—También te ves guapo. Casi como una dulce paleta. Se ríe. —Hasta podría pedirte matrimonio ahora mismo, me has hechizado. La simple mención de una hipotética ceremonia me borra la sonrisa, aunque trato de disimularlo. —¿A dónde vamos? —Al club Bubbani, en Santa Isabel. Ah, saldremos de la ciudad. Sus caricias continuas en mi mano me acaloran, tanto que debo juntar las rodillas y respirar. El viaje a Santa Isabel es de aproximadamente treinta minutos sin tráfico, así que nos espera un rato largo de camino. Ver a Nader con la mandíbula apretada mientras conduce es un elixir afrodisiaco que me empapa las bragas. Es tan difícil lidiar con la conducta impulsiva que él me genera, pero más difícil es enfrentarme a su rechazo y luego escucharlo decir que me ama o que quiere casarse conmig

