Capítulo 3: La mansión vacía

1321 Words
A medida que el tiempo iba pasando la soledad de Maximiliano se iba aumentando poco a poco todas aquellas personas que le visitaban fueron haciéndolo con menos frecuencia, él se había encargado de que todos sus seres queridos se alejaran de él debido a la manera tan déspota con que los trataba. —Señor, tengo que presentarle mi renuncia, considero que mis servicios ya no son requeridos para usted. —Una más que se va, no creas que me harás falta. Lárgate, no te necesito. Justamente en aquel momento iba llegando su hermana Sofía, la cual escuchó todo lo que él me estaba diciendo a su empleada doméstica. —Esperanza te pido por favor que lo pienses Max te necesita mucho en estos momentos. —Señora, realmente le pido una disculpa, pero yo ya no puedo seguir trabajando para su hermano. —Solo eso faltaba de que ahora le ruegues a los empleados, no entiendo qué haces aquí Sofía, así como no la necesito a ella, tampoco te necesito a ti a mi lado —le dijo con un tono entre burlesco y retador a su hermana. —Con su permiso, señora, yo me retiro —le dijo esperanza a Sofía mientras salía de la habitación. —Maximiliano no lo puedo creer, cada día estás peor, si sigues de esta manera vas a quedar solo en esta gran casa sin nadie que te atienda y se encargue de apoyarte. —Aunque no lo creas hermana, yo no necesito de nadie para valerme, yo puedo hacer mis cosas por mí mismo y si se quieren ir todos que se vayan —dijo en un tono molesto. Luego de la discusión con su hermano Sofía, también se retiró de la mansión, cuando por fin se encontraba solo Maximiliano comenzó a recorrer aquel gran lugar, el cual era un reflejo directo de la persona en la que él mismo se estaba convirtiendo. La mansión de Maximiliano era un monumento al esplendor del pasado. Era una de las residenciales más exclusivas de aquel lugar. Ubicada en lo alto de una colina, rodeada de hermosos jardines que alguna vez estuvieron llenos de vida, ahora parecía un mausoleo, un testimonio sombrío de una gloria perdida. Las paredes, decoradas con obras de arte invaluables, no podían ocultar el vacío que se sentía en cada rincón. Cada pieza de mobiliario, cada lámpara de cristal, cada alfombra tejida a mano, parecía cargar con el peso de lo que ya no era. Aquella mansión, que era lo que él siempre había soñado, ahora se había convertido por decisión de él mismo en su prisión. Maximiliano, atrapado en su silla de ruedas, recorría los pasillos interminables. El eco de las ruedas sobre el mármol resonaba como un recordatorio constante de su soledad. Cada rincón de la casa le traía recuerdos, fragmentos de un pasado en el que todo parecía estar bajo su control. La biblioteca, con sus estanterías de madera oscura y libros encuadernados en cuero, le recordaba las noches que pasaba planeando su próximo movimiento en el mundo de los negocios. El salón principal, con su inmensa chimenea y su piano de cola, evocaba las reuniones donde era el centro de atención, el hombre que todos querían ser. Ahora, esas mismas habitaciones le parecían ajenas. Las risas que una vez llenaron el aire habían desaparecido, reemplazadas por un silencio abrumador. Las conversaciones animadas, los brindis con champán, el sonido de la música flotando en el ambiente... todo se había desvanecido. Las fiestas que alguna vez transformaron la mansión en un lugar vibrante ahora eran solo recuerdos dolorosos. Después de su accidente, Maximiliano se encerró en su mansión, aquel bello lugar que en no hace mucho tiempo fue el centro de muchas fiestas, donde se reunían celebridades y empresarios importantes, hoy en día era un lugar oscuro y solitario. En sus momentos, de nostalgia, Maximiliano solía detenerse frente a los grandes ventanales del salón. Desde allí, podía ver los jardines descuidados y la fuente que había dejado de funcionar. El agua, que alguna vez fluía con gracia, ahora era solo un estanque estancado, cubierto de hojas muertas. Era un reflejo de su propia vida: algo que una vez tuvo movimiento y propósito, ahora detenido, sin dirección. En su habitación, que había sido un refugio de lujo y confort, ahora apenas encontraba descanso. La cama enorme parecía un espacio vacío demasiado grande para un hombre que se sentía tan pequeño. En las noches más oscuras, se quedaba despierto mirando el techo, escuchando los sonidos de la casa: el crujir de la madera, el gemido distante del viento, colándose por alguna ventana mal cerrada. Cada sonido parecía intensificar su sensación de aislamiento. A veces, abría las puertas de la sala de juegos, un espacio que alguna vez estuvo lleno de vida y energía. Las mesas de billar, el bar con sus botellas alineadas, las sillas de cuero... todo estaba intacto, pero desprovisto de la esencia que lo hacía especial. Maximiliano se imaginaba a sí mismo allí, rodeado de amigos, riendo y compartiendo historias. Pero la imagen se desvanecía rápidamente, dejando solo un vacío. Los empleados, que alguna vez llenaron la casa con su actividad constante, también habían desaparecido. Solo quedaban un par de ellos, encargados de las tareas más básicas, y aunque se esforzaban por ser amables, sus interacciones con Maximiliano eran breves y formales. No había calidez, no había conexión. Él lo prefería así; no quería que nadie viera su estado, su caída. Detestaba que las persona le tuvieran lástima, desde el momento que regreso a su casa, en cada una de esas personas es lo único que él venía, como sentían lástima por él. Eso es algo que le desagradaba en gran manera. Cada día que pasaba en la mansión parecía una eternidad. Los recuerdos lo acosaban, y la soledad lo envolvía como una niebla que no podía disipar. Intentaba encontrar algo en qué ocupar su mente, pero todo parecía carecer de sentido. Los libros que una vez le fascinaban ahora le parecían vacíos, los espacios que antes le traían paz ahora solo lo angustiaban. Maximiliano sabía que la mansión era un reflejo de su propia existencia. Había sido construida para impresionar, para mostrar al mundo su éxito, su poder. Pero ahora, igual que él, era un cascarón vacío, lleno de cicatrices invisibles, cargado de una tristeza que no podía ocultar. Y aunque estaba rodeado de lujo, no había nada en esa casa que pudiera llenar el vacío que sentía en su interior. Ese vació que estaba convencido, jamás podría llenar. Un vacío que le corrompe el alma. En las pocas ocasiones en que alguien lo visitaba, la mansión parecía resistirse a la presencia de extraños. Las luces parecían menos brillantes, las habitaciones más frías. Los visitantes hablaban en susurros, como si temieran perturbar el espíritu del lugar. Maximiliano los escuchaba, pero no les respondía. Sabía que no estaban allí por él, sino por obligación, por la culpa que sentían al verlo reducido a lo que era ahora. Una noche, mientras recorría el pasillo principal, se detuvo frente a un gran retrato de sí mismo. Había sido pintado en sus años de gloria, cuando su confianza era tan imponente como su presencia. En el cuadro, se veía erguido, con una leve sonrisa en los labios, sus ojos brillando con determinación. Pero ahora, al mirarse, no podía reconocerse. "¿Quién soy yo?", pensó, mientras una lágrima solitaria recorría su rostro. La mansión vacía era más que un lugar. Era una prisión, un espejo cruel de lo que se había convertido su vida. Y aunque Maximiliano sabía que tenía los medios para abandonar ese lugar, algo lo retenía allí. Tal vez era la culpa, tal vez el miedo, o tal vez simplemente no sabía cómo empezar de nuevo. Pero en el fondo, una pequeña chispa de esperanza seguía encendida, una que él mismo no reconocía aún. Quizás, solo quizás, no todo estaba perdido.
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