La puerta de la mansión se abre con mi llegada y temo porque alguien haya visto algo fuera de lugar mientras que estaba en la entrada con Massimiliano. Por suerte nadie dice nada y tampoco noto miradas extrañas, Nader es el primero en abrazarme y la culpa por lo acontecido minutos atrás me invade, la abuela Zoila nos ve encantada y yo rompo a llorar como una idiota. Siento ganas de vomitar.
Yassir y Hussam sonríen entre ellos, enternecidos al ver la escena que parece de una novia que llora de felicidad y melancolía por contar con el amor de un hombre tan perfecto como su hijo, y no porque en realidad sea la crueldad de mi mente llamándome zorra por dejarme meter los dedos de un desconocido que me hizo olvidar por minutos que estoy en una relación.
Nader deja un beso en mi mejilla y sorbo por la nariz, aferrándome a la tela de su camiseta.
—Lo siento, soy una llorona —Me río de mi misma, tratando de parecer una chica normal y disimular—. Hoy tuve un buen día, mañana la abuela y yo podremos irnos de acá por fin, y de verdad que estoy muy agradecida con todo lo que han hecho por nosotras, no sé cómo pagarles.
Siendo leal y fiel es una buena idea.
«Debo dejar de recriminarme o me volveré loca»
—Eres parte de nuestra familia, Biana —El acento del señor Hussem es bastante marcado a pesar de los años que tiene aquí—. Nuestro hijo te ama y nosotros también.
«Tengo que darme de frente contra una pared de concreto»
—No tienes que irte —Interrumpe Nader, sensibilizado por mi emotividad—. Bi, creo que nosotros...
La mirada de su padre lo detiene, y entiendo que no esté de acuerdo con lo que su hijo estaba pensando en soltar. Yo tampoco estoy lista para asumir la responsabilidad de la convivencia, mucho menos para casarme, menos ahora después de lo que ha sucedido.
Porque tal vez eso significa que no soy suficiente para él.
Que quizá no esté tan enamorada como creía.
Nader cambia de tema con la ayuda de Hussam y la abuela se va a la cocina con Yassir para ayudarla con la cena. Yo aprovecho la oportunidad para escapar de allí y me largo a la primera planta de la mansión, arrastrando los pies con el corazón latiendo desbocado todavía y el remordimiento descociéndome.
La habitación en la que duermo tiene su baño privado, me desvisto tan rápido como puedo para quitarme la contaminación de encima. Me siento sucia.
El cuarto de al lado es el de Nader, por motivos morales nos separaron, así que no dormimos juntos. Y está bien, se supone que llevamos nueve años de relación ante la vista de todos como unos muertos vivientes y en abstinencia. Costumbres de musulmanes, es entendible.
El agua me acaricia la piel, empapándome el cabello. Está fría y sirve para bajar la calentura que traigo desde hace minutos, sólo con cerrar los ojos revivo la sensación de los pálidos dedos del italiano calando mi canal apretado «Massimiliano», imagino que es él quien me toca mientras mis dedos juguetones y temerosos se animan a bajar hasta mi pelvis, tanteando y probando si soy capaz de tocarme yo misma.
Me niego a seguir fantaseando con un hombre que no conozco y que además es un imbécil grosero porque estoy en una relación de años, pero mi mente se niega y jadeo cuando tanteo la abertura que me invita a sumergir mis propios dedos.
Escucho que la puerta del baño se abre y pego un brinco, no esperaba visitas.
—Amor, mi madre va a...
Y salgo de la ducha en un impulso hormonal mío, dejando a Nader a medio hablar. Me observa completamente desnuda, no me avergüenzo. No hay nadie en este mundo al que más confianza le tenga como a él.
Necesito probarme a mí misma que todo lo que mi mente maquina ahora es un efecto de dos semanas sin tener sexo con el amor de mi vida, porque con la abuela aquí y los padres de él al pendiente de todo el movimiento dentro de la mansión es imposible tener un momento a solas. Camino, echándome el cabello hacia atrás para que pueda tener una vista perfecta de lo que se está perdiendo por ser un hijo obediente.
—¿Qué haces?
Sonríe de lado, la sorpresa decorando su voz. La expresión divertida que lleva me invita a tomarlo de la mano para meterlo conmigo a la ducha. Pero se detiene.
—Hey, no, cariño. Abajo nos esperan para cenar.
—No van a escucharnos.
—Bi...
Le cubro la boca con las manos, jugando mi mejor carta para seducirlo y meterlo a la cama sólo un rato. Con eso de que ni siquiera puedo gatear hasta su habitación está complicada la cosa ¿no? Y soy un ser humano con necesidades, mi periodo está a nada de llegar y es la fecha en la que mi deseo s****l se va a la cúspide. Es difícil mantenerme quieta y no entrar en colapso.
Tenemos la suficiente confianza para todo, aunque no para hablar abiertamente sobre sexo. Sin embargo, es algo que me gustaría cambiar, y sé que si tomo la iniciativa para ello él podrá abrirse un poco con respecto al tema.
Se deja manejar por mí cuando lo empujo contra el inodoro, haciendo que se siente sobre la tapa del váter. Trata de ocultar la sonrisa pero falla, me meto entre sus piernas, levantándole el mentón para que me vea y entienda que soy su mujer.
—Quiero que me hagas el amor.
Y lo beso, la calentura se acentúa y aprovecho que ha bajado la guardia para meter la mano dentro de su pantalón.
—Hey, hey —Trata de detenerme pero soy más rápida y le cojo el m*****o, sacándole una sonrisa perversa—. Mi amor, por favor...
—Anda, bebé. Por favor, necesito un poco de atención.
Nunca antes me había sentido tan humillada, jamás pensé que tendría que rogar para conseguir sexo.
Siempre hay una primera vez y tomo esto como un método para recuperar la chispa de nuestra relación.
Le bajo el cierre cuando me doy cuenta de que forcejeo demasiado con lo apretado que está su pantalón, preparando así el campo para la guerra que se avecina. Incluso me emociona la manera en que se prende de mis tetas, porque quiere decir que va a acceder a mi petición. Esta vez es él quien me besa, invitándome a sentar sobre sus piernas.
Quiero probar otras cosas hoy. Mi creatividad y calentura están al límite.
No me interesa quién esté abajo. Quiero experimentar más.
—Vamos a hacerlo por detrás.
Y mi invitación detiene el acto en seco, hasta escucho el frenazo mental.
Me empuja con cuidado para que me aleje de él, casi caigo al suelo de trasero de no ser porque me sostengo de sus brazos.
—Bájate, Biana.
No entiendo un carajo.
¿Qué?
Me pongo de pie, mirándole perdida.
—Te he dicho que mi madre nos espera abajo y tú estás aquí como una cabra loca, pidiendo sexo —Se exaspera, poniéndose de pie. Está enojado—, y hablando como lo hacen las mujeres de la calle. Cómo que quieres hacerlo por detrás ¿Con quién te juntas ahora? No me gusta que hables como una ramera...
Se me suben los colores a las mejillas y evito ponerme a llorar aunque fallo, cojo la toalla de la puerta de la ducha y me cubro porque la vergüenza no me cabe encima.
—Nader, yo...
—No, no. Piensa bien, mira nada más como me estabas obligando a prácticamente...
—¿Es que ya no te gusto? —Me quiebro, no puedo esconder las lágrimas—. ¿Es eso verdad? ¿Ya no te parezco bonita? No quieres estar conmigo.
Suspira, mirando la hora en su muñeca.
—Bi, no se trata de eso. Quiero que recapacites.
—No tengo que recapacitar, ¿es que no eres humano? ¿Por las noches no quieres tener sexo? ¿no me extrañas? ¡Tenemos dos semanas sin follar!
Que empiece a gritar lo altera. Sé que no quiere hacer público que tenemos vida íntima desde hace un buen tiempo ¡Pero al carajo! Ambos somos adultos, me importa un comino su religión.
—Baja la voz, Biana. Nuestra familia está abajo, báñate, vístete y baja como una mujer normal...
—Ah es que ahora soy una anormal por querer coger con mi novio.
Rueda los ojos, dándose la vuelta para irse por donde entró.
—No me gusta tu manera tan grosera de decir las cosas ahora. Respeta. Hablaremos luego ¿vale? Mañana acordamos un lugar y...
—No importa, Nader. De igual manera mañana me iré de aquí.
—Que te vayas no significa que terminaremos. Compórtate, por favor.
Y se va, dejándome hecha un mar de lágrimas.
Cómo se supone que idealizas una vida en compañía de alguien que pretende amordazarte, acallar tus impulsos humanos y eliminar cualquier atisbo de la esencia propia, limitar lo que eres. El amor no se trata de una adaptación obligatoria y demandante. El amor es libertad, es entrega y confianza; es mucho más que dar y recibir, es comprender, apoyar, sacrificar. Es empatizar y dejar ser, aceptar y amar los defectos.
Se trata de conocer los peores demonios de alguien y aun así entender que es a quien deseas contigo por el resto de la vida.
Es todo lo que Nader y yo no somos. Y no por mí, sino por él.
Cuando bajo todo parece ir normal, la música árabe me aturde y Zoila disfruta de una charla amena con mi suegra, la cual no para de verme desde que aparezco con el cabello húmedo. Tal vez por mi nariz roja que demuestra lo mucho que lloré en los cuarenta y cinco minutos que tardé en bajar desde que Nader salió de la habitación.
Trato de fingir que estoy bien, pero a juzgar por la mirada de Yassir sé que sospecha sobre un posible tropiezo de ambos. Alterna la mirada entre su hijo y yo.
Casi no toco mi plato y aunque Nader se muestra tierno y cariñoso mi actitud pone en alerta a todos sobre una posible discusión por la que estemos disgustados. Las mujeres somos un poco más demostrativas que los hombres en cuanto a caras de palo se refiere.
—Entonces, Bi. Nader nos ha dicho que te va bien en el restaurante.
Hussam trata de conversar conmigo por educación. Imagino que para tratar de quitarme la inexpresividad del rostro, también porque nunca había estado tan callada. Asiento.
—Es bueno saber que te va bien, hija. Cuéntame de la universidad.
—He congelado.
—¿Por qué? —Interrumpe la madre de Nader, mirándolo a él— ¿No tenías una beca?
Me encojo de hombros.
Pues sí, pero ya no.
—Me han suspendido, mis calificaciones bajaron un poco por no tener tiempo para estudiar. Sacrificios ¿no? La vida es dura.
—Ya verás las recompensas. —Me anima Yassir.
Empieza a molestarme la forma en que me mira y de sólo pensar que nos haya visto a Massimiliano y a mí afuera se me baja la tensión.
—Yo me he ofrecido a pagar la matrícula pero ella no quiere.
Ni miro al libanés cuando habla.
—No puedo aceptar eso, Nader no es mi marido. Y yo no soy una interesada.
—Bi, pero por qué eres tan cabeza dura —Se ríe el padre—. Es un placer saber que eres una mujer honrada, decente y buena, pero mi hijo te ama y sólo quiere ayudar. Dale el gusto.
Niego.
—No —Bebo un poco de agua, me empiezo a incomodar. Las manos me sudan—. Yo sola conseguiré mi beca otra vez. Estoy joven aún, no hay apuro.
Zoila me ve con ternura, orgullosa.
—El tiempo pasa, cielo —Esa es Yassir otra vez. Ve a su marido y sonríe—. Además, pronto vendrá la boda y luego los niños, no te quedará mucho tiempo libre para ti. Hablando de eso, ¿Ya has pensado en lo que usarás para la ceremonia de conversión?
Y maldigo internamente.
Nader no ha dicho nada.
No sé si es el momento correcto para ser sincera, pero es ahora o nunca ¿Cuánto más voy a esperar para que se enteren de una vez que ser muslim no es algo que desee?
—Es que no voy a convertirme al islam —La noticia enmudece la mesa por completo—. Pensé que Nader ya se los había dicho. No quiero ser musulmana, me gusta ser lo que soy, eso está bien para mí, funciona.
El silencio incómodo que se extiende provoca gestos disimulados por parte de la abuela que seguramente quiere matarme por ser tan indiscreta.
—Con tanto trabajo no había tenido tiempo de comentarlo —Se excusa mi novio—. Las juntas con los Benedetti no es asunto fácil, y casualmente hoy llegó de Italia el vicepresidente de la corporación...
Empiezo a toser, la garganta se me cierra con lo que he escuchado y creo que moriré asfixiada.
Encima de que atravieso una crisis en mi relación por culpa del maldito italiano, éste también se inmiscuye en la vida de mi novio.
No puede ser.
—¿Estás bien? —Me pregunta la abuela cuando un ataque de tos me deja sin aire.
Asiento, colorada. Recomponiéndome.
—Continúa, es interesante el tema de los Benedetti, ¿no eran los mismos que querían sacarte del terreno donde tienes la tienda de celulares?
Trato de ahondar más en el tema. Como quien no desea saber mucho.
—Sí, pero me han ofrecido un negociazo al que es imposible decir que no. Y sí, sé que no es excusa para haber omitido el detalle de que Biana no quiere ser musulmana, pero creo que no es de importancia ¿Cierto? Yo amo a Bi y ella a mí, ni las culturas o religiones pueden separarnos.
Las caras contrariadas de sus padres demuestran que sí que tiene importancia, pero son personas inteligentes que lo conversarán en otra ocasión, cuando yo quizá no esté, y no ahora. Por eso callan y asienten, con una sonrisa falsa que parece más bien una mueca.
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—Es que estás loca.
Diez de la noche y me trago todo el licor que me queda en el vaso. Araiza se ríe de la expresión involuntaria de Laura, hemos terminado temprano por segundo día consecutivo y me ha invitado a coger unas copas con ella y Lau. Algo así como una noche de chicas, y por primera vez me siento como una mujer normal de mi edad.
El restaurante estuvo pesado hoy y temo porque el hombre cuyo rostro me atormenta en los sueños tenga que ver con la poca visita que tuvimos hoy.
—Entiéndeme, estaba estresada y los niños no se dormían ¿Qué más podía hacer?
—No lo sé, follar en la madrugada tal vez. —Contesta mi amiga, burlándose de la idea tan peculiar de mi jefa al encerrar a sus hijos en el baño para follarse al marido.
—Qué puta envidia. —Suelto yo— ¡Salud por eso, venga!
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Te montaron los cuernos? ¿o de qué va tu cara de patética toda la noche?
Me paso la mano por la cara. Tengo sueño, pero me rehuso a volver con la abuela; nos mudamos hoy en la mañana antes de que entrara a trabajar. Nader nos acompañó en todo el proceso y se encargó de verificar que no nos faltara nada, luego de que se fue me cayó un buen sermón por mi actitud "indiscreta" de la noche anterior.
Zoila no es tonta, sabe que algo me pasa. Sé que en cualquier momento empezará a interrogarme y no soy buena guardándole secretos, no quiero soltarle que me he pasado la noche en vela pensando en un tipo que no es mi novio, el cual me metió los dedos como si fuera vaso de whisky.
Dios mío, es que hasta por recordar se me ponen los vellos de punta.
No quiero hablar del tema, pero si no lo suelto tal vez explote con tanta culpa.
—Le fui infiel a Nader.
Laura se atraganta con la cerveza y Araiza me ve seria, medio incrédula. Ella no lo conoce pero tiene una imagen sobre mí bastante parecida a ser una chica inocente y tonta.
—Pero qué mierda estás diciendo, mujer. ¿Tú? ¿La monja virgen? Imposible... Pero si tú eres casi musulmana. No puede ser cierto ¿A quién te cogiste?
Me cubro la cara avergonzada.
Laura tiene la boca abierta, quiere reír pero el impacto de mis palabras se lo impiden.
—Es que no me lo he cogido, Dios quiera que no suceda.
—¿Dios quiera? Hermana, si tú quieres no hay Dios que valga.
—Ay, Laura, por favor. Deja a Biana tranquila, ella no es como nosotras. —Es un alivio saber que lo que sigo transmitiendo sea pureza y decencia. Araiza me sonríe de lado, dándome ánimos.
—Oh, sí que es como nosotras. Conozco a las de su tipo, santas por fuera y diablas por dentro.
—Ay por favor, ya, que me ruborizo.
Necesito más alcohol para continuar con la confesión. Pido un chupito antes de seguir, las dos mujeres están atentas.
Es que ni siquiera sé si es correcto contar esto. Debería llevármelo a la tumba ¿cierto? Porque si alguna llegase a abrir la boca mi relación de nueve años tambalearía en la cuerda floja. Pero, también necesito hablarlo o voy a ahogarme con lo que siento.
—El tipo me folló con los dedos, en su auto y frente a la mansión de mi novio.
—¡Eres una zorrita, dame esos cinco! —Laura se emociona a diferencia de Araiza que la ve en desacuerdo, apoyando su mano sobre mi hombro, brindándome una sensación de calma y apoyo.
Es maternal y me gusta lo reconfortante de su gesto.
—A ver, Bi. Eso no significa que hayas sido infiel, solo fue un momento de debilidad. Somos humanos, son cosas que pasan.
—Es que si fuera él, yo... No sé si le perdonaría algo como eso.
—Todos cometemos errores, Bi.
Tiene razón.
—El problema es que... No dejo de pensar en ese hombre.
Me siento mal por dirigir la mayoría de mis pensamientos, sobre todo los lujuriosos, a un hombre que no es mi novio. Es incorrecto, no está bien.
—Cógetelo, ve y cógetelo.
—Laura, para. No seas bandida, que Biana es una niña decente.
—Decente los huevos que no tengo. A ver —Respiro profundo ante la excesiva atención de mi amiga—. ¿Quién es el demonio que se ha atrevido a corromper a nuestra mojigata favorita?
La miro con fastidio.
—No soy ninguna mojigata.
—Claro que no, mira nada más lo que haces cuando nadie te ve. Eres una diablilla escondida.
Se ríe. Y me molesta que tome la situación de chiste.
—Si les cuento esto es porque tengo que desahogarme, me pesa. Se siente horrible ver a los ojos a alguien que te quiere y que ha estado para ti siempre, y pensar en que te le has burlado. No quiero sus críticas ni chistecitos, sólo quiero un consejo o algo que me haga sentir mejor.
—No te le burlaste, sólo fue un tropiezo —La rubia de ojos azules es amable conmigo desde que me contrató, parece una madre. A diferencia de Laura que siempre ha tratado de empujarme a la locura—. La pregunta verdadera es, ¿Te arrepientes? Si pudieras cambiar las cosas que suceden ¿Evitarías volver a cruzarte con ese hombre?
Me lo pienso bien.
Lo que verdaderamente me duele es haberme fallado a mí misma, saber que la crianza que mis abuelos me dieron no valió nada. Que he faltado como dama, que debería estar pensando en recuperar mi vida s****l con mi novio de toda la vida y en lugar de eso me he pasado todo el puto día fantaseando con los dedos de Massimiliano Benedetti.
Es una maldición.
No quiero sentirme así.
Está mal.
—No —Confieso.
La verdad es que no evitaría nada.
—Mírala nada más. —Mi ex supervisora alza su copa para brindar—. ¡Salud por la liberación de Biana! Nada es mejor que salir del clóset.
Y se traga todo el vodka.
Araiza y yo la ignoramos porque capaz y es el efecto del alcohol haciendo estragos en ella.
—Lo que te hace sentir infiel no es el acto de dejarte tocar por ese tipo. Es el deseo de repetir y culminar lo que él despertó en ti.
Que Araiza pueda comprender lo que siento me asusta, es un golpe espantoso directo al hígado. Porque decirlo en voz alta suena muchísimo peor de lo que imaginaba.
—¿Está tan mal desear a otra persona que no sea tu pareja?
—Pues sí. —Laura es sincera. A estas alturas ya no me irrita su constante ataque mofado.
—Tal vez sólo estás aburrida, y eso no significa que no le ames. Simplemente pasan por malos momentos como toda relación, es ahora cuando ese amor que han construido durante tanto tiempo servirá de salvación para que no caigan al abismo. Si realmente amas a tu novio, a Nader, entonces cállate la boca y no le digas a nadie más sobre esto. Y ponte en plan: recuperación de la llama.
Es que él ni siquiera está interesado en tocarme.
—¿No has escuchado el rumor ese de que los árabes son mal polvo? —Me río con el comentario de Laura. Ella siempre tan ella.
Alcoholizada es un poco más loca.
—Eso no es cierto.
—¿Cómo lo sabes? Si ha sido el único tipo con el que has follado. No puedes comparar ¿eh? Tu experiencia limitada no te lo permite.
—Cállate, Laura, que no ayudas. Biana tiene una confusión enorme y tú ahí jodiendo con tus chistes malos.
La risotada que suelta se nos contagia. La noche continúa entre tragos, confesiones, ideas frustrantes y planes romanticones que según ellas me ayudarán a revivir mi relación con Nader.