Todo pasó en un instante, muy rápido que no le dio oportunidad de reaccionar a Joaquín, se quedó quieto sintiendo los cálidos labios de la chica con los ojos abiertos, ella seguía besándolo moviendo sus labios mecánicamente y con la mirada seguía a la pareja que se alejaba, no quería que Joaquín tuviera ningún contacto con ellos y la delatara, cuando ya no estuvieron cerca Mirella quería separarse de Joaquín, pero él no la dejó, la tomó de la nuca profundizando el beso, Mirella se puso nerviosa, el aliento y sabor a menta del hombre llegó a sus sentidos perdiendo cualquier resistencia.
Joaquín profundizó el candente beso, era dulce y delicioso, poco a poco quería más...
Sus bocas se fundieron con hambre contenida, explorándose con desesperación, como si cada segundo perdido fuera un crimen. Su aliento se volvió compartido, caliente, entrecortado, mientras las manos comenzaban a recorrer piel con temblor y decisión.
Ella respondió al instante, sorprendida, pero rendida al momento. El mundo alrededor desapareció. Solo existían ellos, pegados, envueltos en una combustión lenta, donde el beso era apenas el inicio de algo más profundo, más salvaje.
Después de lo que parecieron minutos se separó un poco dejando que Mirella respirara, ella jadeando con los ojos aún cerrados, los labios húmedos y la respiración agitada estaba a punto de reclamarle, pero escucharon una voz. “Señor…”
Joaquín y Mirella giraron a ver al hombre, era el asistente de Joaquín. que tenía la cara roja, apenado se acercó a su jefe.
El asistente no sabía si interrumpirlo o no, lo buscó en su habitación y no estaba, pasó por algunos lugares conocidos y preguntó por su jefe y nadie sabía, hasta que llegó a este pasillo encontrándolo muy íntimamente con una chica y si la veía bien era la misma que estuvo el día que le pidió el divorcio a su ex esposa y la misma con la que habló por la mañana.
Mirella aprovechó su descuido y con un movimiento ágil, escapó de sus brazos. Salió corriendo sin mirar atrás. Tenía que alejarse de él. Era peligroso… demasiado guapo, sí, pero igualmente peligroso. Su corazón latía con fuerza, desbocado, por lo que había ocurrido momentos antes.
Joaquín bufó con frustración al ver cómo, una vez más, la mujer se le escapaba. Se giró con brusquedad hacia su asistente, visiblemente molesto.
—¿Qué pasa, Arturo? —espetó con impaciencia. Sabía que su asistente no se atrevería a interrumpirlo a menos que fuera algo verdaderamente importante.
Arturo sintió la tensión en el ambiente. Tragó saliva antes de hablar, intentando mantener la compostura.
—Lo están esperando en el salón central… desde hace rato —respondió, titubeante.
Joaquín lanzó una mirada rápida al pasillo. Estaba vacío. Mirella ya no estaba. Soltó una maldición entre dientes y sin decir nada más, se dio media vuelta y caminó en dirección opuesta.
A pocos metros de ahí, justo a la vuelta del pasillo, Mirella estaba escondida, recargada contra la pared. Su pecho subía y bajaba con fuerza, el corazón le martillaba con desesperación en el pecho. Contuvo el aliento, se asomó con cuidado… y suspiró aliviada al ver que él se alejaba.
Con el corazón más calmado, sacó su teléfono y volvió a mirar las fotografías. Sonrió. Aquello era una gran noticia. Si no lograban encontrar información nueva sobre Tiana, estas fotos serían más que suficientes. Podían colocarlas en la sección de chismes de la revista.
Su jefe estaría encantado.
Olga, recargada con comodidad en la barra, seguía embelesada con la conversación del hombre frente a ella. Estaba tan concentrada en lo que él decía que no se dio cuenta en qué momento Tiana y el empresario dejaron de hablar y se levantaron.
Cuando los vio salir del bar, Olga reaccionó de inmediato. Se incorporó rápidamente y se dirigió al hombre con el que acababa de entablar conversación.
—Tengo que irme —dijo con apuro.
Avanzó unos pasos, pero se detuvo en seco. Se giró, volvió a la barra y sin pensarlo demasiado, tomó su bebida de un solo trago. Luego, con una sonrisa rápida y una leve señal con la mano, se despidió.
—¡Adiós! —y salió corriendo del lugar.
El hombre frunció el ceño, confundido por el cambio repentino de actitud. Hasta hace un momento estaban riendo, compartiendo miradas, tomando juntos. Había asumido que ya tenía compañía asegurada para esa noche.
—Pero… ¿a dónde vas? —preguntó, alzando las manos en señal de rendición, como si intentara detener lo inevitable.
Olga, ya a varios metros de distancia, lo escuchó. Se dio vuelta brevemente, sonrió con un dejo de disculpa y respondió con ligereza:
—Debo ir a un lugar…
Y sin agregar nada más, desapareció entre la gente, dejando al hombre con su copa a medio terminar y una expresión de desconcierto en el rostro.
Olga caminó con paso rápido hasta la puerta del bar, escaneando con la mirada el pasillo. Logró distinguir a Tania y al empresario alejándose juntos hacia uno de los elevadores privados. Los observó entrar, y justo antes de que las puertas se cerraran, alcanzó a ver el número del piso al que se dirigían.
Sin perder tiempo, se apresuró hacia el panel y comenzó a presionar los botones del elevador una y otra vez, con desesperación.
—¡Vamos, vamos! —murmuraba entre dientes, mientras apretaba cada botón con más fuerza. Pero nada pasaba.
El elevador no respondía. Solo se escuchaba un sonido de negación ante todos los intentos de la mujer.
Frustrada, golpeó con la palma abierta el panel. La pareja se estaba alejando, y ella no podía permitirse perderlos.
En ese momento, el hombre con el que había estado conversando en el bar apareció a su lado. Con una sonrisa divertida, deslizó una tarjeta sobre el lector electrónico. El lector emitió un pitido agudo, y al instante, las puertas se abrieron.
—Solo los VIP pueden usar este elevador —dijo con tono relajado, sin apartar los ojos de ella.
Olga levantó la mirada, sorprendida por su intervención. El hombre era alto, al menos treinta centímetros más que ella. Sonrió, intentando ocultar los nervios.
—Claro, ya lo sabía… solo que olvidé mi tarjeta en el camarote —dijo, improvisando.
El hombre arqueó una ceja, divertido por la torpe excusa.