─¡¿qué diablos fue todo eso?! ─pregunta al levantarse de un brinco de la cama.
─Despacio. ─lo detiene su asistente. ─tómelo con calma, el impacto fue fuerte. ─dice frenando su prisa por levantarse.
─Lo sé. ─frunce el ceño con algo de dolor. ─pero admito que tu idea del chaleco antibalas fue muy buena. ─dice apartando las manos de su asistente de manera abrupta, y levantándose molesto. ─!¿en qué diablos pensaba esa mujer?! ─se toca el cuerpo ahogando gemidos de dolor.
─Señor... ─toma las cosas del suelo.
─¡teníamos un trato!, ¡¡quedé como un maldito idiota!! ─lanza su corbata al suelo.
─Señor...
─¡¡¿qué?!! ─grita con fuerza levantando su mano hecha puño.
─El detective llamó, dijo que era urgente hablar con usted. ─dice sin titubear.
─dile que venga. ─carraspea retomando su compostura.
─Está en su oficina. Le pedía a Beatriz que le sirviera unos bocadillos en lo que espera. ─le entrega un nuevo traje.
─Estaré con él en unos minutos. ─dice dándole la espalda.
─Si señor. ─dice cortante, pero formal.
─Charles... ─se detiene al girar. ─¿Me quitaste la ropa?
─Seguí sus instrucciones a la perfección. Señor. ─negó con la cabeza.
─Bien. ─dice y este se retira.
No podría saber que tan grave o cuan golpeado se vería su cuerpo, ya no se atreve a verlo, pero no duele tanto como sospechar de una fractura, así que le resta importancia y se cambia de ropa.
─Señor Argento. ─se levanta en cuanto esté abre la puerta. ─Lamento las condiciones en las que no volvemos a ver. ─tiende su mano.
─Dígame, qué es lo que sabe. ─pregunta sentándose frente a él después de estrechar su mano.
─La persona que le disparó y fue captada por las cámaras... ─le entrega una carpeta negra con expedientes y fotos. ─usted ya la conoce. ─saca algo de su bolsillo y lo mantiene en su mano. ─es la persona que también fue responsable del accidente de hace cuatro años. Y esto es lo que encontramos aún en el arma. ─le entrega una pequeña bolsa con una bala. ─Es una bala con su nombre escrita en ella. ─niega consternado.
─Nadie me avisó que había salido del centro psiquiátrico. ─dice indignado al ver la bala, ya que acaba de leer la declaración, y ahora sabe que pudo haberlo matado.
─Señor. ─Dice Charles dando una paso adelante al recibir un mensaje. Este asiente y él se acerca. ─despertó. ─susurra con discreción.
─¿Es todo? ─pregunta Edward entregando la evidencia.
─Por ahora. ─lo ve extrañado.
─Gracias por venir. ─deja la carpeta y sale con Charles. ─¿qué es lo que sabes? ─le pregunta a Charles cuando están lo suficientemente lejos de la oficina.
─La señorita Torres está fuera de peligro, y ha despertado. ─responde caminando junto a él.
─La demanda continuará, y no se hablará más del tema. ─dice avergonzado regresando a su habitación.
─Entiendo su furia, pero debe haber alguna razón. ─insiste. ─¿no cree?
─¿y crees que quiero saberlas? ─se gira a él. ─Un trato es un trato y no se debe romper.
─La palabra de un hombre es una promesa...
─y la de una mujer, un mantra. Eso decía mi madre. ─interrumpe al detenerse.
─Su madre era muy sabia. ─asiente con nostalgia.
─Lo era. ─asiente, lo piensa por un par de minutos, pero al final cede. ─Prepara el auto, vamos a salir.
─Si señor. ─masculló, se ve una ligera sonrisa en él mientras camina.
En el hospital.
─¿qué haces aquí? ─pregunta confundida, con el ceño fruncido.
─Fui enviado para saber su bienestar, y comunicar a mi hermana y su amiga. ─dice sin moverse de lugar en el que está. (cerca de la puerta)
─No me extraña. ─dice dejando morir sus esperanzas y alegría.
─Mi hermana y su amiga, estaban seriamente consternadas por lo sucedido, y fue imperativo que tuviera alguna cara conocida al despertar. Después de todo, más vale malo conocido, que malo por conocer.
─¿estuve inconsciente, o en coma? ─pregunta preocupada por el tiempo que no estuvo en contacto con sus hijos.
─No. ─responde en seco, e inmediatamente carraspea. ─Pero conseguí un vuelo directo y eso lo hizo todo más fácil. ─responde con algo de nerviosismo.
─¿Y...?
─¿y que?...
Ahí estaba de nuevo, ese silencio incómodo entre ellos.
─¿Dónde está él?, ¿está bien? ─pregunta recordando al infeliz que pensaba llevarla al infierno, pero Fernando se limita a ver como ella se preocupa más por él que por ella misma, con ligera decepción.
─Señorita Torres, nos complace verla mejor. ─se acerca el enfermero con una sonrisa para hacerle unos exámenes.
─¿Dónde está el? ─pregunta nuevamente.
─No sabría qué decir... ─niega con la cabeza el enfermero.
─El hombre que fue disparado en el mismo evento en el que estuvo la señorita. ─dice Fernando soltando un suspiro de decepción.
─¿él está bien? ─insiste Ángel tras la explicación de Fernando.
─Tras el atentado se rumoreó que hubieron más heridos, pero usted es la única que llegó. ─aclara el enfermero.
─¿Ella, cómo está?, ¿va a estar bien? ─pregunta viéndola moverse con cierto dolor.
─Afortunadamente para la señorita Torres. ─añade el médico a cargo, con una gran sonrisa. ─las balas dieron en tejido blando. Tanto la de su brazo, como la de su pecho, pese a estar muy cerca de su corazón no lo tocó. Definitivamente fue muy afortunada, pero aún debe mantener reposo y estar tranquila. No nos vamos a arriesgar. ─musita con una sonrisa amable y formal.
─¿Los gastos del hospital... ─le pregunta antes de que el enfermero se vaya.
─Sobre ese tema desconozco, debe acercarse al departamento de cobro. ─asiente, una vez más con una sonrisa. ─volveremos en un par de minutos para ver como sigue. ─dice dejándola a solas con Fernando.
─No debe preocuparse por nada, si hace falta yo puedo encargarme. ─dice para su tranquilidad, pero lo dice con tal frialdad que se ve incómodo.
─No quiero más deudas, ya no puedo. ─niega con la cabeza. ─Esto es vergonzoso, no se supone que fuese así, ahora en lugar de regresar a casa con el éxito de libro, y ahora... mi madre tendrá mucho que decir de mi, por años... ─se lamenta.
─No piense de esa manera, las cosas no pueden ser tan malas. ─muestra un ápice de empatía.
─¿por qué está aquí? ─pregunta cayendo en cuenta por primera vez, que Fernando atravesó el mundo de un lado al otro para estar con ella. ─Ni siquiera fui amable la última vez que lo vi. Después de que dijera que...
─Solo me interesa su amistad y usted se enojó conmigo. ─resalta.
Fernando la observa por un par de segundos, deja salir un gran suspiro, carraspea un par de veces, toma una silla y la acerca a la cama, se sienta, cruza las piernas y se acomoda lo mejor que puede.
─Quiere una respuesta más extensa, ¿no es así?... Bueno, la respuesta simple es... que su amiga le pidió la ayuda a mi hermana, ella a mis padres y ellos me mandaron a mi. ─espeta.
─Sabrina, le dijo si mi hijo...
─Según me informó mi hermana, su amiga cuidará del pequeño. ─dice algo incómodo.
─Debo salir. ─dice intentando levantarse. ─necesito irme cuanto antes de aquí...
─¿Que cree que hace? ─pregunta molesto intentando hacer que regrese a la cama.
─No puedo estar en este lugar, cada minuto aquí me cobran una fortuna y es dinero que no tengo. ─se levanta pese a lo mucho que le duele.
─¡Detente! ─la toma por la cintura manteniéndola inmóvil. ─Se va a lastimar. ─balbucea tragando saliva, evadiendo su mirada.
─Ayúdame a salir de aquí, es todo lo que quiero. ─insiste forcejeando con él.
─¿porqué es tan necia? ─se gira molesto a ella, quedando a solo milímetros de su rostro.
Dicen por ahí que los ojos son las ventanas al alma, no se que podrían ver en los míos, pero sus ojos apuntando a mis labios, realmente me ponen muy nerviosa, ¡que ridícula!, a mi edad no debería ponerme nerviosa, no soy una chiquilla, soy una mujer madura e independiente, ¿que diablos pasa conmigo?
─¿qué es lo que quieres? ─balbuceó nerviosa.
─Su... ─deja escapar un suspiro. ─amistad. ─baja la mirada soltando despacio.
¡¡Soy una estúpida!! ─grita y se abofetea internamente, mientras intenta alejarse de Fernando.
Tocan la puerta y Ángel retrocede cayendo sobre la cama de manera aparatosa, soltando un gemido de dolor, mientras se sostiene el pecho.
─Lo siento... ─se apresura a intentar aliviar su dolor, pero Ángel levanta su mano y voltea su mirada a la puerta. Su impacto es bastante evidente al ver a Charles, el asistente de Edward en la puerta.
─Buen día, señorita Torres, me complace verla mejor. ─dice ignorando por completo Fernando, quien solamente se cruza de brazos, sin decir nada, aunque en su cabeza las miles de preguntas lo invaden.
─¿Cómo está el señor Argento? ─pregunta Ángel con notorio asombro. ─¿está bien? ─insiste casi como una súplica.
─El señor Argento...
La puerta se abre, y ahí está él, de pie, mirando directamente Ángel, pese a que no se puede ver sus ojos, el reflejo de sus lentes tienen a Ángel en ellos.