El día transcurrió sin contratiempos. El inversionista Francis pasó casi toda la tarde encerrado en el despacho de mi jefe. Por la manera en que los vi hablar más temprano, parecían viejos amigos, o al menos, hombres acostumbrados a confiar el uno en el otro.
Cuando salí de mi oficina, lista para irme, me detuve de golpe. Mi jefe estaba en la entrada de su despacho, despidiendo a Francis con un apretón de manos y una sonrisa formal. El señor Shanon giró el rostro hacia mí. Su mirada me atrapó como si ya estuviera esperándome.
—¿Ya te vas? —preguntó, observándome con una atención que me erizó la piel.
Asentí, sintiendo cómo los nervios se enredaban en mi estómago.
—Antes de que te vayas… necesito verte. —Su voz fue baja, casi grave. Y no apartaba la mirada de mí.
Otra vez asentí, incapaz de sostenerle la mirada demasiado tiempo. Había algo en sus ojos que me pesaba encima, y a la vez me atraía.
Lo entré en su despacho. La puerta se cerró suavemente detrás de mí.
—Señorita Mariana, gracias por su buen trabajo hoy. —su tono se suavizó, y una sonrisa apenas curvada se dibujó en sus labios—. La sala de reuniones quedó impecable gracias a usted.
Su sonrisa me atravesó el pecho. Sentí que el corazón se me subía a la garganta.
—Oh… señor Shanon, no tiene que agradecerme. —bajé la mirada, sintiendo cómo mis mejillas ardían. Me llevé un mechón de cabello tras la oreja para ocultar mi vergüenza.
Él no respondió enseguida. Me observaba. Me estudiaba, como si intentara descifrar algo en mí.
—Nos vemos mañana, señorita Mariana —dijo finalmente, con un tono cálido que no solía usar en la oficina.
—Nos vemos mañana, señor Shanon —respondí apenas, todavía temblorosa.
Salí antes de perder la compostura. Algo en su mirada había sido demasiado… demasiado íntimo.
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Ya en mi departamento, el silencio se sintió más pesado de lo habitual. Todo lo ocurrido en la empresa daba vueltas en mi cabeza como un carrusel sin freno. Me quité los tacones con un suspiro cansado, dejándolos caer a un lado antes de entrar directo a la ducha. El agua tibia resbaló por mi piel, llevándose un poco del estrés, pero no las imágenes del día, ni la mirada de Shanon, ni su cercanía inquietante.
Después calenté un plato de pasta napolitana y comí frente al celular, mientras respondía los mensajes de mamá, que como siempre, intentaba saber si había comido, si estaba viva, si necesitaba algo. Sonreí. Mamá y su instinto de gallina protectora…
Cuando por fin me acosté en la cama, el techo blanco se sintió demasiado distante, como si no perteneciera a la misma realidad que yo.
—Esto se está poniendo cada vez más extraño… —murmuré, llevando la mano a mi cuello.
La marca de luna seguía ahí, latente, como si respirara. Cada día crecía apenas un milímetro, marcando el ciclo exacto de la luna en el cielo. Era imposible ignorarlo. Era imposible no temerlo.
—Debo dormir, si no mañana estaré hecha un desastre —suspiré, cerrando los ojos—. Al final, no importa lo intenso que sea el sueño erótico con mi jefe… siempre despierto descansada —pensé con ironía, aunque el rubor ya me ardía en las mejillas.
Porque sí, los sueños eran intensos. Demasiado.
Pero esa noche…
Esa noche no hubo advertencia. No hubo pausa.
Apenas mi mente cayó en el sueño, él apareció.
Shanon.
No como mi jefe distante y elegante, sino como el hombre que solo existía en ese universo secreto donde los dos éramos libres. Su mirada ardía con una mezcla prohibida de deseo y ternura, una dualidad suya que yo conocía solo en sueños. Su mano rozó mi mejilla, suave, como si temiera romperme, y mi cuerpo reaccionó como si lo hubiera esperado por años.
Su boca encontró la mía con una urgencia deliciosa, una que me hizo temblar. Mis dedos se enredaron en su camisa mientras él me acercaba más, como si me necesitara para respirar. Su voz ronca susurró mi nombre, una caricia que me recorrió la piel entera.
Y entonces, como una ola cálida, llegó el resto.
El calor de su cuerpo contra el mío.
La devoción con la que me miraba.
El modo en que me tocaba, como si yo fuera algo sagrado.
Y la sensación imposible de que él también me amaba en ese sueño, como si su alma reconociera la mía.
Era intenso.
Era apasionado.
Era amoroso.
Y era tan real que dolía.
En el sueño, hicimos el amor con una intimidad que me dejó sin aliento. No era como las fantasías que una inventa medio dormida; no. Esto era… demasiado vívido. Sentía el peso de su cuerpo, el calor de su piel, el pulso acelerado de su corazón, la forma en que sus dedos se hundían en mi cintura, el modo en que me llamaba “Mariana” con una emoción que jamás había escuchado de sus labios en la vida real.
Quise quedarme ahí para siempre.
Pero los sueños, como todo lo hermoso, terminan.
Y cuando desperté —cubierta en ese extraño calor que quedaba tras él— la habitación volvió a sentirse vacía. Mi pecho se apretó con una mezcla de deseo y confusión.
Porque algo estaba claro:
Aquello ya no era un simple sueño.
No cuando cada noche se volvía más intenso.
No cuando la marca en mi cuello seguía creciendo.
No cuando podía sentir su presencia incluso despierta, como si una parte de él me persiguiera desde algún lugar invisible.
Algo estaba pasando.
Algo que no entendía.
Algo que me aterraba… y me atraía.
Pero aún no sabía que ese sueño era apenas el principio.