Capítulo 14

1552 Words
Los días pasaron rápidos, y antes de darme cuenta llegó el viernes. Aquella mañana la empresa estaba prácticamente paralizada por los preparativos de la fiesta conmemorativa. Tal como había mencionado mi jefe, sería en el hotel Noche Azul, uno de los más lujosos de toda la ciudad. Cinco estrellas. Solo entrar allí costaba más que mi renta mensual. Era evidente que la empresa Gransie nadaba en millones… para arrendar un día completo de ese lugar había que tenerlos. Me arreglé con el mismo cuidado que si fuera a una cita. Elegí un vestido azul profundo que abrazaba mis curvas sin vulgaridad, ceñido en la cintura y deteniéndose a mitad de mis muslos. Los tirantes finos cruzaban mis hombros con delicadeza. Me dejé el cabello suelto, mis rizos cayendo con naturalidad, y recogí unos mechones con una pequeña hebilla del mismo tono del vestido. Un perfume suave, un último vistazo al espejo… y salí. Tomé un taxi. El recorrido fue breve, pero al bajar del auto tuve que tomar aire. El hotel era simplemente majestuoso: una estructura de vidrio y metal que parecía capturar la luz de la ciudad dentro de sí, como si fuera un joyero gigante. Entré y busqué indicaciones. Me dijeron que la fiesta sería en el salón de la terraza. Caminé hacia allí. Al salir, me recibió una piscina iluminada desde el fondo, donde brillaban enormes flores de loto dibujadas en las losas. El agua reflejaba tonos azules y violetas que parecían moverse al ritmo de la música que ya se escuchaba a lo lejos. El lugar estaba desierto, al menos por esa zona. Me dirigí hacia el salón del fondo, cuando una voz que conocía demasiado bien cortó mi paso. —Mariana… Me giré, abriendo los ojos con incredulidad. —Sandi… —mi voz salió apenas. Él caminó hacia mí con pasos rápidos, urgentes. —Te escribí y no contestaste —reclamó—. Me bloqueaste. Y cambiaste de número. —No tengo por qué hablar contigo —respondí, sintiendo cómo se tensaba mi espalda—. Ya no tenemos nada. Su rostro se endureció. —Eres una maldita desgracia —escupió, con ese tono cruel que tantas veces me había lastimado—. Estuve contigo a pesar de tus tontos romanticismos y tu defecto en la cama. Sentí un filo directo en el pecho. Apreté los labios. Tanto había luchado por escapar de esas palabras que siempre usó para romperme. Había corrido, cambiado números, evitado lugares… pero aun así me encontró. Mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas, odié que aún pudiera hacerme daño. —Así que te aconsejo que volvamos —continuó, con una sonrisa de superioridad helada—. Ningún hombre quiere a una mujer que ni siquiera siente con ellos. Levanté la mirada, llena de rabia y dolor. —Jamás volveré contigo —le grité—. Las humillaciones que tuve que aguantar a tu lado… no las volveré a vivir nunca más. Su rostro se torció en ira. —Perra desagradecida —gruñó, y levantó la mano para golpearme. Cerré los ojos, instintivamente. Pero el golpe no llegó. Cuando los abrí, quedé paralizada. Una mano firme había detenido la suya en el aire. La mano de Shanon. —¿Cómo te atreves a levantarle la mano a una mujer? —rugió mi jefe—. Eres un desgraciado. Mis lágrimas escaparon sin que pudiera detenerlas. —Señor Shanon… —susurré, limpiándome la cara, con el corazón latiéndome en la garganta. Él me miró unos segundos, como revisando cada gesto, cada emoción en mi rostro… y de pronto su expresión se volvió una sombra. Agarró a Sandi del brazo y lo empujó. Mi ex cayó al suelo. —¿Quién diablos eres tú para meterte? —bufó Sandi, levantándose torpemente. Shanon dio un paso adelante, completamente erguido, su presencia imponiendo más que cualquier palabra. —Soy el jefe de Mariana —dijo, su voz profunda como un juicio—. Y jamás me quedaría mirando mientras un cobarde intenta golpear a una mujer. Sandi lo miró con desdén, luego volvió sus ojos hacia mí. —Ah, ya veo. Te revuelcas como una puta con este tipo —soltó con una risa rota—. Seguro no le dijiste que finges sentir… No terminó. El puño de Shanon impactó directo en su rostro. Sandi apenas tuvo tiempo de tocarse el labio ensangrentado cuando otro golpe lo derribó. Shanon lo agarró por las solapas de la camisa y lo levantó del suelo con una facilidad que me heló la sangre. Como si no pesara nada. —No quiero verte cerca de ella nunca más —gruñó. —¿Y por qué habría de obedecerte? —escupió Sandi, intentando desafiarlo aunque su voz temblaba. La mirada de Shanon se volvió oscura, peligrosa. Tanto que di un paso hacia atrás. Su sonrisa ladeada terminó de congelarme. —Porque soy el dueño de Gransie —dijo con calma mortal—. Y tengo suficiente poder e influencia como para borrar tu vida social… y laboral. En cualquier parte. ¿Qué te parece? Un destello dorado cruzó sus ojos. Lo vi. Estoy segura de que lo vi. Sandi palideció. —No… no la molestaré más. Se lo juro —balbuceó. Shanon lo soltó, dejándolo caer como un saco viejo. Luego sacó un pañuelo y se limpió las manos, con un gesto casi elegante, como si hubiera tocado basura. Sandi salió corriendo. El silencio que quedó atrás fue casi palpable. Mi pecho se movía rápido, demasiado rápido. Mis manos temblaban. Mi jefe… me había defendido con una rabia que no había visto nunca. Y aún estaba frente a mí, respirando agitado, mirándome como si estuviera a punto de decirme algo que cambiaría todo. La expresión feroz de Shanon se suavizó en cuanto posó los ojos en mí. Su mirada, que segundos antes ardía en furia, ahora era pura preocupación. —¿Estás bien, Mariana? —preguntó con una voz tan suave como antes le había escuchado. Dio un paso hacia mí, despacio, como si temiera asustarme. Intenté responder, aunque la voz me temblaba. —Sí, señor Shan… No terminé la frase. Al retroceder un paso para estabilizarme, el tacón resbaló contra el borde mojado de la piscina. Sentí el vacío bajo mis pies y apenas tuve tiempo de abrir los ojos con horror cuando caí hacia atrás. El agua me envolvió como una masa helada. El pánico me paralizó de inmediato. No sabía nadar. Me hundí rápido, los sonidos se apagaron y todo se volvió una mezcla de azul y miedo. Mi corazón golpeaba descontrolado mientras pataleaba sin dirección. Tragué agua. El aire quemaba en mis pulmones. El mundo se volvió lejano, distorsionado. No… así no… Sentí mi mente llenar las últimas palabras: Mamá… lo siento. Cuando la oscuridad comenzaba a cubrirme, un destello se movió en el agua. Una figura. Brazos extendidos hacia mí. Shanon. Incluso bajo el agua, incluso en ese terror absoluto… me pareció hermoso. Fue lo último que pensé antes de perder el sentido. ✧ ⋆ 🌙 ⋆ ✧ Un jadeo violento me devolvió a la vida. Tosí agua, una y otra vez, mientras mis pulmones ardían. Abrí los ojos y parpadeé, mareada. —Mariana —la voz de Shanon llegó temblorosa, rota por el miedo—. ¿Estás bien? Estaba arrodillado a mi lado, empapado, respirando con dificultad como si hubiera corrido kilómetros. Su camisa, su cabello, todo chorreaba. Sus manos temblaban mientras me sostenían por los hombros. Lo miré, aún tosiendo. Ya no estaba en la piscina. Me había sacado. Me había salvado. Asentí lentamente, tratando de recuperar el aliento. Shanon soltó un suspiro contenido, uno tan profundo que parecía bajarle la tensión del cuerpo entero. Tomó quitó la chaqueta —la única parte de su ropa que estaba seca, al parecer se la había quitado antes de entrar al agua— y la colocó sobre mis hombros con un cuidado casi reverente. Introdujo su mano en uno de los bolsillos de la chaqueta que me puso sobre los hombros y sacó su móvil. Marcó unos números y luego llevó teléfono al oído. —Necesito personal médico en la zona de la piscina. De inmediato. —su voz era firme, pero la preocupación cubría cada palabra. Colgó antes de que terminaran de responderle. En menos de un minuto varias personas aparecieron corriendo, entre ellas dos médicos. Me levantaron con delicadeza y me llevaron a un cuarto que parecía una enfermería privada del hotel. Las luces eran cálidas, las sábanas impolutas, el olor a desinfectante suave. Shanon no se separó de mí ni por un segundo. —¿Cómo está? —preguntó él en cuanto los médicos terminaron de revisarme. Uno de ellos sonrió con tranquilidad. —Estará perfectamente. No hay riesgo para su vida. Solo debe tomar un baño caliente y descansar. El shock pasará pronto. Shanon asintió, aliviado de una forma que casi me estremeció. Parecía que había sostenido la respiración durante minutos. Los médicos se marcharon, y él sacó su teléfono una vez más. Esta vez su voz fue más baja, imposible de escuchar para mí. Solo veía su expresión: tensa, protectora… distinta. Cuando colgó, se giró hacia mí. Y fue allí, justo entonces, que noté cómo sus ojos se suavizaban al verme, como si temiera que pudiera romperme con solo mirarme
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