Mi jefe, mi caos, mi punto débil.
Aún vestía la ropa del día, pero su cabello estaba levemente revuelto, como si hubiera pasado los dedos por él más de una vez… tal vez por preocupación. Tal vez por mí.
Se quedó quieto en el umbral, mirándome en silencio, con esa intensidad que siempre conseguía desarmarme.
—Me has estado mandando a seguir —dije, intentando sonar firme aunque mi voz tembló apenas—. Porque es demasiada casualidad que tus hombres me encontraran tan fácil.
No contestó.
Solo me sostuvo la mirada… hasta que comenzó a caminar hacia mí.
Cada paso retumbaba en mi pecho como un golpe suave, pero certero.
Cuando estuvo frente a mí, apenas un suspiro de distancia, sentí cómo mi respiración se entrecortaba sin permiso.
—Si no te hubiera mandado a seguir, te habrías ido —murmuró con seriedad, pero también con una tristeza que me atravesó—. Porque eso parecía, Mariana. Estabas escapando de mí… ¿verdad?
—Te dije que lo iba a pensar —repliqué, frunciendo el ceño—. Pero no te dije dónde.
—Por eso mismo te mandé a seguir —respondió sin pestañear.
Lo fulminé con la mirada, o traté de hacerlo.
—Eso no te da derecho a que tus hombres me secuestren sin mi consentimiento.
—Mariana… —sus ojos, un azul profundo, parecían contener tormentas y promesas—. A donde fueras, te habría encontrado. Porque eres mía… y no voy a permitir que la mujer que tanto deseo se aleje de mis manos.
Mi corazón dio un vuelco tan violento que me dolió.
El rubor me quemó las mejillas, y las mariposas en mi estómago despertaron de golpe, extendiéndose por todo mi cuerpo.
—Yo no soy de nad… —Intenté replicar, pero no pude terminar.
Los labios de Shanon tomaron los míos con una pasión arrolladora, como si hubiera esperado demasiado.
Me derretí en ese beso.
No hubo tiempo de pensar: su lengua reclamó territorio, posesiva, ardiente, y yo… yo simplemente cedí.
Sus manos me sujetaron con firmeza por la cintura y yo lo abracé instintivamente, como si mi cuerpo lo hubiera decidido antes que yo.
—Eres mía, Mariana… solo mía —susurró contra mis labios, robándome el aliento.
Estaba perdida.
Completamente perdida en él.
Shanon se separó apenas unos centímetros de mi boca, como si no quisiera soltarme del todo.
Rozó mis labios una y otra vez, en caricias suaves que me dejaban temblando.
Cuando mordió mi labio inferior, un jadeo escapó de mí sin permiso.
—Mariana —sus dedos acariciaron mi mejilla con una ternura que me desarmó por completo—. Dame una oportunidad para demostrártelo. Realmente… te quiero para mí. Nunca había perdido tanto la cabeza por nadie.
Lo miré, pero mis ojos se llenaron de una inseguridad que no pude ocultar.
El miedo me atenazó.
Bajé la cabeza para que no lo viera.
—¿Qué sucede, preciosa? —me preguntó con suavidad, levantando mi rostro con la mano—. Háblame. Si no me dices qué te duele, ¿cómo voy a entenderte? Te dije que podías confiar en mí.
Sus labios rozaron mi mejilla con un beso cálido, casi frágil.
—Soy… —tragué con dificultad—. Soy una mujer defectuosa, Shanon. Sandi tiene razón.Yo no siento nada con ningún hombre. Nunca sentí placer y siempre tuve que fingir.Por eso… odio el sexo.
Y… —mi voz se quebró— odio a los hombres por todo lo que he tenido que aguantar.
La vergüenza me nubló la vista.
No quería verlo… no quería ver decepción.
Pero Shanon no se movió.
Me observó en silencio unos segundos, como si midiera cada palabra antes de decirla.
—Mariana… —susurró finalmente— el sexo es cosa de dos.
Si no sentías placer, es porque esos hombres nunca supieron llegar a ti. Nunca se tomaron el tiempo de explorarte, de conocerte… de ver quién eras.
No es tu culpa —rozó mi mejilla con el pulgar—. Es de ellos, por no saber tocar tus límites… ni tu alma.
Sus palabras me sorprendieron.
Eran tan… maduras.
Tan llenas de un entendimiento que jamás esperé de él.
Era la segunda vez que lo escuchaba hablar así… y cada vez me descolocaba más.
—Hagamos algo —dijo entonces, con voz baja pero firme—.
Haremos el amor.
Y si no logro darte un orgasmo, dejaré de insistir. Te dejaré en paz.
Mi rostro ardió.
Sentí la vergüenza como una oleada.
—¿Y si… si me lo das? —pregunté casi en un susurro.
Una sonrisa lenta, peligrosa y sensual se dibujó en sus labios.
—Entonces serás mía sin cuestionarlo… y haremos el amor las veces que quieras. O más.
Tuve que apartar la mirada.
Era demasiado.
Todo en mí temblaba.
—No tengas miedo a amar, Mariana —sus palabras me envolvieron como un susurro tierno—.
Contra el corazón… nadie puede luchar.