La verdad, ni ánimos tenía la pobre chica de venir a trabajar, pero se vio en la obligación. Lo más extraño es que al salir del ascensor todas sus compañeras, incluso Violet —quien literalmente odia a Rosie por ser la mejor casamentera de la empresa—, se le ríen en la cara. Rosie rueda los ojos; no piensa caer en la provocación de la mujer.
—Continúa, Rosie, más duro le das con ser la mejor —susurra Violet.
Rosie llega a la oficina de su jefa Scarlett; quiere disculparse con ella. Después de todo, es su jefa y le debe respeto. Toca la puerta dos veces y la jefa le da permiso de ingresar.
—Buenos días, jefa —ingresa y cierra la puerta.
—Rosie, estaba esperando que llegaras.
—Sí, mucho tráfico, pero aquí estoy. Dispuesta a empezar el día con pie derecho. ¿Qué me tienes para hoy? —pregunta, y Scarlett le extiende un sobre.
—¿Qué es esto? —dijo al tomarlo entre sus manos—. ¿Nuevo cliente?
—Quiero que lo leas, Rosie —pide su jefa, y para Rosie eso es un mal presentimiento.
Cuando Harper abre el sobre, por poco se le cae la mandíbula.
—¿¡Me estás echando!?
—Rosie… baja la voz.
—¿Es por lo de ayer? Venía a disculparme contigo. No puedes hacerme esto, llevo años trabajando en esta empresa, mi duro trabajo formó parte de su éxito. ¿Así me pagas?
—No fue mi decisión, Rosie. La orden viene de arriba. Debes entender que renunciar a ser la casamentera de alguien importante cierra puertas. Debías ser más fuerte y soportar al señor Livingston.
—¡Es increíble que me digas eso! —Harper la mira con decepción—. ¿Y mis años de trabajo qué? ¿Acaso eso no cuenta y se fijan solamente en que rechacé a un hombre despiadado como él?
—Rosie, calma, respira —Scarlett intenta calmarla.
Rosie tiene un problema: cuando colapsa, cuando pierde el control, le cuesta respirar. Su pecho se inflama creando dificultad.
—Eres mi amiga…
—¡No pareciera!
—¡Intenté hacer que el jefe cambiara de opinión! Eres una excelente casamentera y un buen ser humano, pero eso no es suficiente cuando el poder está de por medio.
—No puede estarme pasando esto…
Harper tuvo que tomar asiento y Scarlett, al verla pálida, le ofrece un vaso de agua, el cual Rosie recibió y bebió en un sorbo. Se intenta calmar, pero no puede.
—Este es tu cheque… aunque eso no ayudará por todas las cosas que estás pasando, amiga —Rosie cierra los ojos por segundos—. Pero… —Scarlett hace resonar su garganta—. Si te casas con Livingston, todos tus problemas se acabarán.
Harper miró con decepción a Scarlett. Se puso de pie, dejó el vaso de cristal sobre el escritorio y luego dobló su cheque.
—Rosie… —Scarlett intentó convencerla, pero prefirió callar al verla marcharse—. Dios… —susurró y sintió pesar por Harper. Son muy buenas amigas, pero deben separar lo laboral de la amistad.
Rosie llega a la sala principal. Todas las chicas están reunidas; en cuanto la vieron, se dispersaron. Claramente estaban hablando de ella.
—¿Te vas tan rápido, Harper? —pregunta Violet con burla—. La corona te duró muy poco —sonríe—. Ahora la reina casamentera soy yo.
—Es la única forma de que lo seas, Violet, porque del resto no me llegas a los talones. Hasta te metiste en las sábanas del jefe CEO todo para trabajar aquí. Das lástima.
Cuando Harper dice eso, las excompañeras empezaron a murmurar y Violet sintió enojo, tanto que empuñó sus manos.
Cuando sale de la empresa siente que una parte de ella queda ahí. Ser casamentera le enseñó muchas cosas de la vida de la alta sociedad. Aprendió a conocer más a los hombres y fue su único refugio en medio de sus días grises. Y gris se puso el cielo porque va a caer un aguacero.
—Lo que faltaba —Rosie miró hacia el cielo y una gota de agua cayó en la punta de su nariz. Sintió algo de molestia y se limpió.
Cuando fija su mirada en su pequeño auto bolita color rojo, abre los ojos como platos.
—¡No! ¡No! ¡Alto! —gritó corriendo hacia el auto que la grúa está a punto de llevar—. ¡No se pueden llevar a mi bolita!
Llegó agitada.
—Este auto no se terminó de pagar y encima tienes multas. Es usted irresponsable.
—No, señor, por favor, yo voy a pagar, no se lo lleve.
—Demasiado tarde.
El hombre sube a la grúa; no le importaron las súplicas ni las excusas de Harper y se marchó.
—¡Noooo! No, por favor…
Ella llevó su mano derecha al pecho. Era un pésimo día y eso que supuestamente se levantó con el pie derecho. Y para rematar, empezó a llover duro y ella no tenía ni un dólar para irse a casa. Ni modo de ir al banco a reclamar lo del cheque porque le quedaba más lejos.
Tuvo que irse caminando a casa sin darse cuenta de que la estaban siguiendo. Las lágrimas de Harper se mezclan con el agua de la lluvia y llegó superempapada al edificio donde vive. No tenía ni alientos de subir las escaleras, pero su necesidad por llegar a casa y estar a solas era mayor.
Sin embargo, cuando llega, encuentra un aviso en la puerta donde está la información de que ella no puede ingresar.
—¡No, por favor! —dijo desesperada y busca las llaves en su bolso mojado.
Al encontrarlas, se dispone a abrir, pero le han cambiado la cerradura a la puerta.
—¡Abre, maldición! —exclamó forzando la cerradura—. ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué mal hice en esta vida para merecer esto?
Posa la frente en la puerta, allí cierra los ojos.
—Mi ropa… mi cama… siento que no puedo más —dijo y se le salen las lágrimas—. Mi vida se ha convertido en un infierno.
—Así es, señorita Harper.
Cuando escucha esa voz, su corazón se paralizó por segundos.