Avergonzada, se acomodó la ropa de píe en el mismo lugar mientras guardaba apresuradamente el teléfono en el bolso. Sabía que ya no podría seguir tomando fotos ahora que aquel hombre estaba presente. La presencia de él la incomodaba, como si hubiera sido sorprendida en plena falta. Como si encontraran a una niña haciendo una travesura.
Lo observó con recelo, entrecerrando los ojos, intentando confirmar lo que su intuición le susurraba. Era el mismo hombre de antes. No había duda. Su estampa, su porte, la expresión arrogante que cruzaba su rostro… todo coincidía.
—¿Me está siguiendo? —preguntó con voz tensa, cargada de sospecha—. ¿Es usted... ¿Un acosador?
Joaquín bufó, ofendido por la acusación. Una risa incrédula escapó de sus labios, más por desdén que por diversión.
—¿Acosador? —repitió, como si la sola palabra le causara repulsión.
Con un gesto pausado y deliberado, se acomodó el saco con elegancia. El corte del traje, la tela, el porte, dejando ver la calidad de la tela y la seguridad con la que lo vestía. Todo hablaba de alguien que estaba acostumbrado a mandar y no a ser cuestionado.
—¿Me veo como un acosador? —inquirió con soberbia, alzando la barbilla con aire de superioridad. Su mirada altiva se clavó en ella como si su sola presencia le pareciera una ofensa personal.
Mirella alzó los hombros con fingida indiferencia, como si las palabras del hombre no le afectarán en absoluto.
—Los acosadores pueden ser ricos y guapos —dijo con desdén—, o al menos aparentarlo mientras buscan a su siguiente objetivo.
Joaquín frunció el ceño, visiblemente molesto. Cruzó los brazos sobre el pecho con una actitud desafiante y dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. La conversación con la mujer le parecía graciosa y a la vez inquietante
—¿Acosador yo? —replicó con voz firme, apuntándola con la mirada—. Yo no soy el que anda tomando fotos en secreto ni siguiendo a extraños. ¿Sabes que eso es un delito? —Le advirtió.
El comentario la tomó desprevenida. Sintió el calor subirle al rostro y en un intento nervioso por disimular, se rascó la nariz con torpeza.
—Yo… no… —murmuró, bajando la mirada mientras las palabras se le atoraban en la garganta. No supo qué responder por unos momentos, su mente estaba en blanco.
Él observó de reojo cómo la pareja se separaba, observando alrededor con gestos sutiles. Sin perder tiempo, se acercó a Mirella con paso firme y la acorraló contra la pared, bloqueando su salida con el cuerpo. La escondía de la pareja.
Estaban a apenas unos centímetros. Su proximidad era intimidante, pero no parecía preocupado por invadir su espacio personal.
—Este es un crucero de lujo —dijo con voz baja pero firme, clavando sus ojos en los de ella—. Los tripulantes y pasajeros son personas muy importantes que pagan una fortuna por su privacidad. Así que tendrá que eliminar las fotos que tomó… y acompañarme a la oficina de seguridad.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran antes de añadir, con tono amenazante:
—O, si lo prefiere, puedo ir directamente a la pareja y contarles lo que estaba haciendo.
Mirella se tensó de inmediato, sintiendo cómo el enojo y el nerviosismo se mezclaban dentro de ella. Lo miró con incredulidad, frunciendo el ceño.
—¿Qué dice? ¡Está loco! ¡Yo no he hecho nada malo! —espetó, alzando un poco la voz, aunque su respiración se entrecortaba.
Tartamudeó ligeramente, sintiendo la presencia invasiva del hombre a tan corta distancia. El calor de su cuerpo, la intensidad de su mirada… todo era demasiado. Estaban cara a cara, y por un instante se sintió atrapada, como si las paredes se cerraran sobre ella.
—Solo… solo pasaba por aquí —continuó, intentando mantener la calma—. Tomé algunas fotos del lugar, eso es todo. No sé quiénes son esas personas, ni me interesan. ¡Apenas los vi unos segundos!
Intentó apartarse, buscando un poco de espacio, pero él no se movió. La tensión crecía.
—Trato de explicarle por qué estoy aquí —agregó con voz más suave, intentando sonar razonable—. No soy ninguna amenaza, ni estoy siguiendo a nadie. Solo me pareció bonito el entorno… eso es todo.
Él no respondió de inmediato. La observó en silencio, como si intentara descifrar si mentía o decía la verdad. La expresión de Mirella mostraba nervios, sí, pero también convicción. Finalmente, su postura se relajó apenas un poco, pero sin dejar de ser firme.
—¿Tienes cómo probar eso? ¿Las fotos, el destino de tus imágenes, algún respaldo de lo que dices?
Ella lo miró con rabia contenida.
—¿Ahora soy sospechosa de espionaje también?
Alguien del personal pasó junto a ellos apresuradamente, desapareciendo por el pasillo sin prestar atención. Mirella aprovechó ese momento de distracción para tomar a Joaquín del brazo y alejarlo unos pasos.
Ella se detuvo en seco, puso las manos en jarras sobre la cintura y lo miró con una mezcla de enojo y desafío.
—Además… ¿usted quién se cree? —espetó con sarcasmo—. ¡Ni que fuera el dueño del barco! —Alzó la voz ante el hombre
Joaquín arqueó una ceja y respondió con una sonrisa socarrona.
—¿Y si lo fuera? ¿Qué harías?
Ella soltó una risa burlona, sin dar un paso atrás. Ella tomo valor.
—El dueño debe ser un anciano arrogante, arrugado, de pésimo gusto, forrado de billetes y… libidinoso —declaró con un gesto exagerado de desprecio.
Joaquín apenas contuvo una carcajada. ¿Anciano? ¿Arrugado? ¿De mal gusto? ¿Libidinoso? repitió mentalmente, divertido. La descripción le parecía tan desatinada que no pudo evitar disfrutar la escena.
—¿Por qué crees que es así? —preguntó, curioso y aún divertido por su atrevimiento.
Antes de que Mirella pudiera responder, notó con el rabillo del ojo que la pareja que los vigilaba caminaba directamente hacia ellos. El pánico se apoderó de su rostro. Sin pensarlo dos veces, se giró hacia Joaquín, tomó con firmeza las solapas de su saco, lo atrajo con fuerza hacia ella y lo besó... un beso sorpresivo, decidido, sin darle oportunidad de apartarse o reaccionar.
No lo soltó.