Antes de que Joaquín pudiera decir algo, fueron interrumpidos.
—¡Mirella! —gritó Olga, que venía corriendo hacia ellos, casi cayendo encima de su amiga. Su rostro mostraba una mezcla de emoción y satisfacción—. ¡La encontré! Está en el bar con un tipo, tenemos que ir ahora mismo.
Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la mano con fuerza y tiró de ella con urgencia.
Mirella apenas pudo responder. Fue jalada por Olga sin precaución y, mientras caminaba detrás de ella, recordó al hombre con el que hablaba. Se detuvo un instante y giró la cabeza.
—Adiós —alcanzó a decirle, apenas audible, mientras Olga la arrastraba lejos.
Olga, sin dejar de caminar, rodeó el brazo de Mirella con el suyo y, al pasar, lanzó una mirada rápida al hombre que quedaba atrás.
—Oye... ¿Quién es ese tipo?
Mirella negó con la cabeza mientras intentaba explicar la situación.
—No lo sé… solo se acercó y se presentó —respondió en voz baja.
Ambas siguieron cuchicheando entre ellas mientras caminaban por el pasillo, alejándose rápidamente.
Joaquín observó cómo la mujer se alejaba. Seguía con el ceño fruncido, incrédulo. No podía entenderlo. Normalmente, las mujeres se le acercaban sin pensarlo dos veces, hacían cualquier cosa por llamar su atención, por estar con él. Pero esta chica… ¿acaso no sabía quién era?
Resopló con fastidio y giró sobre sus talones, caminando con paso firme por el pasillo.
Su asistente, que había presenciado toda la escena desde una corta distancia, estaba impactado. En todo el tiempo que llevaba trabajando para él, era la primera vez que veía a una mujer ignorar por completo a su jefe.
Olga y Mirella entraron sigilosamente al bar. Olga hizo un leve gesto con la cabeza para que Mirella girara hacia la barra. Caminaron con aparente descuido hasta acercarse a una mujer que no pasaba desapercibida.
Vestía un corto y despampanante vestido, su maquillaje era llamativo y su larga cabellera rubia caía sobre su espalda como una cascada brillante. Bebía un cóctel con aire despreocupado mientras conversaba animadamente con un hombre que, a los ojos de las chicas, parecía adinerado y muy atractivo.
—¿Será el empresario multimillonario del que hablaba el jefe? —susurró Olga, llena de curiosidad, sin apartar la vista de la pareja.
Mirella examinó con atención la situación. Observó cómo la pareja coqueteaba entre copa y copa, intercambiando miradas y sonrisas cargadas de intención.
—No lo sé… Está bien vestido y, por su porte, parece rico. Pero… hay algo en él que no me cuadra —dijo con desconfianza—. Será mejor que sigamos vigilando. Iré hacia la izquierda para observar mejor.
Olga aprobó la idea asintiendo con entusiasmo y levantando el pulgar. Luego, exagerando su sigilo como si fuera parte de una misión secreta, avanzó hacia la barra. Se ubicó justo detrás de la mujer, procurando parecer casual y pidió una bebida mientras afinaba el oído para captar la conversación.
—Entonces… eres la famosa Tiana —dijo el hombre, moviendo su vaso en círculos para hacer tintinear los hielos.
La mujer sonrió con un aire misterioso.
—Sí. Vine aquí a relajarme un poco, a alejarme de mi vida en el espectáculo. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas? ¿Qué haces en este viaje? —preguntó de forma coqueta, antes de darle un sorbo a su copa.
Él le devolvió una sonrisa traviesa.
—No me quejo. Tengo algunos negocios... por aquí y por allá. Todo relacionado con textiles.
—¡Oh! —reaccionó ella con indiferencia, cambiando de actitud. Su expresión coqueta se desvaneció, dando paso a un gesto desinteresado. Aquel hombre no era lo que buscaba.
Tiana aspiraba a algo mucho más alto: alguien que le ofreciera estabilidad, poder, una riqueza que superara cualquier imaginación. Bajó la mirada, evaluando discretamente cómo deshacerse de él sin levantar sospechas.
Por su parte, el hombre se sentía encantado de que ella aún le dirigiera la palabra. No pensaba desperdiciar la oportunidad de compartir unos tragos con una estrella de la talla de Tiana. Sus amigos jamás le creerían esta historia.
Olga prestaba atención a cada palabra que decían. Pidió otra bebida ligera y tomó varios sorbos mientras escuchaba disimuladamente, aunque su rostro traicionaba sus emociones con una mezcla de incredulidad, asombro y burla ante la charla de la pareja.
Entonces, un hombre se sentó frente a ella.
—Hola —dijo con voz segura.
Olga, que justo se llevaba la copa a los labios, se detuvo al verlo. Era guapo, vestía un traje gris impecable y tenía una sonrisa contagiosa. Sus ojos brillaron de inmediato.
Bajó la copa y, con un tono coqueto, respondió:
—Hola.
En ese instante, olvidó por completo su misión de vigilar a Tiana. Toda su atención se concentró en el hombre que tenía delante.
Mirella, por otro lado, del barco, caminaba con tranquilidad. En su recorrido se cruzó con muchas personas; no solo la famosa Tiana estaba a bordo. También había otras celebridades: actores de cine, productores y figuras del mundo del espectáculo. Muchos de ellos no estaban acompañados por sus esposas y parecían viajar de incógnito.
Al notar algo sospechoso, Mirella se detuvo. Se escondió discretamente en un pasillo y sacó su celular. Comenzó a tomar fotografías, enfocando con cuidado a las personas que se reunían a lo lejos, semi escondidas detrás de unas plantas decorativas del salón principal. Estaba tan concentrada que incluso sacó ligeramente la lengua, como si eso pudiera ayudarla a enfocar mejor la imagen.
Sabía que esas fotos podrían valer mucho... o traerle problemas.
—¿Qué haces? —escuchó cerca de su oído.
Mirella dio un respingo y casi soltó el teléfono.
—¡Ah! —exclamó, sobresaltada.
—Me asustó —dijo, llevándose una mano al pecho agitado. Giró rápidamente y se encontró, para su sorpresa, con el mismo hombre de hacía un rato
—Yo… —titubeó, visiblemente nerviosa. La habían descubierto tomando fotos—. Veo... el hermoso paisaje...
Él alzó una ceja, escéptico.
El lugar donde estaban era un pasillo largo, oscuro y un tanto tenebroso. A lo lejos, apenas iluminados por una luz tenue, se distinguía claramente a una pareja besándose.
Mirella se dio un golpecito en la frente, frustrada consigo misma. Obviamente, él no iba a creer semejante excusa.