—¿Vas a dejarme? —gruñe preocupado. Y verlo fuera de sí me excita, tanto que me recrimino por no estar asustada al verlo cambiar de actitud tan radical. Niego. No voy a dejarlo, amo a Nader. Por supuesto que me duele enterarme de que me ha sido infiel, pero esa carta ya se la devolví sin saber. Y uno por uno no es trampa. Me arranca los botones del vestido, los cuales se esparcen por el piso a la vez que su boca rosada se estrella contra mi cuello, dejando chupones que me hacen temblar. —No quiero que sigas siendo el buen musulmán que tanto profesas ser —le pido—. Si tienes los malditos huevos para cogerte a desconocidas de la calle tenlos para satisfacerme a mí que soy tu mujer. —No quería desprestigiarte —Se excusa, desatando la correa de su pantalón, desesperado por liberar la ere

