LOS AMIGOS ESTÁN PARA ESTO

2728 Words
[ZAED] Continúo observando la escena sin ser capaz de apartar la mirada. Alejandro sigue besando a Nayra como si llevara toda la vida esperando ese momento y temiera que ella fuera a desaparecer en cuanto separara los labios de los suyos. La forma en que la sostiene, la necesidad con la que la acerca a su cuerpo y la expresión que tiene en el rostro dejan muy claro que ese beso no ha sido un impulso cualquiera. Lo había deseado durante demasiado tiempo. A mi lado, Samantha deja de bailar al darse cuenta de que hace rato dejé de seguir el ritmo de la música. —¿Qué sucede? —pregunta. No respondo. Ni siquiera creo haberla escuchado. Ella sigue la dirección de mi mirada y, apenas comprende lo que está ocurriendo, deja escapar una pequeña risa. —Ah... ya entiendo. Permanece unos segundos observándolos. —Vaya beso... No quiero escucharla. No quiero escuchar a nadie. Continúo mirando a Nayra y entonces noto que pierde ligeramente el equilibrio. Se tambalea apenas unos centímetros y termina sujetándose del hombro de Alejandro mientras baja la cabeza como si todo comenzara a darle vueltas. Frunzo el ceño. Durante toda la noche estuve demasiado pendiente de lo que ocurría entre ellos y ni siquiera me di cuenta de cuánto había bebido. —Discúlpame, Sam. Ni espero su respuesta. Me aparto de ella y atravieso la pista de baile abriéndome paso entre la gente hasta llegar junto a ellos. —Nayra, ¿te encuentras bien? Ella levanta apenas la cabeza para mirarme. Tiene los ojos algo perdidos y tarda unos segundos en enfocar mi rostro. —Estoy... No termina la frase. Vuelve a cerrar los ojos un instante mientras intenta mantener el equilibrio. Alejandro la sostiene por la cintura. —Yo me ocupo, Zaed. Su propuesta solo consigue aumentar el enfado que ya empezaba a crecer dentro de mí. Lo miro directamente. —Ya vi cómo te ocupas. Mi tono sale mucho más duro de lo que pretendía. —Aprovechándote de que tiene algunos tragos de más. Sin esperar una respuesta, rodeo la cintura de Nayra con un brazo y hago que se apoye sobre mí. —Ven. Ella apenas opone resistencia. Se limita a caminar a mi lado con pasos torpes mientras intenta mantenerse de pie. —¡Zaed! ¡Yo la llevo a casa! Alejandro nos sigue inmediatamente. No me detengo. Ni siquiera me giro para mirarlo. —Tú y yo vamos a hablar después. Las palabras salen secas. Contenidas. Porque si sigo hablando probablemente termine diciendo cosas de las que luego me arrepienta. —No hace falta que te preocupes. Yo la llevo. Continúo caminando. —Y donde menos ibas a llevarla tú era a su casa. Esta vez sí noto que mis palabras lo golpean. No espero a escuchar su respuesta. Sigo avanzando con Nayra apoyada contra mí hasta abandonar el bar. El aire fresco de la noche golpea nuestros rostros apenas cruzamos la puerta. Ella inspira profundamente. —Hace frío... Murmura aquellas palabras casi entre dientes mientras intenta acomodarse mejor sobre mi hombro. —Ya llegamos al coche. Camina despacio, dejando casi todo su peso sobre mí. No puedo evitar volver a pensar en lo que acaba de ocurrir. Alejandro me aseguró que estaba enamorado de ella. Lo dijo completamente convencido. Recuerdo perfectamente aquella conversación. Por eso no consigo entender lo que acabo de presenciar. Si realmente la quisiera como asegura, habría esperado. Habría buscado el momento adecuado para decirle lo que siente. La habría besado cuando ella estuviera completamente consciente de lo que estaba ocurriendo. No así. No mientras apenas podía mantenerse en pie. Solo imaginar que hubiera sido otro hombre el que encontrara a Nayra en ese estado hace que la rabia vuelva a recorrerme el cuerpo. Llegamos finalmente hasta el coche. Abro la puerta del acompañante con cuidado y la ayudo a sentarse. El vestido se desliza un poco más arriba de lo debido al acomodarse sobre el asiento. Desvío la mirada un instante antes de bajar suavemente la tela hasta cubrir nuevamente sus piernas. Después le coloco el cinturón de seguridad. Ella deja caer la cabeza contra el respaldo mientras observa mis movimientos con expresión ausente. —Gracias... Su voz apenas es un susurro. —No tienes que agradecerme nada. Cierro la puerta y rodeo el coche para ocupar mi asiento. En cuanto pongo el motor en marcha vuelvo a mirarla. Tiene la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla y mantiene los ojos cerrados. Parece completamente agotada. No entiendo cómo ha terminado bebiendo tanto. Normalmente controla muy bien el alcohol y, las pocas veces que ha perdido un poco la noción de las cosas, siempre ha sido conmigo. Ese pensamiento consigue arrancarme una sonrisa. Todavía recuerdo perfectamente la primera vez que se emborrachó. Éramos bastante más jóvenes. No podía llevarla a su casa en ese estado porque sus padres me habrían matado antes incluso de escuchar una explicación, así que terminé escondiéndola en mi habitación hasta la mañana siguiente. Apenas cruzó la puerta empezó a bailar en medio del dormitorio como si estuviera en el escenario de un concierto. Después decidió que la ropa le molestaba y comenzó a quitársela entre risas mientras yo intentaba convencerla de que se estuviera quieta. Nunca me había reído tanto. Y ella jamás volvió a dejarme olvidar aquella noche. Cada vez que sale el tema insiste en que exagero la historia. Yo sostengo exactamente lo contrario. Si alguien exagera, es ella cuando asegura que apenas había bebido. Sonrío sin darme cuenta. Tenemos tantos recuerdos juntos que probablemente podría escribir un libro entero con ellos. Buenos. Malos. Ridículos. Inolvidables. Y, aunque intento convencerme de que solo son recuerdos entre amigos, cada vez me resulta más difícil creer esa mentira. El resto del trayecto transcurre en silencio. Nayra permanece con la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, completamente ajena a todo lo que ocurre a su alrededor. De vez en cuando murmura algo que no consigo entender y vuelve a quedarse callada, luchando contra el sueño y el efecto del alcohol. Unos minutos después llego a casa. En lugar de detenerme frente a la entrada principal, conduzco directamente hasta el garaje. Prefiero evitar que alguno de los empleados la vea en ese estado y, sobre todo, que mañana las preguntas empiecen a multiplicarse sin necesidad. Pulso el control remoto. El portón comienza a levantarse lentamente. Espero a que termine de abrirse por completo antes de entrar con el coche y, una vez dentro, vuelvo a cerrarlo detrás de nosotros. Apago el motor y durante unos segundos me quedo observándola. Está profundamente dormida. El rostro, que hace apenas un par de horas irradiaba alegría mientras bailaba con el grupo, ahora transmite una tranquilidad casi infantil. Abro la puerta del acompañante y me agacho frente a ella. —Nayra... hemos llegado. Ella abre los ojos apenas un instante. —¿Ya? —Sí. Intenta desabrocharse el cinturón de seguridad, pero sus dedos no parecen obedecerle. Sonrío con resignación. —Déjame. Libero el cinturón y, antes de que vuelva a perder el equilibrio, rodeo su cintura con un brazo. —¿Puedes caminar? Ella hace un gesto ambiguo con la cabeza. —Creo que sí... Da un paso. Después otro. Al tercero vuelve a tambalearse. No espero a que termine en el suelo. La tomo en brazos con facilidad y cierro la puerta del coche con el pie. Ella apoya automáticamente la cabeza sobre mi hombro. —Pesas... murmura entre dientes. No puedo evitar reír. —Eso debería decirlo yo. Una pequeña sonrisa aparece en sus labios antes de volver a cerrar los ojos. Entro en la casa procurando no hacer el menor ruido. El silencio confirma lo que esperaba: todo el mundo ya está dormido. Agradezco no cruzarme con nadie. Explicar por qué llevo a Nayra en brazos hasta mi habitación sería bastante complicado. Subo las escaleras despacio, sujetándola con cuidado para que no se despierte sobresaltada. De vez en cuando mueve un poco la cabeza o acomoda una mano sobre mi pecho, completamente ajena a la revolución que lleva horas provocando dentro de mí. Cuando llego a mi dormitorio, empujo la puerta con el hombro y entro sin soltarla. La habitación permanece completamente a oscuras, iluminada únicamente por la tenue luz que entra desde el jardín. Me acerco a la cama y la deposito con cuidado sobre el colchón. Ella se acomoda casi de inmediato, abrazando una de las almohadas como si hubiera estado durmiendo allí toda la vida. Me quedo observándola unos segundos. No puedo creer que la noche haya terminado así. Y tampoco puedo dejar de pensar en lo que habría ocurrido si Alejandro hubiera insistido un poco más. Aprieto la mandíbula. No. Él no pensaba llevarla a su casa. Lo conozco demasiado bien para saber que aquella idea ni siquiera se le pasó por la cabeza. La habría llevado a la suya. Y solo imaginar esa posibilidad hace que los puños se me cierren de rabia. No porque crea que Alejandro sea un mal hombre. Sé perfectamente que no lo es. Pero esta noche no actuó como alguien enamorado. Actuó como un hombre que vio una oportunidad y decidió aprovecharla. Eso es lo que realmente me molesta. Porque Nayra no estaba en condiciones de decidir nada. Y jamás permitiría que alguien se aprovechara de ella de esa manera. Jamás. Respiro hondo intentando calmarme. No tiene sentido seguir dando vueltas a algo que ya pasó. Mañana hablaré con Alejandro. Y esa conversación no va a ser precisamente agradable. Aparto la vista de ella y camino hasta el sofá que hay junto a la ventana para tomar la manta que siempre permanece doblada sobre el respaldo. Regreso hasta la cama. Con cuidado la cubro hasta los hombros para que no pase frío durante la noche. Ella se mueve apenas unos centímetros, buscando una postura más cómoda. Durante un instante parece que va a despertarse. No lo hace. Me siento en el borde de la cama y la observo unos segundos más. Es extraño. Cuando duerme desaparece por completo esa mujer impulsiva, desafiante y descarada con la que paso la mayor parte del tiempo. En su lugar solo queda una tranquilidad que pocas personas tienen la oportunidad de ver. Sonrío sin darme cuenta. Después niego para mis adentros. No puedo quedarme aquí. Si alguien entra mañana en mi habitación y nos encuentra durmiendo juntos, por muchas explicaciones que demos, será imposible evitar las sospechas. Todo el mundo conoce la confianza que existe entre nosotros. Pero compartir la misma cama ya pertenece a una categoría completamente distinta. Lo nuestro siempre ha sobrevivido precisamente porque ocurre cuando nadie mira. En secreto. Sin etiquetas. Sin promesas. Sin que nadie sospeche absolutamente nada. La observo una última vez antes de ponerme de pie. —Buenas noches, Nay... Murmuro casi sin voz. Ella no responde. Solo sigue durmiendo profundamente. Salgo de la habitación y cierro la puerta con cuidado. Mientras camino por el pasillo hacia una de las habitaciones de invitados, saco el móvil del bolsillo y escribo un mensaje a Alexandra. "Nayra está en casa. Había bebido un poco de más y preferí traerla aquí para que descansara. Mañana temprano la llevo o pasa cuando quieras." No tardan ni dos minutos en llegar los puntos de que está escribiendo. "Gracias por avisar. No es la primera vez que la rescatas. Dile mañana que la quiero mucho y que tenga un buen desayuno antes de volver." No puedo evitar sonreír. Alexandra siempre ha confiado en mí. Y esa confianza hace que el peso de todo esto resulte todavía más difícil de soportar. Entro en la habitación de invitados. Cierro la puerta. Me quito los zapatos, el cinturón, el pantalón y la camiseta antes de dejarme caer sobre la cama. Ha sido una noche demasiado larga. Y, por alguna razón, presiento que mañana será todavía peor. [...] [A la mañana siguiente] Unos golpes suaves en la puerta consiguen despertarme de golpe. Abro los ojos todavía desorientado y necesito un par de segundos para recordar por qué no estoy durmiendo en mi habitación. Entonces todo vuelve a mi cabeza. El bar. El beso. Alejandro. Nayra. —Adelante... La puerta se abre lentamente. Y allí está ella. —Hola... Me dedica una media sonrisa mientras entra en la habitación y cierra la puerta detrás de sí. El cabello todavía está un poco desordenado y lleva puesta una de mis camisetas, seguramente la que utilizó alguna vez para dormir cuando se quedaba aquí después de alguna fiesta. La imagen consigue arrancarme una sonrisa. —Hola. ¿Cómo te sientes? Ella se acerca despacio y se sienta en el borde de la cama. —Mejor de lo que debería. Ya se me pasaron los tragos. Hay algo de vergüenza en su voz. Baja la vista un instante antes de volver a mirarme. —¿Recuerdas lo que pasó anoche? Ella asiente despacio. —Sí. No estaba tan borracha como para olvidarlo todo. Su respuesta me hace respirar un poco más tranquilo. —Entonces recuerdas el beso con Alejandro. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Ella termina suspirando. —Sí... Recuerdo que me tomó completamente por sorpresa. No aparto la mirada de sus ojos. —Pero le respondiste. Lo digo sin reproche. Solo necesito entenderlo. Ella baja la vista. —Zaed... estaba mareada. Reaccioné por impulso. Honestamente, todavía no sé muy bien qué pasó. Permanezco unos segundos en silencio, ordenando las palabras antes de hablar. —Lo que pasó es que Alejandro está enamorado de ti. O, al menos, eso me dijo hace tiempo. Ella levanta la cabeza de golpe. —¿Qué? La sorpresa en su rostro parece completamente sincera. —¿Enamorado de mí? Asiento despacio. —¿No te habías dado cuenta? Te mira como si fueras la única mujer del planeta cada vez que entras en una habitación. Ella niega lentamente. —No... De verdad no lo sabía. Su respuesta termina de convencerme de que dice la verdad. Durante unos segundos permanece completamente callada, procesando la información. —¿Y ahora que lo sabes? —pregunto finalmente. Ella se encoge ligeramente de hombros. —Nada. Frunzo el ceño. —¿No sientes nada por él? Su respuesta llega sin necesidad de pensarlo. —No. Después deja escapar un largo suspiro. —Ya sabes perfectamente lo que pienso del amor. Claro que lo sé. Desde que Mateo le destrozó el corazón engañándola con otra mujer y dejándola embarazada, Nayra levantó un muro que nadie ha conseguido derribar. Aquel fue el único año en que ella y yo dejamos de cruzar la línea. Todavía recuerdo la noche en que descubrió la verdad. Llegó completamente destrozada. Lloró durante horas entre mis brazos hasta quedarse sin lágrimas. Y fue precisamente aquella noche cuando volvimos a besarnos, como si todo el tiempo que habíamos intentado mantener las distancias nunca hubiera existido. Sonrío con cierta nostalgia. —Lo sé. Según tú, el amor no existe. Es una mentira que primero te hace sentir invencible y luego encuentra la manera de estrellarte contra el suelo. También recuerdo que me explicaste, con bastante detalle, que los hombres somos unos imbéciles. Ella ríe. —Sigo pensando exactamente lo mismo. —Quizá con Alejandro... Ni siquiera me deja terminar. —No, Zaed. Su tono es tranquilo, pero completamente firme. —Ya sabes cómo pienso. Levanto ambas manos en señal de rendición. —Vale. No insisto más. Su expresión se relaja de inmediato. —Mucho mejor. La observo unos segundos. Después sonrío. —Solo dime una cosa. Entrecierra los ojos. —¿Cuál? No puedo evitar burlarme un poco para aliviar la tensión. —¿Besa mejor que yo? Ella rompe a reír. Una risa limpia. Espontánea. De esas que siempre consiguen contagiarme. —No. Se pone de pie mientras niega con la cabeza. —Solo tú sabes exactamente cómo me gusta que me besen. La veo caminar hacia la puerta. Antes de salir se vuelve una última vez. —Gracias por cuidarme. Sonrío. —Para eso están los amigos. Ella se ríe mientras abandona la habitación. La puerta se cierra detrás de ella. Me dejo caer nuevamente sobre la almohada y cierro los ojos. Ahora solo queda enfrentar la conversación con Alejandro. Y tengo la sensación de que va a ser mucho más complicada de lo que cualquiera de los dos imagina.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD