El imprevisto Davide se conviritió en una quimera que me emborrachaba con risas. Cuando me preguntaban por qué se había terminado con mi marido —una pregunta recurrente sobre todo entre mis compañeras—, contaba mi historia, también para vaciar el rencor restante, y trazaba de forma perfectamente negativa las dos figuras, origen de mis males: el traidor y su amante. Me encontraba con el asenso de mis interlocutores al señalar a los responsables y me daba cuenta del choque con la otra verdad, diferente de la descrita, en la que nadie era culpable, o mejor dicho, yo también lo era. Volvía a pensar en mí misma, en Davide, y luego me endurecí, casi incómodamente, por aquellas palabras de condena pronunciadas instintivamente que, en ese momento, ya no me daban la satisfacción inicial; contin

