El sonido de unos golpes por segunda suaves en la puerta me sacó abruptamente de mis pensamientos.
—Adelante —respondí, enderezando la postura.
La puerta se abrió… y entró el señor Shanon.
Dioses. Cada día me parecía más hermoso.
La camisa azul oscuro se ceñía a su torso de una manera que me dificultaba respirar. La chaqueta gris resaltaba sus hombros anchos, y el pantalón n***o, perfectamente planchado, completaba su porte elegante y dominante. Su presencia llenó la habitación como un perfume intenso.
—Buenos días, señorita Marian —saludó con esa voz profunda que hacía vibrar cada fibra de mi cuerpo.
—Buenos días, señor Shanon —respondí intentando no tartamudear.
—Te necesito en mi despacho ahora mismo.
—Enseguida voy, señor.
Él asintió y salió de la oficina, dejando tras de sí un rastro de perfume amaderado que me mareó de deseo.
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Minutos después llegué a su despacho. Toqué, él respondió, y entré. Me indicó con un leve gesto que tomara asiento frente a su escritorio.
—Señor Shanon, tiene una reunión dentro de dos horas —dije mientras le extendía unos documentos—. Aquí están también los informes que necesita firmar.
Él levantó el rostro, me miró con esos ojos azules que tanto daño —y placer— le hacían a mi pecho, y luego tomó los documentos para revisarlos.
—Prepara la sala de reuniones para ese encuentro, por favor —pidió mientras firmaba, sin apartar la atención del papel… aunque sabía que me observaba de reojo.
—Sí, señor —respondí obediente.
Me quedé mirándolo sin querer. Era inevitable. La forma en que fruncía el ceño al leer, la manera en que sostenía el bolígrafo, el ligero movimiento de su mandíbula… todo me resultaba peligrosamente hipnótico.
Y más aún después de soñar con él noche tras noche.
Cuando levantó la mirada, nuestros ojos se encontraron. Mi corazón se desbocó. Él lo notó. Siempre lo notaba.
—Señorita Mariana—dijo con voz suave, casi íntima—, este viernes habrá una fiesta conmemorativa de la empresa. Todos los empleados están invitados. Será en el hotel Noche Azul.
Mi garganta se secó.
—Ah… está bien —musité, nerviosa.
—Puedes ir si lo deseas —añadió, con una dulzura que me derritió.
Asentí, incapaz de sostenerle la mirada más de un segundo.
Entonces sonrió. Una sonrisa que parecía diseñada solo para mí, una sonrisa que hizo que todo dentro de mí estallara.
—Entonces la veré en la fiesta —dijo, y esa voz… esa sonrisa… casi me hicieron perder la cordura.
Salí de su despacho con las piernas temblando.
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Logré concentrarme en preparar la sala de reuniones. Por suerte, la rutina me ayudaba a mantenerme cuerda. Todo quedó listo justo antes de que los inversionistas llegaran.
Volví al despacho del señor Shanon.
—Todo está listo, señor —informé.
Él asintió con satisfacción, dedicándome una mirada que me hizo sentir reconocida… vista… deseada.
El resto de la mañana él estuvo ocupado con los inversionistas, mientras yo organizaba su agenda, revisaba correos y actualizaba documentos. Mi corazón seguía alterado por su cercanía, incluso cuando no estaba presente.
Al salir un momento de mi oficina, lo encontré en el pasillo junto a un hombre rubio, de ojos negros intensos y porte atlético. Su traje perfecto le daba un aire autoritario. Ambos hablaban, pero cuando Shanon me vio, su expresión se suavizó. Mis mejillas ardieron de inmediato.
Él avanzó hacia mí acompañado del desconocido.
—Francis, ella es mi secretaria. Se llama Mariana —me presentó con un tono que sonaba orgulloso… protector.
El hombre me observó con detenimiento antes de extenderme la mano.
—Un placer, señorita Mariana —dijo con voz grave.
—El placer es mío, señor Francis —respondí, estrechando su mano.
Sentí su mirada analítica recorrerme por unos segundos más. Como si intentara descifrarme.
—Es joven —comentó Francis, desviando la mirada hacia Shanon.
Mi jefe sonrió con una serenidad elegante.
—Sí, pero es eficiente. Y tú sabes que no contrataría a nadie que no tuviera la capacidad necesaria —respondió con firmeza. Luego me miró con una sonrisa suave que me derritió por completo—. Mariana es excelente en su trabajo.
Mi rostro se encendió al instante.
—Gracias, señor Shanon —dije casi en un murmullo.
Él negó con la cabeza, restándole importancia a mi agradecimiento.
Francis nos observó un momento, como notando algo que yo no quería que nadie viera. Finalmente, ambos siguieron su camino hacia el despacho de Shanon.
Cuando desaparecieron detrás de la puerta, exhalé lentamente.
Mi corazón estaba perdido.
Y lo peor… es que ya no sabía si quería encontrarlo.