Claudia
Llevo cuarenta minutos sentada en esta silla de plástico, esperando a que me llamen, haciendo girar la alianza en mi dedo. Ya ni sé por qué la sigo usando. Una porquería. Me divorcié. Las chicas de la inmobiliaria me dicen que vendo más así, que inspiro confianza. «Mujer casada, estable, seria». Tengo que cruzar las piernas para que el vestido no se me pegue a los muslos con el calor que hace. Una fortuna cuesta este colegio y ni un aire acondicionado ponen.
No me canso de pensar que llegar a los cuarenta debería venir con un manual o un librito de instrucciones. Que en algún lado te avisen que llegás a un punto en el que estás tan cansada que todo te importa un carajo. Igual, sin lentes, no podría leer las letras minúsculas.
Luciano se volvió a pelear en el colegio. El padre, como siempre, ausente. Lo llamé tres veces; ni siquiera me respondió. Ahora tengo que explicarle a esta gente, por décima vez, que mi hijo está viendo a una psicóloga, que todavía no asume el divorcio, que hago todo lo que puedo por controlarlo. Me saca canas verdes.
A veces pienso que si no me hubiera divorciado las cosas serían más fáciles. Que, si aguantaba un poco más, tal vez estaría más cómoda, más tranquila. Una vida aburrida a cambio de estabilidad.
Es una mierda todo: el departamento diminuto donde vivimos, el trabajo exigente, las horas luchando con estos dos mocosos que me pagan con problemas. Quiero irme lejos, donde nadie me conozca, y olvidarme de mi vida. Eso pienso de noche, cuando estoy tratando de dormir. Borrón y cuenta nueva. Dejárselos al inútil del padre y que se rompa la cabeza él.
Después me llama la directora y me sienta con la psicopedagoga y la del gabinete para hacerme sentir una madre fracasada. Ahí recuerdo por qué vivo con dolor de cabeza, tensa, dura. Sin coger. Hace dos años que no le veo la cara a Dios. Ni ganas de masturbarme me quedan al terminar el día.
Porque trabajar diez horas mostrando casas, pisos, departamentos no alcanza. Llego a hacer compras, a ordenar, a lavar ropa, a cocinar o a esperar sentada cuarenta minutos a que estas se dignen a no suspender a Luciano. ¿De qué me van a quedar ganas?
La verdad es que ni siquiera quiero calentarme; le huyo a cualquier cosa que me suba la temperatura para no acordarme de él.
Un tipo cruza el pasillo, de traje. Alto, pelo con canas. Camina con las manos en los bolsillos, como caminaba él. No es él, pero para mi cuerpo es lo mismo. Se me aprieta todo.
Me alcanza con ver uno de traje y vuelve.
Leonardo era de esos tipos que te miran y te mojan, de los que te encontrás una vez en la vida y después te dejan con gusto a cartón en la boca. Sabés que nunca más, ni una sola vez hasta que te mueras, vas a sentirte así. Por eso le dije que sí. Mi existencia merecía tener ese recuerdo. Me merecía esa cogida monumental.
Volvía a la oficina de mostrar una propiedad, muerta. Un calor insoportable, transpirada, con los pies hinchados por los tacos. Había dado por terminado mi día y él llegó cuando estaba por irme. Alto, traje gris, reloj caro, zapatos de cuero. Te entrenan para fijarte en esas cosas, para reconocer el poder adquisitivo del cliente.
El hijo de puta del gerente lo mandó a mi escritorio. Y yo, cansada y hecha un asco, lo insulté en silencio. Quería irme, darme una ducha fría, no sentir cómo se me paraban los pezones cuando se sentó y comenzó a decirme lo que buscaba. Me escondí detrás del monitor de la computadora para que no se notara.
Piso en el centro, amenities; quería todo. Y justo estábamos vendiendo en un edificio nuevo: detalles de lujo, moderno, perfecto para un hombre así. Se lo ofrecí y me dijo que sí. Me llamó la atención el anillo en el dedo: casado.
Empezó en mi cabeza en cuanto me puse de pie. Primero me miró las tetas; después, los ojos. Creo que también el culo cuando salimos. Y el auto, el suyo: cuero y madera. Lo que me destruyó fue el perfume. Con las ventanillas arriba y el aire acondicionado encendido, no podía oler otra cosa.
Pero fueron las manos las que me empaparon. Grandes, con venas marcadas y alguna manchita por la edad. Metía los cambios, me hablaba y me daba cosquillas en la entrepierna. Llevaba meses sin un orgasmo. Estábamos en la etapa de coger porque sí. Se le paraba a mitad de la noche y se frotaba en mí hasta que me despertaba. Ya no había juego previo, ni deseo, ni ganas.
Balcón al frente, vestidor, cocina con mármol y acero y calefacción central. Él decía que sí con la cabeza y miraba. Solía preguntar si iban a vivir en el lugar, si era para uso profesional; sacaba de la galera los pros, sumaba puntos para vender. No le pregunté nada. Tenía pánico de que respondiera que quería mudarse con la mujer. Un rato de fantasía no mataba a nadie.