Capítulo 22

953 Words
Shanon me condujo al segundo piso por las impresionantes escaleras de mármol n***o. La alfombra amortiguaba nuestros pasos, y cada instante a su lado hacía que mi corazón se acelerara. Lo seguí hasta una puerta que se abrió ante nosotros, y con un gesto elegante me invitó a entrar. La habitación era enorme, tan grande que mi departamento cabría allí varias veces. El suelo estaba alfombrado de un tono cálido, y enormes ventanales de cristal dejaban entrar la luz tenue del atardecer. La cama, majestuosa, estaba vestida con sábanas de seda azul oscuro. —Esta es mi habitación, Mariana. ¿Te gusta? —me preguntó, con una suave sonrisa mientras notaba mi sorpresa. Me sonrojé, sintiendo su mirada posarse sobre mí. Asentí tímidamente, sin poder articular palabra. —No te preocupes —continuó—. Aquí hay todo lo que necesitas para quedarte. —Oh, no es necesario… yo… —intenté protestar, pero no logré terminar. —Mariana, no es necesario que digas nada —interrumpió—. Aquí hay todo lo que requieres y no quiero escuchar más excusas sobre si es caro o si deberías aceptarlo. Me ofendería. —No es mi intención, señor Shanon —susurré. —Solo dime Shanon —dijo, cruzándose de brazos y sonriendo con esa seguridad que me hacía temblar—. No hace falta que digas señor. —Shanon —respondí, aún sonrojada. —Así me gusta —sonrió satisfecho—. Ah, antes de que se me olvide… falta enseñarte el baño. Asentí y lo seguí. El baño era una obra de arte. El suelo de mármol brillaba bajo la luz suave, la bañera y el jacuzzi invitaban al descanso, y la ducha con puertas de cristal parecía salida de un catálogo de lujo. Me quedé un instante sin palabras, admirando cada detalle. Cuando Shanon se retiró, aproveché para darme un baño relajante. Al salir, sobre la cama me esperaba un cambio completo de ropa, incluida la lencería. Mi rostro ardió con un sonrojo intenso. Pensé en quién habría elegido cada prenda, en los detalles que alguien tan… él, había cuidado. Tomé el vestido de color rosado pálido y lo sostuve frente a mí. Sencillo pero elegante, con escote en forma de corazón y mangas cortas que abrazaban suavemente mis brazos, llegaba hasta la mitad de mis muslos. Perfecto. Me lo puse y quedó ajustado a mi cuerpo como si estuviera hecho para mí. Solté el cabello, dejando que los rizos cayeran sobre mi espalda y algunos mechones sobre mi pecho. Me maquillé de forma sencilla, resaltando mis rasgos, pero manteniendo naturalidad. Entonces la puerta se abrió, y allí estaba Shanon. Sus ojos azules, con pupilas dilatadas, reflejaban su sorpresa al verme. Caminó hacia mí lentamente, y mi corazón se detuvo al quedar frente a frente. —Sabía que te quedaría bien —susurró, acariciando mi rostro con ternura—. Te ves hermosa, Mariana. Su aroma a jabón fresco y su presencia me envolvieron, y no pude evitar sonrojarme. —Gracias, señor Shanon —dije, olvidando por completo lo de llamarlo “señor”. Su sonrisa se ensanchó y me atrajo hacia él, besándome con pasión. Me dejé llevar, derritiéndome entre sus labios. —Te dije que solo me llamaras Shanon —susurró contra mis labios. —Shanon —repetí, tímida y aún sorprendida, acostumbrada a decirle “señor Shanon”. Él sonrió con satisfacción y tomó suavemente mi mano. —Vamos, la cena está preparada —dijo con ternura, apretando mis manos suavemente entre las suyas. Asentí, y juntos nos dirigimos al comedor. La mesa era majestuosa, llena de platillos que despertaban todos mis sentidos. Él se sentó en la cabecera y yo a su lado. Me sorprendo al ver tanta comida deliciosa e incluso se me hace la boca agua. Pero debía mantener la compostura ya que no quería pasar vergüenza. Sandi siempre se burlaba de mí por comer tanto e incluso su madre decía que las mujeres no comen mucho, que debemos aguantarnos la boca y que si seguía comiendo tanto iba a engordar, por lo que me pondría fea. Suspiré para controlar mis emociones, no quería incomodar a Shanon. Cenamos juntos, él no hacía más que ponerme alimentos para que siguiera comiendo. Al parecer a él no le importa en sí que yo como, así que solo me relajé. —¿Qué deseas de postre? —preguntó, tomando mi mano con suavidad y sonriéndome con cariño. Lo pensé un instante antes de susurrar: —Helado… y tal vez flan. Lo vi arquear una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión. Maldición, mis gustos parecían infantiles incluso para él. Recordé las burlas de Sandi y me sentí un poco avergonzada. —Está bien, mandaré a buscar helado y flan para ti —dijo, con una sonrisa cálida mientras besaba mi mano con suavidad. El rubor subió por todo mi rostro, y las mariposas en mi estómago estallaron como un enjambre de emociones. Lo había juzgado mal. No era como mi ex, ni tenía que serlo. —¿Qué sucede, Mariana? —preguntó, depositando otro beso en mi mano al notar mi preocupación. —Es que… pensé que tal vez no agradaban mis gustos —susurré, bajando la mirada—. Son un poco infantiles, pero… —No me desagrada en absoluto —me interrumpió, sonriendo con ternura infinita mientras volvía a besar mi mano—. Me encanta que te gusten. Tus gustos particulares solo hacen que te vea más linda, más… tú. Dioses. ¿Podía un hombre ser así de dulce, de tierno? Sentí cómo mi corazón se expandía con cada palabra, con cada gesto. Mis emociones eran un torbellino, y no quería que acabara nunca.
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