MASSIMILIANO BENEDETTI
La resaca de mierda que llevo me explota en la cabeza, se pone peor cuando las puertas del jet privado se abren y la brisa caliente de Villa Esperanza me pega en la cara.
«Maldito pueblo»
Si no fuera por el dinero invertido y la fachada que brinda el tratado para mis negocios clandestinos me habría largado hace meses. Ni mil años fuera de aquí alivianan mis ganas de no volver pisar esta cochina tierra.
Lidiar con pueblerinos me pone de mal humor, y aunque ni siquiera he cruzado palabras con los inferiores criollos hoy mi predisposición no es la mejor precisamente. Miro el celular por milésima vez, el chat con Marbella sigue en pausa y maldigo en voz alta a la hija de puta a la que desgraciadamente embaracé.
Todas las mujeres son iguales, sólo quieren dinero y protagonismo. Y esta zorra a la que todos conocen como mi esposa no es la diferencia, en cuanto pudo dejó de cuidarse y me embriagó durante una junta en Florencia en la que se apareció.
Y aunque usar preservativos es mi prioridad ante todo, el estado de ebriedad que me embargó fue excesivamente elevado, no recuerdo nada más sino que amanecí desnudo con ella enredada a mí en la suite de ese hotel de mierda al que cerré después en un acto de furia, por su ineptitud y permitir que una mujer salida de la nada apareciese así y se metiera conmigo a una habitación por la que pagué creyendo que me garantizaban seguridad y exclusividad.
Nueve meses después tenía una hija.
No soy estúpido, le hice pruebas para confirmar la paternidad. Y sólo cuando el 99% de coincidencia genética apareció en el informe me casé con Marbella Given. La hija menor de Paolo Given, socio de Franchesko y dueño de tres provincias Italianas.
Cinco años después, la estúpida no supera el hecho de que nuestro matrimonio sólo fue por compromiso. Una mentira que le permite tener la vida de reina que lleva junto a mi hija y una buena reputación.
—Cross, que alguien vigile el palacio alto.
Me aturde el ruido de los demás aviones aterrizando o despegando en el aeropuerto.
—Massi, Marbella pidió que...
—¡Me importa una mierda lo que haya pedido esa puta!
—Es tu esposa —Trata de hacerme cavilar—. No la irrespetes de esa manera, ella no es ninguna puta. Es una mujer ejemplar, digna de estar a tu lado.
Pero ni en sus mejores sueños puedo guardar sentimientos empáticos siquiera por una mujer que no hace más que joder y joder, a la cual ahora no sólo le basta con sus manipulaciones habituales sino que pone en contra mía a Fiorella, metiéndole ideas absurdas en la cabeza de que soy un mal padre cuando he hecho todo lo posible para que eso no sea así
Tal vez no sea el más cariñoso, pero siempre estoy para ella.
—Que vigilen el palacio alto —Repito—. Fiorella también es mi hija y no me trago el cuento de que no me quiera ver. Sólo tiene cinco años.
—Tal vez si Niurka las visita...
—No quiero que mi madre meta las narices en donde nadie la llama.
—Siempre es bueno recibir ayudas externas, Massi. Franchesko...
—Franchesko no sabe ni donde está parado, carajo.
Cross niega con la cabeza. Es mi asistente operativo y consejero desde los quince años, una pieza fundamental en el desarrollo de mi vida en general. Es bastante violento, efecto de tantos años en el negocio, pero es mi mano derecha y más leal amigo.
No me responde y yo bajo del avión, poniéndome los lentes de sol en cuanto el cielo iluminado y el vapor de Villa Esperanza se acentúan. Estuve un mes fuera y no lo extrañé en absoluto.
Odio este maldito pueblo.
—El Ikton no se me apetece, nos largamos a la residencia nueva.
Desde Milán compré una finca en las afueras del pueblo a la que pueda llegar para no verme cohibido en el hotel. Es un dolor de cabeza no poder hacer lo que quiera.
—Massi, te gusta ir en contra de las normas del tratado. —Se queja.
El manual de normas y reglas del tratado internacional de explotación petrolera dice que cada m*****o de las distintas corporaciones y/o empresas operantes deben permanecer hospedados en las instalaciones del Hotel Boutique Ikton, el más lujosos y exclusivo de la ciudad. Inicialmente lo hice así, pero aunque el libertinaje no sólo vive en mí sino en los rusos y estadounidenses asociados las normas de la casa hotelera son algo limitantes y rápidamente nos hicieron firmar un acta compromiso de buen comportamiento.
No se me antoja vivir con limitaciones, hace mucho que no sigo órdenes de nadie ni cumplo con reglas. Además, no planeo estar mucho tiempo en el pueblo. Si estoy aquí ahora es porque Franchesko está jodiendo un poco con la corporación y debo arreglar lo que sacó del carril, también para darme un respiro de toda la mierda que Marbella causa con mi vida en Italia.
Heme ahora en un pueblo disfrazado de ciudad con resaca, de mal humor y ganas de coger.
—Me importa un pepino las normas del tratado. No vine a trabajar esta vez, vine a chequear que Franchesko no meta las narices en el negocio paralelo de toda esta mierda o nos caemos todos.
Se timbra de sólo pensar que la moral de mi padre nos lleve al hoyo de la desgracia, porque lo conoce y sabe la mala relación que tenemos. A él no le temblaría el pulso para hacer una acusación fundamentada que nos lleve a la cárcel a todos.
Mejor para él deshacerse del hijo que nunca lo ha hecho sentir orgulloso, ni con todo lo que he hecho por la familia. Para él Dante siempre será su elegido, sin importarle que a sus veintisiete años no sabe lo que hace con su vida.
—Massi, por eso mismo debemos estar más atentos. En el Ikton puedo monitorear los pasos de Franchesko.
—Compré medio pueblo, Cross. Todas las mujeres están a mi disposición, ¿de verdad te quieres encerrar en ese hotel de mierda?
Se lo piensa.
Cross está casado, tiene una familia aparentemente ejemplar y normal. Pero cuando no está en Italia con su mujer deja amantes por doquier con el corazón roto en cada rincón del mundo; y yo no soy un consejero romántico precisamente. Su vida matrimonial me importa poco. Mejor para mí si es un compañero de travesías liberales.
Me fastidia la gente aburrida.
—Sigo pensando que...
—Vete a olerle el culo a Franchesko. Yo al Ikton no me voy, ya te lo dije, si quieres venir bien y si no vete al carajo.
No sé en dónde está mi equipaje. Trato de no preocuparme por las pertenencias que son perfectamente reemplazables con tantos ceros en la cuenta italiana y en las internacionales.
No pierdo mi tiempo esperando a que tome una decisión, tampoco necesito que me acompañe. Me divierto solo con frecuencia, además, el dinero todo lo compra y hay mucha compañía a la vuelta de la esquina.
Un Lamborghini estacionado me espera con un uniformado del aeropuerto a la puerta del piloto, me entrega las llaves en cuanto me planto frente a él.
Tanto calor es sofocante y me meto al vehículo de inmediato, quitándome la chaqueta del traje. También me saco la corbata, ni sé para qué vine tan formal a un pueblo de mierda donde el mejor vestido usa blue jeans.
—¡Massimiliano! —Bajo el vidrio de la ventana cuando Cross se detiene junto a la puerta—. Trata de mantener la cabeza enfocada. Vinimos por un motivo.
Necesito alcohol o me voy a derretir de tanto calor, aprovecho de ajustar la temperatura del aire acondicionado y el cambio se siente. Mucho mejor.
—¿Traes la carpeta de Biana?
—¿Otra vez con eso?
—Dame la maldita carpeta —Abro la puerta del auto, alterado y de peor humor.
Cross retrocede y se quita el morral de la espalda para abrir una carpeta de tela con cierre que lleva a todos lados. Revisa y niega con la cabeza, la respuesta negativa me hace escupir el suelo.
—La quiero, tienes cinco minutos para que me llegue al w******p.
—Deja a esa pobre mujer quieta que ya bastante la jodiste.
—¿Te interesa ella acaso? ¿Te la quieres coger o qué?
—No todo se basa en follar con extranjeras, Massimiliano. Los excesos son los que te han llevado a la destrucción.
Su respuesta es estúpida. Me enojo enseguida.
—¿Me ves destruido acaso? —Empujo al imbécil que ha estado de mojigato desde hace un mes—. Tengo todo lo que se me viene en gana. Y tú trabajas para mí, así que cierra la puta boca y déjala en ese estado de silencio absoluto hasta que yo te diga lo contrario, maldito imbécil malagradecido.
Me devuelve el empujón.
—Cada día eres peor persona.
—¿Te asusta? —Me río, divertido. La necesidad de alcohol me acelera el ritmo cardíaco—. Vete a la mierda. Quiero el expediente de Biana ya mismo.
La zorrita con cara de niña buena no sabe en qué lío se ha metido. Una cosa es colocar un grano de arena para que Franchesko me sacara del restaurante en el Ikton aquella noche. Al final me va y me viene mi relación con él, pero otra es meterse en mi cabeza hasta el punto de tener que pajearme pensando en ella y no poder sacármela.
Todo es muy sencillo ahora, poseerla y sacar su lado demoniaco es un anhelo perverso dentro del capricho s****l que me tiene imaginándola desnuda y gritando mi nombre todas las noches. Así que mientras pongo todo en orden dentro de Villa Esperanza para enderezar el entuerto que Franchesko ha causado voy a divertirme con ella, y no me interesa el costo ni a cuantos deba sacar de la vía con tal de empujarla contra mis deseos más sucios.
•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••
BIANA TORRES
Recojo la última mesa y me permito respirar, no hay nadie más y que el área esté al aire libre me da un minuto de paz cuando la brisa nocturna y fresca me despeina la coleta que llevo.
El día ha sido excelente, tengo en el bolsillo cien dólares en propinas y apenas son las diez de la noche. Parece que van a cerrar y me emociono porque es primera vez en todo el mes que me iré a casa temprano.
Empiezo a deshacer el nudo de mi delantal cuando un nuevo cliente entra al "Bar nuestro de mis largos días", me sorprende ver de quien se trata, pero peor es la escena que se desata cuando Cross atraviesa la entrada tratando de devolver al tirano que sostiene una botella de vino caminando en dirección a una de las mesas.
Ninguno de los dos me ve.
Ay carajo.
Me oculto detrás de la estantería de los cubiertos, vasos y servilletas apenas puedo.
—Vámonos, hombre. Este lugar no es para ti y debemos recogernos antes de que Marbella utilice tu mala reputación para hacer peor todo el proceso. Recuerda que Franchesko es su aliado.
Alcanzo a escuchar.
—Bi, saca a los señores. Diles que ya cerramos. —Me sobresalto cuando me hablan.
Volteo a ver a Araiza, es la dueña del local. Suele venir en las noches para echarnos la mano con el cierre.
—¿Qué haces allí? ¿Te estás escondiendo?
Mierda.
—No —Pensar rápido es algo que en definitiva no se me da— Sólo... me doy un respiro rápido.
—Vale, dile a los hombres esos que ya cerramos.
No puedo decirle que no puedo, o que no quiero. Soy nueva y mi primer mes como mesonera y auxiliar de barras ha sido intachable.
«Puedo resolverlo»
Titubeo un poco pero termino asintiendo hacia la jefa que recoge los trastes del mesón donde la cajera ya está cuadrando su cierre de turno.
«Muy bien, debo hacerlo»
Avanzo hasta la mesa en donde Massimiliano fuma un habano despotricando a su compañero, echa el humo al aire y se empina la botella. Cross se ve preocupado y no deja de ver el reloj de su muñeca.
—Venga, hombre. Que Franchesko ha llamado...
—Invítalo a venir, tal vez y se le quite lo aburrido.
—Buenas noches, caballeros. El restaurante ya cerró y me temo que deben desalojar el área. —Interrumpo con cuidado, nerviosa, mordisqueando mis labios y rogando para mis adentros que se vayan sin problema.
El italiano sube la mirada y su sonrisa diabólica me pone los vellos de punta.
—Pero si es... Biana.
—Massi, vámonos ya.
—Ella se viene conmigo.
No sé cuál es mi expresión, pero por supuesto que eso no va a suceder. El transporte del bar restaurante debe salir en media hora cuando terminemos de cerrar y me esperan en la mansión Musbah.
Ni de coña salgo de aquí con este tipo.
—Por favor, caballeros. Deben dejar el área.
La bestia de un metro noventa y tanto se levanta, la estatura es intimidante y retrocedo cuando estampa el culo de la botella contra la mesa de madera llamando la atención de mis compañeros y de Araiza que nos mira desde lejos.
—¿Cómo es que te dieron trabajo otra vez?
Supongo que se enfocó en su vida y dejó de joderme, tal vez sí se largó de regreso a Milán como me dijo la señora Karla aquella única vez que nos vimos. Por ello, dos días después de que fui despedida por él mismo de ese trabajo de mierda fui contratada por Araiza en el restaurante. Debo admitir que Laura me echó la mano con ello, son amigas, estudiaron juntas en la secundaria.
—No controlas toda Villa Esperanza, Massimiliano.
—Vámonos. —Me agarra de la muñeca, echando a andar conmigo a rastras.
Cross no hace nada más que avanzar con nosotros, aun cuando yo me resisto.
—Hey, hey, hey —La voz de Araiza se alza y yo me pongo más nerviosa. El hombre que me sostiene de la muñeca voltea a verla, sin soltarme—. ¿Qué es esto? Está lastimando a mi empleada ¿O se conocen?
—Massimiliano, por favor —Cross tiene un momento de lucidez y el cerebro parece que sí le funciona—. Vámonos ya, deja a la chica.
Ella me ve a mí que debo tener una cara de puto espanto, porque vuelve a hablar:
—¿Bi, lo conoces?
Asiento cuando veo que el imbécil éste no va a dejarme en paz. Y no quiero causar altercados en mi lugar de trabajo, mejor irme con él o al menos salir de aquí, ya afuera me las arreglaré para escapar. Pero no quiero dar espectáculos en el único lugar que me ha dado oportunidad laboral.
—Sí, es un viejo amigo que está algo alcoholizado.
—Me la llevo, ya terminó su turno ¿verdad? Y si no es así pues igual se va.
La morena lo ve, sé que no le da confianza. Se gira hacia mí:
—¿Vas a estar bien?
Ni puta idea, probablemente amanezca abombada y con moscas en la boca, a orillas de una calle desolada. Pero vuelvo a asentir para escapar de esa incomodidad, ya me las apañaré.
Salgo del restaurante con el señor Benedetti jalándome con él.
—¡Basta! —Le grito cuando por fin logro zafarme. Afuera no hay mucha gente, los transeúntes que nos ven no sé quiénes son y mi preocupación desaparece.
Cross queda detrás de mí.
—Massimiliano, vámonos al hotel.
—No vamos al hotel, yo ni siquiera te invité a ti. Me voy con ella, después de todo estoy bien acompañado, imagino que la amiga de una puta conoce el trabajo bien ¿o no?
No sé si sentirme ofendida con esa acusación, pero me doy la vuelta para coger hacia el metro, no estoy para lidiar con alcohólicos. No está borracho del todo, pero tomado claro que sí, y no es inteligente seguirle la corriente a un sádico que ya una vez me amenazó con violarme.
No sé cómo es que Cross termina en el suelo limpiándose la sangre de la boca, pero el italiano pierde los papeles cuando explota como una bomba de tiempo. El tipo que lo sigue a todos lados no es capaz de alzarle la voz o de devolverle el golpe y esa situación me indica que más allá de respeto existe un temor.
Me detengo.
—¡Tú no eres mi puto padre! ¡Déjame en paz que yo no pedí que me siguieras! Quiero estar solo y eso voy a hacer, ahora lárgate y déjame con esta maldita loca.
No entiendo un carajo de lo que sucede y tampoco voy a preguntar. Es tarde y estoy cansada, quiero volver a casa para dormir, pero por lo visto eso no va a suceder.
Massimiliano activa las luces de un Lamborghini desde su posición, camina hasta él y voltea a verme, esperando que yo lo siga. Eso hago sin entender muy bien porqué exactamente lo hago, pero lo hago.
Nos subimos al vehículo que se pone a andar enseguida, dejando atrás y a la deriva a su empleado faldero.
No dice nada, yo tampoco hablo. Se siente raro.
Conduce como si no hubiese tomado ni una gota de alcohol. La botella de vino yace en el espacio que hay entre nuestros asientos, no reconozco el nombre de la etiqueta, está medio llena. Observo sus manos pálidas aferradas al volante, va serio, más de lo normal.
Por mi salud mental dejo de observarlo, la ciudad brilla con la actividad que hay afuera. Veo pasar los puestos de comida rápida y antros a través de la ventana.
«¿Qué coño estoy haciendo aquí?»
Vuelvo la mirada hacia él cuando enciende un cigarrillo que me pasa después de bajar todas las ventanas desde el mando de su puerta, no sé quién carajo le dijo a él que yo fumo acaso como para hacerlo. Sin embargo, se lo acepto y le doy una calada con la que termino tosiendo como estúpida.
El silencio se extiende hasta que yo hablo:
—¿Qué tan desgraciada es la vida como para que termines solo y con la maldita loca que te rompió el celular?
Mi voz se escucha fuerte a pesar de la brisa que impacta contra nuestras caras.
—La vida siempre ha sido desgraciada, la diferencia entre nosotros es que yo tengo dinero de sobra y tú no.
Oh, vaya. Bonita manera de restregarme a la cara que soy una pobre diabla que no tiene ni donde caerse muerta.
—No, la "diferencia entre nosotros" es que yo tengo hombros en donde apoyarme, personas que me quieren de verdad. Pero tú, tienes que venir a buscarme a mí, que soy una desconocida y te rompí tu preciado teléfono para intentar sentirte mejor, ¿Lo lograste?
Voy a darle otra calada al cigarrillo aun cuando no sé retener el humo, pero él me lo quita para fumar. Se ve sexy cuando aspira y suelta la humarada que me pone a toser.
—Lo único que he logrado es ponerme cachondo ¿Cómo es que seas tan guapa hasta con esos malditos trapos que llevas?
Trago saliva, removiéndome en el asiento.
No respondo.
—Y no eres una desconocida, sé mucho sobre ti, Biana Torres.
Ni rodar los ojos puedo hacer con normalidad ya que el tipo se inclina para recoger algo que se supone está a mis pies, mis nervios incrementan porque aparta la vista de la carretera, y que ande a ochenta kilómetros no es un alivio.
Voy a hablar para que conduzca con cuidado, pero las palabras se traban en mi lengua cuando sus dedos se deslizan desde la parte interna de mis tobillos, haciendo un recorrido ascendente que se detiene al borde del elástico de mis bragas. El uniforme es un vestido ancho que le permite el acceso, y yo también, que me he quedado congelada y procesando la sensación avasallante que me calienta las entrañas.
Me ahogo con el aire y respirar es difícil, contengo la respiración.
El italiano vuelve la vista a la autopista, con los dedos suaves y fríos jugando a profanar las telas que me cubren el órgano necesitado de atención que palpita involuntariamente tras el abusivo y sorpresivo ataque del extranjero vanidoso a mi lado.
No puedo ni moverme, y para él mi silencio es una invitación a continuar.
Desearía poder decirle que no, detenerlo, o que mis ataques de pánico aparecieran para enloquecer y golpearlo. Pero mis neuronas no hacen sinapsis, todo en mí se ha paralizado y dejo de pensar en cuanto la yema de sus dedos se cuelan por debajo del encaje, llegando hasta mi clítoris humedecido.
—Oh, pero mira lo que tenemos aquí.
No deja de manejar, ni siquiera me presta atención mientras se desliza por mis pliegues empapados que me sacan un jadeo ahogado.
Se ríe.
—Detente. —Me digno a hablar por fin. Tengo las manos aferradas al asiento, con las piernas levemente separadas para él.
—No creo que realmente desees eso.
Y que me penetre con el dedo me hace soltar un gemido que llena el aire dentro del vehículo. No sé a dónde vamos y tampoco me interesa descubrirlo, no puedo pensar con coherencia y que me estén follando con los dedos es un elemento de distracción enorme y protagónico en toda esta locura.
No reacciono.
El cuerpo me pica con la necesidad de arrancarme la ropa cuando inserta un segundo dedo que amplifica la divinidad del efecto causado por su toque celestial, quizá porque nunca antes había experimentado ser masturbada, mucho menos en un carro andando.
Ni hablar del desconocido que ha jodido mi vida desde que apareció en ella, cuyo sujeto es el principal personaje en todo esto.
Nunca he sido una persona muy abierta en el aspecto s****l, digo, soy más atrevida en comparación con Nader que por su educación familiar y religión es un sujeto conservador y tradicional, pero mi experiencia la he adquirido con él únicamente. No soy una zorra, aunque lo que estoy permitiendo que suceda en este momento demuestra lo contrario, cosa que me lleva sentir arrepentimiento. Aun así, el movimiento ágil y determinado de los dedos del italiano espantan cualquier pensamiento pesaroso, jugando con mi punto débil y arrancándome gemidos y jadeos que aunque intento callar se escapan.
Cerrar las piernas es una lucha en vano contra el diablo que susurra en mis oídos que me permita caer en el juego del mal. Massimiliano separa mis rodillas de golpe, dignándose a mirarme al fin, complacido con lo que tiene ante sus ojos. No le quito la mirada de encima mientras abro la boca para respirar, luchando con el éxtasis que noquea mis ideas.
—Abre más. —Ordena.
Y obedezco, enterrando las uñas en el cuero del asiento cuando respirar se me dificulta. Gimo, disfrutando de la excitación, sus dedos experimentados trazan círculos desde adentro sin descuidar mi clítoris con el pulgar. Voy a enloquecer, exhalo.
—Para, para.
No cede a mi petición que más bien suena como una súplica. Sonríe antes de lamerse los labios, entonces me fijo en las dos rayas atractivas que se forman en sus mejillas cuando lo hace. Y en la barba incipiente que se deja y que lo hace ver como modelo de revista.
Maldito desgraciado.
Me tiene al borde del colapso.
Cierro los ojos cuando el orgasmo se avecina, lo espero ansiosa. Pero me templo cuando el sujeto me arranca las bragas, el crujir de ellas acaba con cualquier momento de placer, paz y calma que estuviese brindándome. Es allí cuando la sensación de culpa verdadera y asco se hacen agobiantes.
Pienso en Nader realmente, en su familia y en nosotros.
En que lo he jodido todo de cierta manera.
Y es cuando me fijo en el lugar en el que estamos, el vehículo se ha detenido y ni siquiera me había fijado de que debemos tener rato aquí.
Massimiliano se guarda lo que queda de mis pantaletas en el bolsillo de su pantalón y mira por el retrovisor antes de empinarse la botella de vino y bajarse, dejándola nuevamente en donde estaba.
Me apresuro a correr detrás de él, asustada por lo que sea que se le ocurra hacer. Afuera no hay nadie y es un alivio que los autos de los padres de Nader no estén.
—Espera, qué carajo haces.
Se voltea hacia mí.
—¿Qué parece que hago?
—No puedes entrar aquí, ¿para qué? ¿Quieres humillarme?
—No seas tan descarada y doble moral ¿Te asusta que la familia de tu perfecto novio sepa que te estaba masturbando un "desconocido"?
—Cállate —Me desespero, mirando a mi alrededor con los nervios a punto de irse por un barranco—. Cállate y lárgate de aquí.
Me ve, alzando las cejas, serio. Odio su maldita cara tan perfecta y que haya hecho que mis valores morales desaparecieran.
«Fue un desliz, nada más. A todos les pasa»
Que se muerda los labios mientras avanza contra mí me hace anclar los pies al suelo. Nerviosa, asustada.
—No eres una santa, Biana, guardas demonios. Y ¿sabes algo? Me encanta sacar lo peor de las mujeres como tú.
Tiemblo.
—Ni siquiera te he tocado bien y mira nada más como te pones. Qué noviazgo de mierda tienes que nunca te han hecho sentir.
—No hables sin saber, abusador asqueroso.
La risa burlona que suelta sirve como pólvora para mi mal humor.
—Te veo luego. —Regresa a su auto, guiñándome el ojo.
—Una mierda verás.
—¿Cuánto quieres apostar que nos veremos otra vez? O mejor ¿Cuánto quieres apostar a que suplicarás por mí?
Me giro para no verlo mientras que camino hasta el portón de la mansión de los Musbah. Escucho el motor del auto cuando se enciende y las luces que alumbran en mi dirección.
«Dios mío, ayúdame»
Respiro agitada, aferrándome a la idea de que tal vez el imbécil italiano va a dejarme en paz, que se largará a su país. El auto desaparece de la calle y me permito tomar aire por fin; recordar la sensación de sus dedos entrando y saliendo me contraen. También me pesan.
Nader no merece esto.
Soy una ingrata infiel, aunque técnicamente no le fallé. Ni siquiera lo besé. Y así no cuenta.
Además, nunca más le veré, no volverá a suceder.
••••••••••••••••••••••••••••••••
Gracias por leerme. Pueden conseguirme en i********: como: @ginamorrisescribe
Nos encontramos pronto en una próxima actualización. Besos.