La puerta se abrió apenas unos segundos después de que Shanon terminara su llamada. En el umbral apareció un hombre vestido con un traje n***o impecable, claramente parte del personal de seguridad.
—Señor, las dos habitaciones que solicitó están listas. —el hombre hizo una leve inclinación de cabeza.
—Perfecto. —respondió Shanon con serenidad.
El hombre se retiró sin añadir nada más.
¿Habitaciones? pensé, confundida.
Shanon cerró la puerta y se volvió hacia mí. Su expresión era suave, pero había algo firme en sus ojos, algo protector que me estremeció.
—Mandé a preparar dos habitaciones —explicó mientras se acercaba—. En una de ellas te alojarás tú, para que puedas darte un baño caliente y descansar.
Abrí los ojos con sorpresa. ¿Él había reservado una habitación para mí? En un hotel así…
—Señor Shanon… yo… no puedo aceptar esto. —murmuré, avergonzada—. Y menos aún permitir que pague una habitación para mí en un lugar tan costoso.
Él soltó un leve suspiro, casi frustrado.
—No es gran cosa, Mariana. Solo acepta.
Negué con firmeza, sintiéndome incómoda con la idea de que gastara tanto dinero por mí.
Él inclinó ligeramente la cabeza, exasperado, y terminó por confesar:
—Mariana, no he pagado nada por la estancia.
Parpadeé, confundida.
—¿Cómo que no pagó nada…?
Shanon sonrió, esa sonrisa segura y tranquila que me desarmaba cada vez más.
—Este hotel es mío, Mariana. —dijo, extendiéndome la mano.
Mis labios se entreabrieron. Por un momento no pude ni reaccionar.
Él mantuvo la mano extendida, paciente.
—Vamos. Debes descansar. —Su voz era tan suave que me hizo temblar.
Mi corazón se aceleró sin piedad. Tomé su mano… y él dio un paso más.
Me levantó del suelo en un movimiento firme y elegante, cargándome entre sus brazos con una facilidad desconcertante.
—¿Q-qué hace, señor Shanon? —balbuceé, sintiendo mis mejillas arder.
Pero él no respondió. No necesitaba hacerlo. Simplemente me sostuvo con fuerza, con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.
Aún envuelta en las sábanas y empapada, me llevé ambas manos al pecho, tratando de contener el torbellino de emociones mientras él caminaba por el pasillo con paso decidido.
Entramos al ascensor. No me bajó. Conmigo aún en brazos, presionó los botones con una habilidad tranquila, casi elegante. Las puertas se cerraron, dejándonos solos en ese espacio reducido donde su calor se mezclaba con el mío.
—Señor Shanon… por favor, puede bajarme. No es necesario… —susurré, incapaz de mirarlo a los ojos.
Él se volvió ligeramente hacia mí.
Y no hizo nada.
Ni me bajó. Ni respondió. Solo me sostuvo. Solo permaneció así ahí, empapado, respirando agitado aún por el rescate, pero firme.
El ascensor se abrió en el piso diecisiete.
Shanon salió conmigo en brazos como si fuera la cosa más natural del mundo, avanzó por un pasillo alfombrado y se detuvo frente a una puerta donde esperaba una mujer de mediana edad.
—Señor, esta es una de las habitaciones que pidió. —informó mientras deslizaba la tarjeta por la ranura.
Un clic sutil indicó que estaba abierta. Ella abrió la puerta y dio un paso atrás, permitiéndonos entrar. Shanon cruzó el umbral conmigo aún entre sus brazos. La mujer se retiró y la puerta se cerró, dejándonos solos en el silencio cálido de la habitación.
La estancia era amplia, elegante, con grandes ventanales que dejaban ver la ciudad iluminada. Todo brillaba, todo era perfecto. Demasiado perfecto para mí.
Shanon me depositó en el suelo con una delicadeza que me erizó la piel.
—Esta será tu habitación —dijo con una voz calma y cálida—. Toma un baño caliente. Necesitas relajarte.
Lo miré. Y de pronto, sin saber cómo ni por qué…
Me quebré.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin permiso. Al principio unas pocas, luego un torrente inevitable.
Shanon frunció el ceño con un gesto casi dolido, y en un segundo me abrazó. Sus brazos fuertes me envolvieron con una calidez a pesar de la humedad de ambos que me hizo temblar.
—Mariana… si necesitas llorar, hazlo. —susurró contra mi cabello.
Me aferré a él, como si fuera el único lugar seguro que tenía.
Lloré por la vergüenza de las palabras de Sandi. Por el miedo de casi ahogarme. Por todo lo que me había guardado durante tanto tiempo. Por lo que era cierto… y por lo que aún dolía admitir.
Shanon deslizó una mano por mi mejilla y secó mis lágrimas con una ternura que jamás imaginé en él.
—Ese imbécil no merece ni un segundo de tu llanto —susurró—. Nada de lo que haya dicho cambia la imagen que tengo de ti. Eres una mujer admirable… y una trabajadora impecable.
Su voz fue como un bálsamo, un abrazo al alma herida. Mi llanto se fue apagando lentamente, como si cada palabra suya borrara parte de la vergüenza que cargaba.
Asentí, con el pecho aún temblando.
—Toma tu baño… y relájate. —dijo con una sonrisa suave.
Me devolvió la sonrisa sin poder evitarlo.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, lo llamé.
—Señor Shanon… gracias por todo. Y… lo siento. Arruiné la velada. Se mojó al rescatarme y yo…
Él se volvió hacia mí y negó con la cabeza, una expresión cálida en su rostro.
—Tranquila. La noche aún es joven. Me incorporaré más tarde. —dijo con una leve sonrisa.
Sentí un pinchazo de tristeza en el pecho. Yo también quería ir… pero mi ropa, mi aspecto…
Shanon pareció leerlo en mi cara.
—¿Deseas ir? —preguntó con voz suave.
—Yo… —bajé la mirada—. Mi ropa está arruinada. Y mi aspecto igual.
—Eso no es un inconveniente. —insistió con firmeza—. Solo dime si quieres ir.
Asentí, aunque la vergüenza me golpeó de nuevo.
Él sacó su teléfono y realizó varias llamadas rápidas. Luego me miró, con una de esas sonrisas capaces de romper corazones.
—Disfruta tu baño. En media hora vendrá personal especializado para prepararte para la fiesta. —dijo—. Te estaré esperando allí.
Y se fue, cerrando la puerta con suavidad…
dejándome con el corazón latiendo como si quisiera escapar de mi pecho.
🌙
El baño de la habitación era tan grande que me dejó sin aliento. Tenía una ducha transparente, una bañera profunda y hasta un jacuzzi que desprendía un aroma suave a eucalipto. Era evidente que aquella suite pertenecía a la categoría más lujosa del hotel… del hotel de Shanon. Aún me costaba creerlo.
Decidí no pensar demasiado. Me sumergí en la bañera de burbujas y dejé que el agua tibia y la espuma perfumada me envolvieran. Cerré los ojos. Por primera vez en horas, mi cuerpo se sintió ligero, como si la vergüenza, el miedo y la tensión se diluyeran junto con el vapor.
Al cabo de un rato salí, rodeada por la cálida bata de baño que encontré colgada cerca del tocador. Comencé a secarme el cabello con una toalla cuando escuché golpes suaves en la puerta.
—¿Quién será ahora…? —susurré.
Abrí apenas un poco y un grupo de mujeres apareció alineado en el pasillo, todas muy elegantes.
—Buenas noches, señorita Mariana —saludó una de ellas con una sonrisa profesional—. Mi nombre es Sabina Bars. Somos el personal que el señor Shanon contrató para prepararla para la fiesta de esta noche.
Sabina irradiaba estilo. Su forma de caminar, de sujetar la carpeta que traía bajo el brazo, de mirarme… todo gritaba soy estilista y sé exactamente lo que hago.
Las dejé entrar. Cada una llevaba maletas enormes, y cuando las abrieron, el cuarto se llenó de telas suaves, colores vibrantes y accesorios brillantes. Sabina me observó en silencio durante unos segundos, como si ya estuviera imaginando el resultado final.
—Chicas, el vestido azul claro —ordenó, extendiendo la mano.
Una de las asistentes sacó un vestido precioso y se lo entregó. Sabina lo sostuvo frente a mi cuerpo, evaluando cada detalle.
—Perfecto. Lo supe desde que te vi —dijo finalmente, alzando la mirada para dedicarme una sonrisa aprobatoria.
Cuando me lo puse, sentí que el aire se quedaba atrapado en mi pecho. Era hermoso. Un azul cielo suave, delicado, que parecía iluminar mi piel. El vestido se ceñía a mis curvas sin exageración, resaltándolas de manera elegante. Llegaba a medio muslo y el escote en forma de corazón hacía que mi clavícula se viera fina, femenina.
—Espléndida —murmuró Sabina—. Una obra maestra.
Pidió zapatos número ocho, tacón fino, color n***o. Otra asistente abrió un maletín lleno de zapatos como si fuera un cofre de tesoros y encontró el par indicado. Me ayudaron a colocarlos, y al ponerme de pie sentí que el conjunto cobraba sentido.
Luego Sabina tomó un bolso n***o pequeño y elegante.
—Combinará a la perfección —dijo, antes de abrir una caja cuadrada que sostenía como si fuera algo sagrado.
Dentro había un collar y unos aretes con piedras azules tan puras como el color de mi vestido. Mi corazón dio un pequeño salto.
—Son hermosos…
—Y tuyos esta noche —me guiñó un ojo antes de colocármelos con precisión.
Después vino la parte que más temía… y más esperaba.
—Ahora, vamos a lo mejor: el peinado y el maquillaje —anunció Sabina.
Me sentaron frente a un espejo mientras varias de ellas me rodeaban como un equipo profesional de televisión.
—Relájate, disfruta. Cuando terminemos, ni tú misma vas a reconocer el resultado —me aseguró Sabina.
Mis rizos, que normalmente parecían tener vida propia, fueron recogidos en un moño elegante que dejaba algunos mechones sueltos estratégicamente. Luego decoraron el peinado con pequeñas piezas que combinaban con el collar.
El maquillaje fue tan delicado que apenas sentí las brochas. Casi me quedé dormida con lo suave que era todo… un lujo que nunca imaginé vivir.
Cuando Sabina me pidió abrir los ojos, lo hice.
Y el espejo… el espejo me mostró a una mujer que no sabía que podía ser.
Bella. Segura. Elegante.
Y lo más extraño… con un aire que, sin quererlo, parecía encajar perfectamente en el mundo de Shanon.
—Señorita Mariana —dijo Sabina con voz orgullosa, cruzándose de brazos—, es hora de brillar. Que todos en esa fiesta contemplen mi obra maestra.
Me quedé sin palabras.
Porque por primera vez en mucho tiempo… me sentí especial.